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ENTREVISTA

Un jour, Shéhérazade, el último relato de Lucio-Maria Attinelli

jueves 02 de septiembre de 2021, 14:42h

El escritor y artista Lucio-Maria Attinelli acaba de publicar su último libro, Un jour, Shéhérazade. Conversation avec Django, mon chat, una serie de retazos de su apasionante vida presentados en anacronía, donde repasa, a modo de breves e inquietantes flashes, momentos de su vida y su carrera profesional como alto funcionario de rango diplomático de la Unesco en el París de los años sesenta a noventa.

Attinelli sostiene su útimo libro, Un jour, Shéhérazade.

Ya en su segunda edición, pese a que la primera apareció apenas hace dos meses, Un jour, Shéhérazade es un libro idóneo para leer de una vez y también para disfrutar a ratos, como perfecta lectura de cabecera o de asueto vacacional, dado que no sigue una línea argumental y mucho menos cronológica. Escrito en un francés culto pero accesible, es una colección de relatos amena y nada frívola en la que su autor analiza, presentándolos como sketches cinematográficos, anécdotas personales y acontecimientos mundiales importantes de los que ha sido testigo privilegiado.

Attinelli ha accedido a conceder una entrevista a El Imparcial para hablar de éste su último libro. Lo hace en su casa, Vista Libre, radicada en el municipio de Jesús Pobre, al pie del Macizo del Montgó. La finca, que aprovecha la ladera de dicho monte, dispone, en varios niveles, de la vivienda, situada a la altura de la vía de acceso, por la que se entra directamente a un patio mediterráneo, encalado y empedrado; más abajo, se encuentra la piscina, elegantemente flanqueada por cuatro columnas toscanas y, en la parte inferior, conviviendo con flora endémica propia de entorno natural (siemprevivas, cardos de peña, romerales, coscojas…) y con obra escultórica del autor, abstracta con vocación urbana, que el autor ha situado dentro del soul art, se encuentra el estudio de nuestro escritor, que ha sido testigo inseparable de su creación literaria y artística en los últimos treinta años. Este es el sitio escogido para nuestra entrevista, entre libros, acrílicos, lápices y fotografías dispuestos en un orden considerable…

Attinelli, que huyó de la dura Sicilia natal en la década de 1940 y marchó a París sin medios económicos y sin equipaje (siempre ha sido, como se define él y lo definen quienes más lo conocen- “un voyager sans bagages”, un viajero sin equipaje), es también un “gentleman” que destila clase por todos sus poros. Su natural bronceado resalta con su ropa, hoy en blanco y negro. Su rostro, enjuto, muy siciliano, es grave e inteligente; cortés, pero de un irresistible atractivo; su mirada, sagaz y penetrante, parece traspasarle a uno con sabiduría; como si, ya conocedor de quien tiene ante sí, optara por mirar más allá, hacia la lejanía, hacia un mundo de recuerdos que conserva con detalle y tiene minuciosamente analizados.

Pregunta -¿Hay un propósito para este libro? ¿Podría decirse que fue escrito en el contexto del Coronavirus? ¿Quién es Shéhérazade?

Respuesta -Este libro responde a un deseo de comunicar. Shéhérazade es un personaje imaginario, una especie de co-narradora o recurso narrativo al igual que el gato, Django, para el que me he inspirado en el experimento del gato de Schrödinger. Todo es probabilidad. No existen las certezas. Creo, como Pirandello, que existen dos caras para cada persona. Me viene a la memoria la nuca de Mubarak. Su rostro podría aparecer afable, pero su nuca no mentía: era idéntica a la de Stalin.

La voz de Attinelli es grave, un poco rota (completa a la perfección el prototipo novelesco siciliano, me digo…).

Mire -prosigue-; este libro ha nacido porque tenía que nacer. Lo tengo en la cabeza desde hace tiempo, escribiéndolo en mi memoria. Un día comencé y las palabras iban enlazándose una con otra. Cuando lo leí, me sorprendió. No parecía que lo hubiera escrito yo. Lo aprobé por completo. Me tranquilizó la máxima que dice que un artista lo es cuando él mismo se sorprende con su obra.

