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TRIBUNA

Europa feroz

lunes 03 de mayo de 2021, 19:49h

La especie humana es de naturaleza dominante, territorial y violenta. Lo que se ha dado en llamar historia es el relato de la eterna pugna de los individuos por conseguir el poder (macho alfa), dentro de sus grupos y la de estos por ensanchar o defender su territorio o su dominio, a costa, naturalmente, de los vecinos.

La historia de Europa ocupada, de antiguo, por los individuos más violentos de la especie, ha sido la lucha de todos contra todos, por esos motivos. Esta característica ha sido exportada a los territorios que ocuparon en América.

Y no parece que se vaya mejorando pues los europeos y euroamericanos nos han brindado un siglo XX de ferocidad increíble: Colonialismo rapaz, fascismo, comunismo, racismo, tres guerras mundiales (la fria), Corea, Vietnam, gulags, campos de exterminio, telón de acero, Hiroshima, Nagasaki, pruebas nucleares, Chernobyl, Irak, etc...

España no participó en las locuras europeas del siglo XX, bastante teníamos con las propias y habría que reconocer, aunque no lo hacemos, que hemos estado mucho más moderados que nuestros vecinos, a pesar de lo cual no dejamos de rascarnos, sin cesar, nuestras pupas, mientras ellos han olvidado o adecentado las suyas.

En sus planes, para los que nunca falta presupuesto, por inventar armas cada vez más mortíferas, nos han llevado al borde del abismo y estamos en un momento en que apretar un botón puede desencadenar la extinción de la raza humana, nada menos.

Milagrosamente, hasta ahora, nunca han faltado individuos, que ponen límites y suavizan tanta ferocidad. Nos han parecido tan extraños a nuestro proceder habitual que, a veces, les hemos atribuido procedencia celestial. Pero a muchos de ellos, divinos o humanos, les hemos dado “matarile” por interrumpir o denunciar la maldad de nuestras aficiones y entretenimientos.

Al finalizar la segunda guerra mundial, un puñado de hombres europeos y a pesar de ello sensatos, se propusieron poner remedio al previsible y funesto desenlace. En principio con objetivo muy modesto: establecer un sistema de vigilancia para poder comprobar, continuamente, que todos los socios mantenían sus dedos índices fuera del gatillo de sus pistolas: La vigilancia mutua de la fabricación y manejo del carbón y del acero, sin los cuales era imposible la fabricación de armas.

Después, en futuros pactos, a los que se fueron adhiriendo otros vecinos, sistemas de cooperación con la vista puesta en la insondable posibilidad de que esta dinámica llevase a la formación de una nación federada, al estilo de los EE.UU.

Difícil objetivo pues las heridas causadas por las guerras seculares no han cicatrizado ni mucho menos y todos los europeos nos odiamos y nos despreciamos, cordialmente, unos a otros. Todos creemos ser superiores a los demás. Si no nos avala el presente, recurrimos al pasado.

Son solo matrimonios de conveniencia. Todos hemos elegido estar mal acompañados mejor que solos. Parece un destino fatal.

Pero es curioso que ese fatalismo podría haberse evitado en los casos de Portugal y España, los únicos europeos que nos mezclamos con los países que colonizamos, de tal manera, que en un momento de nuestra historia estábamos, a la vez, aquí y allá.

La familia real lusitana y toda la corte (más de quince mil personas) se trasladaron, para escapar de las tropas de Napoleón, a Brasil, que adquirió rango de metrópoli y desde allí, gobernaron, durante quince años, Portugal y sus colonias.

En el caso de España nos vimos arrastrados a involucrarnos, totalmente, en Europa por dinastías extranjeras, los Austrias y los Borbones, en defensa de sus intereses familiares y a costa de la sangre, el talento y el dinero español.

Ahí tenemos, como muestra, al que consideramos la cima de nuestro prestigio histórico: Carlos I de España y V de ¡Alemania!. Llegó de su tierra, rebañó nuestra riqueza para comprar el Imperio, cortó la cabeza a los Comuneros que defendían los intereses de España, dejó el gobierno en manos de su mujer y luego de su hijo adolescente y se dedicó a levantar, continuamente, ejércitos a nuestra costa, con los que defender sus intereses dinásticos y familiares. Solo venía a España a descansar y a rebañar las arcas, hasta acabar reventado y acogerse a España, único reino que no le traicionó.

Ojalá Carlos IV y Fernando VII se hubieran ido a América cuando Napoleón los chuleó y hubieran establecido, allí, su Corte y nuestra metrópoli, para siempre. ¡Otro gallo nos cantara!

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