El escritor griego exiliado a Suecia Theodor Kallifatides, donde alcanzó el reconocimiento escribiendo en sueco y donde ha publicado más de cuarenta libros, ha iniciado un nuevo recorrido literario desde que ha retomado la escritura en lengua griega, que nos llega en traducción de Selma Ancira. Le dio a conocer en España su Otra vida por vivir, un texto íntimo a caballo entre la autobiografía y la reflexión sobre la existencia tras el que llegó Madres e hijos, que no le ha ido a la zaga en éxito de ventas. De su etapa anterior solo hay en castellano El asedio de Troya, una novela que parte, como todas las obras que le conocemos, de su propia memoria, aunque solo lo utiliza como hilo argumentativo.
En Lo pasado no es un sueño sigue la estela de Madres e hijos, éxito de ventas gracias al que esta nueva obra se ha traducido inmediatamente de su publicación original. En ella retoma su mirada memorialística de reencuentro con el pasado, para trazar un bucle desde la sentencia que su esposa le dedica: «Olvídalo, lo pasado es un sueño» (p. 181) hasta concluir con la constatación de que «lo pasado volvió. Lo pasado no era un sueño, aunque ya pudieras vivir con él» (p. 192).
Sin la fuerza expresiva de Otra vida por vivir y sin la destreza narrativa de Madres e hijos, Lo pasado no es un sueño mantiene interés por la crudeza de la realidad que cuenta, ese transcurso de guerras, fascismo y emigración que ha sufrido Europa especialmente en la segunda mitad del siglo XX: «La ignorancia es cosa distinta del olvido y de la reconciliación» (p. 138).
La narración, completamente autobiográfica, parte de la primavera de 1946: «Tenía ocho años cuando mi abuelo me tomó de la mano y no la soltó hasta que encontramos a mis padres en Atenas». En un relato cronológico, se irán ubicando esas otras historias que explican los antecedentes y, sobre todo, la resolución de esas cuestiones que han acompañado siempre al autor y protagonista. Desde esas tres preguntas a las que buscará respuesta, las incógnitas sobre la huida de sus padres y de sus hermanos, a la razón de su propio exilio y el nacimiento de su escritura. Todo, recorriendo el contexto social y político que va de Grecia a Suecia pasando por Alemania, de la guerra civil griega a la Segunda Guerra Mundial y al golpe de Estado de los coroneles de 1967 que todavía dejó huella en su familia y en él mismo.
Narra lapsos que vuelan frente a otros que se demoran en los detalles, su escritura en sueco: «El griego no casaba con mi vida, con la ciudad, con el clima, con los árboles y los lagos, el sol, el cielo y las nubes. Sentía como si cantara desafinando» (p. 150) hasta la reconciliación consigo mismo y su lengua: «Grecia ya no me hería, no sentía dolor» (p. 155) y su pueblo natal, Molaoi, «ese lugar donde después de la lluvia la tierra huele más hermoso que en ningún otro» (p. 191) a la par que puede despedirse de su madre, algo que ya anticipaba en Madres e hijos pero que aquí sucede y narra por extenso, en esa necesidad que le ha provocado este libro de reencuentro con aquello que dejó atrás y que le hizo convertirse en emigrante y extranjero. Los grandes temas de toda su escritura.