Attinelli me hace un gesto de que va a abrir la ventana del estudio. Mientras se levanta a hacerlo, repaso visualmente las paredes. Junto a algunas fotografías enmarcadas, hay restos de cuadros de sus exposiciones. Reconozco algunos de la de París, en mayo de 2011, que pude visitar. Un fresco aroma a vegetación entra por la ventana recién abierta…

-P. Su libro no parece seguir una estructura específica, parecen momentos inconexos, tal y como los hechos suelen venir involuntariamente a la memoria.

-R. Shéhérazade sigue una tradición italiana muy concreta. Se llama Zibaldone y no he encontrado una traducción equivalente, como tradición literaria, en otras lenguas.

Attinelli se refiere a la tradición creada por Giacomo Leopardi con su obra homónima Zibaldone, un diario con anotaciones tomadas entre 1817 y 1832, una mezcolanza de relatos autobiográficos.

-P. En el libro se recogen vivencias en diferentes países desde que dejó su Sicilia natal. ¿Qué conclusión sacaría de su experiencia en países distintos?

-R. Durante mi trabajo para la Unesco viví situaciones históricas de primera mano, cuando estaba en pie el “telón de acero”. Pero ya antes, en Sicilia, presencié acontecimientos que me marcaron, como el terrible bombardeo aliado de Palermo en 1943, cuando yo solo tenía 10 años. Ese día quedó grabado a fuego en mi memoria. También recuerdo al General Patton, con quien residí (nos separaba solo un piso) durante cinco años en el Palacio de los Normandos, en Palermo (lo habían relegado a esas dependencias temporalmente, como castigo), donde mi padre tenía el puesto de conservador (en este momento recuerdo que Attinelli relata estos hechos en Una stagione a Palermo, novela que quedó finalista al premio internacional “Ostia/Roma”, auspiciado por el Presidente della Repubblica).

Mientras Attinelli me habla de su primera vida en Sicilia vuelvo mentalmente a un pasaje de Shéhérazade, que traduzco aquí: “Apenas había elegido el sitio, negociado el precio y esbozado los planos de la casa de mis sueños, cuando un encantador futuro vecino, con una escopeta al hombro y una gorra coppola negra firmemente atornillada a la cabeza, vino a recibirme, diciendo que quería proteger mi propiedad a cambio de, según dijo, una pequeña cuota a determinar. Al verlo tan bien intencionado y tan apremiante, como buen siciliano criado en el serrallo y que conoce los trucos del oficio, me dije inmediatamente: ¡valor, huyamos!”

Al salir de Sicilia Attinelli pasaría por España, concretamente Javea; una localidad -relata- que, con su pureza de entonces, le marcó lo suficiente para afincarse ahí años más tarde, y donde se juntó con amigos y conoció a otros…

-P. Además, en el libro se recogen anécdotas muy curiosas con personajes del espectáculo de índole muy diversa (Frank Sinatra, Youri Grigorovitch…), del ocio (Régine, la reina de la noche monegasca y su discoteca, le Jimmy’z,) de la jet set (Soraya, “la princesa de los ojos tristes”, en la época de su romance con el cineasta Franco Indovina) y tantos otros. Veo que dedica su libro a Nathalie Delon…

Con Youri Grigorovitch y su esposa Marlène, en el Bolchoï, en un acto de la Unesco, en 1987.

-R. Fueron unos años impresionantes en ese sentido. Para mí, que venía de Sicilia, el Mónaco entonces me pareció un paraíso. En cuanto a Nathalie, hasido una gran amiga. Era una mujer fuerte, inteligente y libre. Su pérdida me duele mucho. La quería como a una hermana.

-P. ¿Cómo fue, tras ese periplo, acabar en la Unesco?

-R. Al llegar a París trabajé primero recogiendo papel y después en un mercado, al tiempo que estudiaba Literatura en la Universidad de la Sorbona. Luego fui corresponsal en París de varios periódicos italianos (Il Mondo, La Fiera Letteraria, L’Europeo…) y colaborador de otros diarios franceses (Le Figaro, Le Combat), así como de la revista literaria (Les Cahiers des saisons) Desembocar en la Unesco fue algo natural. Me preparé para ello cuando tuve oportunidad y en la organización pude seguir desarrollando mis capacidades e intereses.

