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TRIBUNA

El canon abierto de Occidente: sabios e influencers

viernes 09 de abril de 2021, 20:07h

Vengo, como cada día, de dar clase. Es un oficio que fue importante, pero que perdió su brillo hace ya mucho tiempo. Entre nosotros el maestro de escuela, pese a su hambre, fue una figura respetada. Acaso también por su hambre. Hoy es sospechoso de todo tipo de actitudes deshonrosas. La primera: una pereza irresistible. El maestro, degradado a funcionario del sistema educativo, disfruta – a juicio de los padres – de excesivas vacaciones. Se quejan de lo difícil que resulta tener a los hijos en casa. Por sus horarios de trabajo, pero también por las fricciones que conlleva la exigencia de toda educación. Hay que distraerles el móvil o rogarles que abandonen el sofá con su inseparable video juego, hay que evitar que vean los delirios aberrantes que ofrece la televisión. Es agotador. Jugarán durante horas, emitiendo sus señales de whatsapp y acabaremos sentándonos a su lado para ver juntos la isla de las tentaciones. Muchos padres se rinden, se rindieron hace tiempo. Muchos otros no lucharon nunca, limitándose a disfrutar de los contenidos de nuestro amado bienestar.

Sin duda, es difícil. Yo no digo que sea fácil educar a los hijos. Sobre todo, no se aprende a través de un cursillo, ni siquiera mediante grados o rutilantes másteres universitarios. Hace falta una materia sutilísima, tanto que se diría un espíritu. Hace falta alentar en una atmósfera comunitaria para alimentarnos de su viva sustancia antropológica. Lo diré con alguna mayor claridad: hace falta una familia. Permítanme que me desvíe en este punto, porque cualquier referencia a la familia me llevaría muy lejos y no está el horno para bollos.

El caso es que se te ofende un joven si le haces notar que su lectura, pedregosa o atropellada, dificulta su comprensión. No sabe leer y está aquejado de una sensibilidad extrema. No quiero decir que no sea capaz de comprender y comentar el texto, sino que le cuesta juntar las sílabas, seguir una cadencia, hacer las pausas que señalan los signos de puntuación… La comprensión viene después. Es natural que se ofenda, porque el joven en cuestión mide un metro noventa, es ya un ciudadano adulto de nuestra democracia. Plena o deficitaria, no es ésta una democracia de lectores u oradores, no es una democracia de razonadores.

La segunda escena del drama se inicia con el joven señalándote, tras haberle leído el párrafo en cuestión y deglutido su contenido hasta convertirlo en una pasta fácilmente digerible, la vacuidad de unas ideas que concibe como opiniones de un fulano, en cuyo trato no tiene el menor interés. Todo lo que no se reduzca a conocimientos técnicos o tecnológicos, con su imprescindible soporte científico, se resuelve en opiniones irrelevantes procedentes de un pasado sospechoso desde el punto de vista de la corrección que, por fin, ha logrado nuestro tiempo. Él no lo formularía de este modo, pero creo que ésa es la posición que se deriva de sus balbuceos. Hemos resuelto todos los problemas del pasado: éticos, estéticos, políticos o religiosos. Por fin, disponemos de la verdad que ofrecen las ciencias naturales del hombre, todas las que se presentan con el “neuro” en la etiqueta. Esta es la realidad completa et tout le reste est littérature.

Que no se me diga que es un “caso aislado”. Siempre ha sido raro el joven instruido, capaz de reconocer la potente estructura de una argumentación, el caso del lector paciente que reconoce en el presente el eco vivo del pasado, que disfruta de la articulación de un verso y el siguiente, o busca el rastro escondido de una idea. Hoy es éste el auténtico “caso aislado”. La novedad radica no sólo en el número, sino también en la naturaleza de la ignorancia que se ha abatido sobre nosotros.

Disponemos de tutoriales que nos informan de todo tipo de procedimientos, de grabaciones de debates, conferencias, mesas redondas. Disponemos de bibliotecas infinitas… pero es preciso explicar que ser no sólo no es tener, tampoco es tener disponible (available). El encuentro personal y el tiempo lento de la conversación o la lectura es un recurso insustituible en la educación humanística y la libertad es su condición indispensable. Y nada asfixia la libertad más que la ignorancia, con la excepción de una ignorancia orgullosa de su precaria limitación, de su vana inopia, de su voluntaria servidumbre. Cuando la más oscura ineptitud se erige en norma no esperemos grandes obras, ni pequeñas. Cualquier intento de fundar una estimativa: de ordenar bienes o valores, de establecer categorías será visto como amenaza. El canon de occidente, del que hablara Harold Bloom, no sólo ha sido abierto. Ha sido saqueado. Empieza a resultar necesaria cierta dosis de valor y una enorme generosidad para corregir a un joven su ineficiente lectura, para mostrarle los bienes de comprensión y sentido que su incapacidad le oculta.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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