Un triángulo invisible de azar y leyenda parece haber unido aquel 23 de abril de 1616 la despedida de tres gigantes de la literatura universal, Cervantes, Shakespeare y el Inca Garcilaso. Nos dejaron como cosa cierta en herencia el tesoro humanístico de su obra, más allá de precisiones históricas, y finalmente la UNESCO en 1995 estableció esta efemérides para promover la lectura, el valor del talento de la creación literaria y la importancia de la industria cultural, proclamando tal fecha como Día Internacional del Libro.
Aristóteles decía que la estructura del lenguaje se corresponde con la estructura de la realidad y no conviene olvidar, citando al escritor francés Yves Bonnefoy, que si algo nos distingue de la condición animal son precisamente las palabras. Bajo la forma más elaborada del lenguaje que es la literatura y la poesía, nos introducimos en el corazón mismo de la condición humana. En un país como es España y los países hermanos de lengua hispana, así como los de nuestro entorno europeo, cuyos genes literarios son el latín y el griego además de la tradición hispanoárabe, es indispensable que las jóvenes generaciones tengan durante un buen segmento de su formación contacto con los grandes clásicos de estas tradiciones literarias como Platón y Aristóteles, Horacio o Séneca, sin olvidar Avicena o Averroes. Esta vertiente literaria de la cultura humanística podría ser tanto más completa y fecunda cuanto más irradie y alcance las enseñanzas humanísticas de nuestros vecinos, siempre con un enfoque metodológico creativo y poético que huya del dogmatismo y de las rigideces del academicismo. Contraponiendo la cultura científica a la cultura humanística, solía decir Pascal que mientras la geometría nos inculca el espíritu del orden y la precisión, la literatura nos educa el sentido de la elegancia y la sensibilidad – la educación de l’esprit de la finesse – que es la antesala del gusto y del criterio estético. La imagen poética y literaria podría decirse que nos aproxima al gusto por la estética de la imagen en la pintura, la escultura o el diseño.
La enseñanza de las lenguas y de la literatura ha sido con frecuencia la antesala para acceder al mundo del arte plástico y musical, en relación con las pasarelas que se pueden establecer entre la poesía, la literatura en general y, por otra parte, la música. El ritmo de la frase, la eufonía de las palabras y los ritmos que articulan su composición acostumbran y acercan el espíritu a las cualidades estéticas de la creación musical. Sin olvidar que la historia y la descripción geográfica son igualmente géneros literarios. No por casualidad los grandes historiadores y geógrafos – nos podemos remontar si queremos a Tucídides o a Jenofonte – son a la vez grandes escritores de cuyos textos tenemos mucho que aprender, no solamente datos y nombres, documentos plásticos, monedas e inscripciones de la época, sino también cuestiones de estilo y dominio estético de la lengua que siguen siendo de mucho provecho.
La tradición ensayística de nuestra propia lengua puede enseñarnos mucho sobre la condición humana desde Suárez o Vitoria hasta Unamuno o María Zambrano – escritora andaluza que ha sabido poner en armonía mejor que nadie la poesía y el ensayo filosófico – pasando por Eugenio d’Ors o el granadino Ángel Ganivet. Por evocar únicamente los ensayistas ya desaparecidos, merece una especial mención entre ellos el gran desconocido, Jorge Santayana (1863-1952), americano y español al mismo tiempo, autor de dos ensayos magistrales como fueron Tres poetas filósofos: Lucrecio, Dante, Goethe, publicado en 1910, dos décadas antes que La rebelión de las masas de Ortega y, en segundo lugar, tal vez su obra más conseguida, Diálogos en el limbo (1925). En el primer ensayo, si se me permite un breve excursus para rendir un sencillo homenaje a una obra tan injustamente olvidada, Jorge Santayana recoge sus conferencias de Columbia y Wisconsin, en las que intentaba ejemplificar mediante análisis concretos su original tesis acerca de la creación poética, capaz de transmitir contenidos filosóficos, representaciones que un pueblo se fabrica sobre el mundo y su alma, más consistentes y resistentes al paso del tiempo que algunos sistemas teóricos y conceptuales. A partir de esta premisa, Santayana considera a estos tres grandes poetas como síntesis de toda la filosofía europea: Lucrecio es el poeta que representa el naturalismo pagano, Dante ejemplifica la importancia del espíritu y la interpretación cristiana del mundo, mientras que Goethe, el poeta del romanticismo y de la vida, es también, como su personaje literario Fausto, alguien que carece de metas claras y tiende a confundir los fines con los medios.
