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ORIENT EXPRESS

Celebración de la carne

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 01 de agosto de 2021, 20:02h

El viernes pasado se reunió la XXIV Conferencia de Presidentes en el Convento de San Esteban de Salamanca. Se trata de un encuentro importante. La conferencia es el órgano de máximo nivel político de cooperación entre el Estado y las 17 comunidades autónomas y las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla. Desde su creación en 2004, se ha reunido presencialmente siete veces. Durante este tiempo de pandemia ha celebrado 17 reuniones telemáticas. Por el gobierno, acudieron el presidente, las vicepresidentas Nadia Calviño, Yolanda Díaz y Teresa Ribera y los ministros Félix Bolaños, María Jesús Montero, Isabel Rodríguez, y Carolina Darias.

El menú de la conferencia, que es lo que hoy nos interesa, fue un homenaje a la cocina española y, en particular, a la castellana: pan candeal, queso de oveja de Hinojosa de Duero, jamón y lomo ibéricos, croquetas de farinato de Ciudad Rodrigo, Cecina de León y morcilla de Burgos con manzana, “roast beef” de lomo de ternera morucha con puré de reineta, pierna de lechazo de Castilla y León deshuesada a la miel y romero y castañas del Bierzo, sacatrapos de la Sierra con crema pastelera, rosquillas de Ledesma y fruta de temporada. Todo regado con blanco Marqués de Riscal Verdejo 2020 (D.O. Rueda) y tinto Dominium Rufete 2018 (D.O.P. Sierra de Salamanca). No faltaron cervezas ni refrescos.

Después de la guerra que Alberto Garzón, ministro de Consumo, ha declarado al chuletón, es reconfortante que alguien haya tenido la lucidez de no condescender a unas modas culturales cuyas credenciales políticas resultan tan sospechosas. Cuando alguien empieza a condenar la carne con los argumentos sensibleros, catastrofistas y paternalistas al uso, yo me preocupo bastante. El odio a la libertad de los totalitarismos tiene una de sus manifestaciones en la pretensión de imponer determinadas formas de dieta.

En el mundo germánico, incluso antes de la unificación alemana, el vegetarianismo ganó popularidad. Friedrich Schlegel (1772-1829) pensaba que los movimientos migratorios de los pueblos indoeuropeos comenzaron cuando dejaron de ser vegetarianos y pasaron a ser carnívoros. Como indica Rosa Sala Rosa en su “Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo” (Acantilado, 2003), “el supuesto cambio de alimentación del hombre se concibe como un relato del episodio de Caín y Abel, el primer crimen de la humanidad según el relato bíblico”.

Richard Wagner, cuya influencia sobre la cultura contemporánea a veces no se pondera lo suficiente, creía que el paso del vegetarianismo al consumo de carne fue, en realidad, una caída, una degeneración. El rechazo a la modernidad- especialmente a la industrialización y la vida en las grandes ciudades- tuvo una de sus manifestaciones en movimientos “reformistas” que trataban de volver al “pasado”. Huelga decir que estas modas culturales tenían poco que ver con la verdadera vida en el campo o con la dieta de los campesinos. En torno a la Ordo Novi Templi de Jörg Lanz von Liebenfels (1874-1954), proliferaron los intelectuales y artistas que cultivaron el vegetarianismo y el nudismo. Su doctrina era el “ariocristianismo” -de nuevo, sobra indicar que de cristianos tenían muy poco y de católicos nada de nada- y tuvieron una influencia notable en el pensamiento nacionalsocialista.

El propio Hitler (1889-1945) practicaba el vegetarianismo, indica de nuevo Rosa Sala Rose, como mínimo desde 1924. Cuenta la autora que, con ocasión de la boda de Baldur von Schirach -líder de las Juventudes Hitlerianas y gobernador de Viena- Hitler le dio a la novia instrucciones sobre la dieta que él seguía y la comida que se le había de preparar si los visitaba: “yo como todo lo que la naturaleza proporciona voluntariamente: fruta, verdura, grasas vegetales. Pero ruego que me sea evitado todo aquello que los animales sólo dan a su pesar: carne, leche y queso. Así, pues, de un animal, ¡sólo los huevos”. Comprenderán ustedes que, cuando escucho algunas de las cosas que hoy se dicen, hay ciertas reminiscencias inquietantes en el discurso.

Una de las grandes paradojas de aquel periodo terrible -que se extiende al nuestro, por cierto- es que el supuesto amor por los animales va de la mano del mayor desprecio por la vida humana. Los mismos que, según dicen, pretenden liberar a los animales -una de las líneas maestras de ideologías totalitarias como el veganismo- admiten el aborto y la eutanasia. Hitler adoraba a su perro Blondi. Himmler (1900-1945), jefe de las SS, decía que el respeto por los animales era compartido por todos los pueblos indogermánicos y, cuando visitó España en 1940 y lo llevaron a ver una corrida de toros - Pepe Luis Vázquez, Marcial Lalanda y Rafael Ortega “Gallito”, nada menos- salió espantado.

Naturalmente, existe un amor a la naturaleza y a los animales cuyas raíces son diferentes de esta locura moderna. Por cierto, no dejen de leer “Filosofía verde”, de Roger Scruton, cuya traducción al español ha publicado hace poco la editorial Homo Legens. Toda la tradición de Grecia, Roma y la Biblia ama la naturaleza. Hay un pensamiento ecologista que no surge del adanismo de nuestro tiempo, sino de la tradición de formas de vida milenarias -la ganadería, el pastoreo, la agricultura, la caza- que interactúan con la naturaleza y la protegen al tiempo que se integran en ella. Piensen en la destrucción del paisaje español a fuerza de llenar el horizonte de molinos de viento o en el infierno administrativo de ser ganadero, pastor o agricultor.

Hay siglos de historia en esos asadores que, entre el aroma de los capones y los cochinillos, los corderos y los chuletones, brindaban abrigo y posada frente a los rigores de la meseta castellana. Ahora, este menú de la Conferencia de Presidentes ha sido -tal vez involuntariamente- un acto simbólico de justicia, de reivindicación y de memoria. Mientras existan los hornos de asar y las bodegas, no estará todo perdido ni habremos dejado de ser, por completo, quienes somos.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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