Portada de Un siciliano en París, publicado en 2005, con una fotografía juvenil del autor.

En efecto, Attinelli, entre otros cargos, dirigió en la organización el Departamento de Información, Relaciones Públicas y Eventos Especiales, en el que coordinó proyectos tan importantes como el Estudio integral de las Rutas de la Seda. Rutas de Diálogo. También fue el responsable del lanzamiento mediático de la Campaña mundial para la salvaguarda de Venecia.

-P. ¿Fue en ese puesto en el que se le encargó recibir al Papa Juan Pablo II en París? ¿Qué comentaría de ese encuentro?

-R. Sí. Juan Pablo II, que hoy está santificado por el Vaticano, vino de visita oficial a la Unesco y yo fui el encargado de recibirle. Se trataba de celebrar con él una pequeña ceremonia con niños procedentes de países diferentes. Antes del acto, durante un cuarto de hora, creo, estuvimos solos cara a cara: fue un momento de emoción y quietud que no olvidaré jamás.

Recibiendo a Juan Pablo II en la Unesco.

-P. Volviendo a su libro, si hubiera que establecer un hilo conductor en esta atípica biografía, ¿éste podría ser la serie de certeras intuiciones que comenta en él?

-R. En parte, sí. Se trata de un puñado de presentimientos que en alguna ocasión me han salvado la vida, pero que también me han colocado en situaciones difíciles, como cuando presentí un hecho fatídico de la vida de Sylvie Genevoix, la hija del ilustre académico Maurice Genevoix (en el Panteón de París desde 2020) y así se lo dije a ella conforme me vino a la mente mientras hablábamos los dos en casa de un amigo. Este extraño fenómeno, que no se ha producido más que un puñado de veces en mi vida, también nos salvó a mi familia y a mí de morir cuando nos disponíamos a viajar de vacaciones a Palermo, durante nuestro home leave (vacaciones a casa pagadas) en la Unesco. En el último momento sentí que no debíamos ir. El avión que viajaba de Roma a Palermo se estrelló (era la víspera de las elecciones legislativas), pero yo había elegido, en el último momento -con las maletas ya en fila en la puerta- ir a Meribel, donde teníamos una casa, y aprovechar la última nieve del invierno. Murieron muchos amigos míos y conocidos, que iban a Palermo a votar…, fue terrible.

Attinelli no deja de mover las manos mientras habla. “Es un medio de comunicación fundamental para mí”-reconoce-; “Necesito hablar también con ellas”. “Mire -continúa él-, la verdadera inspiración para la forma que sigue este libro, Shérérazade, un jour, es la Spoon River Antology; una auténtica obra maestra. Yo querría haber escrito algo parecido, pero la tarea me sobrepasó. El resultado de la observación de esta obra de arte de la literatura norteamericana es este libro.

Attinelli se refiere a la Antologia de Spoon River de Edgar Lee Masters, un clásico de la poesía anglosajona. Días más tarde, intrigada, me enfrasco en la lectura de la antología, que yo no había leído…; me atrapa durante unos días de este agosto sofocante. Pronto me digo: Realmente hay un hilo de conexión con la Shéhérazade de Attinelli: el lirismo, increíble..., también el sarcasmo, amable, la suave mirada nostálgica pero tierna al pasado...; entonces entiendo todo lo que Attinelli me dijo en esta entrevista: su referencia a Pirandello y al gato del experimento, a Dante…

Entra en el estudio Marlène, la esposa de nuestro autor: francesa, habla una mezcla de español, francés e italiano. Delgada, con pelo rubio platino (las personas muy rubias nunca llegan a tener el pelo blanco del todo), los ojos azulísimos y muy grandes (como dos faros, me digo…), viste de riguroso lino blanco. Viene a avisarnos de que la comida está preparada en la casa. Yo no sabía que estaba invitada a comer; pero un italiano de Sicilia con una mujer tan encantadora (minutos más tarde descubriré que Marlène es de esas personas que habla poco, pero que cuando lo hace es para decir algo importante) no podría haberme dejado marchar a esas horas, ya las 14:00, sin solucionar lo del almuerzo. Subimos a la casa por una escalera de piedras y cemento que aprovecha la inclinación de la ladera. En el porche (éste flanqueado por arcos sobre pilares, con un gran sofá de fibra natural a la derecha, una gran mesa de comedor en el centro y grandes tiestos de buganvilla aquí y allá, cada uno mezclando varios colores de la hoja), sentados ya a la mesa, veo que Marlène sale con un gran cuenco de cerámica. –“Mira -me dice Attinelli- Spaghetti alla vodka. Me quedo perpleja… - “Es una de nuestras recetas favoritas…”. Me explican que se hace normalmente, pero incorporando vodka a la salsa de tomate. La verdad es que sólo puedo decir ahora que me gustó muchísimo…