Ha sido en la tradición de la literatura francesa sin embargo donde el ensayo ha brillado tal vez con más esplendor, junto a la nada despreciable aportación de italianos y alemanes como Lutero, que tuvo la osadía de traducir la Biblia al alemán por primera vez, o Maquiavelo, aconsejando al futuro príncipe que tenga, entre sus habilidades, las del león y la zorra. Cuánto pudimos aprender de los escritos de Michel de Montaigne, divulgando en francés las reflexiones escépticas del viejo Pirrón de Elis, de los ensayistas ilustrados como Diderot o del gran adalid de la tolerancia, Voltaire y su enigmática invitación final en su mejor cuento filosófico, Candide: hay que cultivar más el propio jardín…
Pero no solamente el ensayo. También la novela y, más recientemente, el cine, pertenecen a la cultura humanística y nos ayudan a reconocer y visualizar mejor nuestras relaciones humanas con nosotros mismos, con los que tenemos cerca, con la sociedad y con el mundo en general, con la vida misma y sus misterios. Impresionado Kafka, el gran escritor, por la enorme fuerza y capacidad del nuevo arte de la imagen exclamó, emocionado, como expresión de aquella primera sensación impactante: “Me acerqué finalmente un buen día al cine. Lloré como un niño”. El cine y la novela permiten que penetremos en aquellos aspectos de la condición humana que son inasequibles para la ciencia, incluso para las llamadas ciencias humanas, que ignoran y disuelven en cifras y datos los afectos y pasiones de los seres humanos, sus odios y amores, la grandeza y miseria de sus pasiones y de sus compromisos, sus gestos de locura y sus momentos de cordura, sus engaños y traiciones, su buena y mala suerte, su destino y su libertad.
La novela del siglo XIX especialmente nos hace volar a través de la historia de la humanidad de una época a otra época y de un continente a otro. A veces, en un pequeño entorno espacio-temporal como hace Proust en un suburbio parisino, el escritor nos lanza “En busca del tiempo perdido” a sumergirnos en todo un universo como abarca la persona humana. A veces, un simple western cinematográfico nos resume la historia completa de los Estados Unidos de Norteamérica. En resumen, toda obra maestra, ya sea en el cine, la poesía, en el campo de la pintura, de la música o de la escultura, debe su fuerza expresiva a la capacidad que tiene para penetrar en la entraña de la condición humana con toda su complejidad. Como decía Kundera refiriéndose a la novela, la grandeza artística de la obra depende de su capacidad para dar cuenta de la complejidad de los seres humanos, incluso en el caso del individuo más insignificante, puesto que cualquiera de ellos tiene a su vez varias vidas, desempeña diferentes papeles, hace cosas que no siempre coinciden con sus fantasías.
El creciente auge de la cultura científica y de sus aplicaciones tecnológicas ha ido arrinconando cada vez más el valor de las humanidades. A pesar de los esfuerzos por aunar y complementar los dos paradigmas culturales en conflicto, la hegemonía que el paradigma científico va a conseguir sobre el paradigma humanístico con el que convive va a ser contundente. Más tarde, tras varios siglos de hegemonía del paradigma científico, hacia finales del siglo XIX el resultado de esta competencia encontraremos que ha sido verdaderamente espectacular, pues el triunfo del nuevo paradigma cultural va a producir una disyunción sociológica y generacional clara en el panorama cultural de Europa y del resto de países occidentalizados, quedando reducida la cultura humanística a su mínima expresión, incluso en el terreno sociológico: desde el siglo XIX, sólo una pequeña parte de la población se hace cargo del cultivo de las humanidades. Son los rescoldos del viejo paradigma cultural. Curiosamente, ese minúsculo sector social está integrado casi en su totalidad por jóvenes, preferentemente del sexo femenino. Sólo ellos, más bien ellas, dan cobijo y cultivan en sus espíritus valores como la sensibilidad, el amor, el dolor íntimo, encontrando en poetas como Hölderlin, Keats, Rimbaud, el canto emocionado al sufrimiento humano por la crueldad del mundo y de la vida, mientras las obras de Beetthoven y de Shubert expresan musicalmente la síntesis entre rebelión y resignación, entre el dolor y la transformación estética del sufrimiento en algo sublime. A finales del siglo XIX el proletariado alcanza sus mayores niveles de explotación en el trabajo diario al que está ferozmente sometido – sin ninguna posibilidad de acceso a la educación y al cultivo de las humanidades – mientras que la población masculina adulta de las clases burguesas anda a la búsqueda de la riqueza, la eficacia, el poder, la técnica y el dinero con el que obtener mayor eficacia, mayor éxito, mejor bienestar material.
Las políticas del bienestar desarrolladas por el Estado en el siglo XX, especialmente tras la segunda guerra mundial, tanto en la tradición liberal como en la socialdemócrata, han querido llevar a toda la población los beneficios de la sanidad y la educación. El siglo XXI tiene ante sí nuevos desafíos se carácter global vinculados al desarrollo sostenible, a las nuevas enfermedades del planeta como la pandemia que asola a la humanidad en estos momentos, la gestión en general de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, el reparto equitativo del progreso. Asistimos, y lo seguiremos haciendo, al imparable desarrollo de la nuevas tecnologías en el campo de la comunicación y de la industria cultural en general, pero precisamente por esos motivos deberá rescatarse el valor de la lectura serena y reflexiva, el valor del libro cuya efeméride celebramos hoy, como instrumento privilegiado para el disfrute y formación de la dimensión verdaderamente humana de la persona.