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Novela

Eduardo Mendoza: Transbordo en Moscú

domingo 18 de abril de 2021, 19:14h
Eduardo Mendoza: Transbordo en Moscú

Seix Barral. Barcelona, 2021. 376 páginas. 20, 90 €. Libro electrónico: 9,99 €. El escritor barcelonés cierra su trilogía “Las leyes del movimiento” protagoniza por su inolvidable personaje Rufo Batalla, con quien recorremos los principales acontecimientos históricos, políticos... desde la mitad de la pasada centuria hasta el cambio del siglo XX al XXI. Un Eduardo Mendoza en estado puro. Por Adrián Sanmartín

En el universo de Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) se mueven personajes inolvidables tanto en sus novelas calificadas de “serias” como en las que prevalece el humor y la ironía, como, respectivamente, el Javier Miranda de La verdad sobre el caso Savolta -no hace mucho reeditada con su título original, Los soldados de Cataluña, que en el momento de su publicación, 1975, fue prohibido por la censura-, el Onofre Bouvila de La ciudad de los prodigios, o el singular detective loco de la serie iniciada con El misterio de la cripta embrujada. A esas criaturas mendocianas se unió en 2018 Rufo Batalla, protagonista de El rey recibe, primera entrega de una trilogía -titulada en su conjunto Las tres leyes del movimiento, en referencia a las de Newton, que puede leerse de manera independiente y que el propio escritor barcelonés anunció-, proseguida con El negociado del ying y el yang, y ahora culminada con Transbordo en Moscú. Aunque no es descartable que continúe, pues una vez dibujado el personaje, sus aventuras pueden ser infinitas.

La novela, encabezada por la siguiente cita en inglés: “It was the age of wisdom, it was the age of foolishness, it was the epoch of belief, it was the epoch of incredulity (“Era la era de la sabiduría, era la era de la necedad, era la época de la fe, era la época de la incredulidad”) -fórmula que, en diferentes idiomas, servirá como separación d capítulos-, arranca con una entrevista a Batalla, a raíz de su boda con una adinerada heredera, sobre la que explica: “Yo quería casarme del modo más discreto posible, en el registro civil, con dos testigos y media docena de familiares. Al final nos acabó casando el obispo en Pedralbes, con la iglesia abarrotada, y luego hubo un bodorrio con más de trescientos invitados. Naturalmente, habría podido oponerme, pero a la hora de la verdad, como de costumbre, me faltaron valor, energía y argumentos de peso. En el fondo, Carol estaba de acuerdo conmigo, pero los dos éramos conscientes de que, si queríamos seguir disfrutando de la fortuna familiar y sus consiguientes privilegios sociales, no había más remedio que transigir en las formas”. A la vez, resume su trayectoria anterior: “Años atrás, recién acabados mis estudios, conseguí, más por enchufe que por méritos propios, un trabajo de ínfima categoría en un periódico de Barcelona. Al cabo de unos meses, por una mezcla de azar y negligencia, me enviaron a Mallorca a cubrir la boda de un príncipe llamado Tadeusz Maria Clementij Tukuulo, presunto heredero y pretendiente al trono de Livonia, con una señorita de la alta sociedad inglesa que, de casada, adoptó el nombre de Queen Isabella. De una serie de casualidades y equívocos surgió entre mi persona y aquellos pintorescos personajes una relación que marcó mi vida. Hacía tiempo que había perdido contacto con aquellos dos inofensivos simuladores y la sensatez me aconsejaba seguir manteniéndome alejado de ellos y de sus ilusorios proyectos, pero no conseguía sustraerme a su recuerdo e incluso albergaba dudas sobre lo irrealizable de sus pretensiones, porque en aquellos años el colosal edificio soviético empezaba a dar muestras de agotamiento e inestabilidad y todo podía pasar en aquella parte del mundo”.

En efecto, el propósito de Rufo Batalla es llevar una vida más tranquila junto a su esposa, pero el recuerdo de su amistad con el príncipe Tukuulo, que lucha por restaurar la monarquía en su país, Livonia, satélite de la URSS, tarea en la que embarca a Rufo, y que tras la caída del Muro de Berlín no resulta tan descabellada, si bien no parece que al servicio de inteligencia soviético le parezca acertada la pretensión, sino todo lo contrario.

En la trilogía mendociana, la idea es que, de la mano de Rufo Batalla, se lleve a cabo un recorrido por los principales acontecimientos históricos, políticos, culturales, sociales de la segunda mitad del siglo XX. En esta última entrega, se ocupa sobre todo de la década de los ochenta, para adentrarse también en el cambio del siglo XX al XXI, en una nueva centuria que implicará importantes desafíos. Como en El rey recibe y El negociado del ying y el yang, Rufo Batalla viaja a muy diversos lugares - Londres, Nueva York, Viena, Moscú...-, vive insólitas situaciones y conoce a variopintos personajes, con no poco de estrambóticos en muchos casos. El reconocimiento de lo engañoso de las utopías, en esas lúcidas y un punto amargas reflexiones de Rufo Batalla que, ha confesado Mendoza en una reciente entrevista a La Vanguardia, hace suyas: “Para mi generación, el desencanto viene porque, en el momento en que la izquierda tiene la posibilidad de poner en práctica sus ideales o fantasías, resulta que se comporta igual o peor que los otros”, está en la urdimbre de una novela, inteligente, divertida, en la que Mendoza vuelve a revalidar su categoría como narrador.

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