Con su esposa Marlène en una imagen de archivo.

La inusual receta al vodka y el vino tinto como maridaje van creando un buen ambiente y muchas vivencias del autor -algunas de ellas recogidas en “Un Jour, Shéhérazade”- salen a la mesa. En el calor de la conversación recuerdo una de las notas que llevo apuntadas: Lucio Attinelli fue uno de los artífices de la “Declaración de deberes del ciudadano”, presentada en 1996 en Valencia en el contexto de las celebraciones por el tercer milenio. Allí acudieron muchas figuras mundiales como el filósofo alemán Karl-Otto Appel o el semiólogo Umberto Eco. Federico Mayor Zaragoza, entonces secretario general de la Unesco, firmó con la entonces alcaldesa Rita Barberá un convenio de colaboración, después malogrado, en cuyo centro estaba el proyecto de que Valencia se convirtiera en capital de la cultura, europea y mundial. Pregunto a Attinelli sobre aquella declaración.

"Fue una iniciativa, a mi juicio, interesantísima. Desde la declaración de 1789 se han sucedido muchas declaraciones de derechos, de todo tipo, pero casi nada se ha dicho de los deberes; era necesario reconocer de forma pública e institucional que todo derecho lleva implícito un deber, algo que se olvida demasiado a menudo…"

-P. Como periodista y después diplomático en una organización internacional en la época en que lo fue ¿qué opinión le merece la trayectoria de España en estos años?

-R. Sin duda, resaltaría la figura del rey Juan Carlos, auténtico héroe de la transición y la democracia. España le debe todo lo que es a este hombre y lo está olvidando. Yo fui artífice necesario de su biografía por José Luis de Vilallonga, El Rey, cuando el proyecto necesitaba financiación.

-P. Llegado este punto, después de tres horas de entrevista ¿hay algún extremo de su libro que no haya comentado y le gustaría añadir?

-R. Sí; todo lo que cuento en él es verídico. No hay nada novelado; es un riguroso relato autobiográfico. Tampoco he tenido necesidad de inventar nada. Hoy sería otra cosa: la vida actual me resulta tremendamente mediocre. No me interesan nada los móviles que mueven a la gente hoy en día.

“En ce temps-là la vie était plus belle et le soleil plus brûlant qu’aujourd’hui...
C’est fou comme, avec le temps, certaines images au lieu de jaunir comme des vieilles photos, ou se ternir comme ces vêtements qu’an jour pourtant nous ont donné un peu plus de confiance en nous-mêmes, soudainement, émergeant des grisailles de la mémoire, reprennent vie. Elles acquièrent de l’importance.”
“En aquellos días la vida era más bella y el sol era más ardiente que hoy...
Es sorprendente cómo, con el tiempo, ciertas imágenes, en lugar de amarillear como los viejos amigos, o desvanecerse como esa ropa que un día nos dio un poco más de confianza en nosotros mismos, de repente, emergiendo del gris de la memoria, vuelven a la vida. Adquieren importancia”.

(Fragmento de Un jour, Shéhérazade. Traducción por Isabel Cantos)

Otros libros del autor:

Les barons de Palerme (Acropole); Ouverture sicilienne (Robert Laffont et Le libre de Poche); Gondole blanche (Robert Laffont, Edizioni del Girasole); La Chute de l’épervier (Robert Laffont et Le libre de Poche); Une saison sicilienne (Flamarion et Sellerio Editore); Paradis d’orages (Fayard); Un Sicilien à Paris (Fayard et Edizioni del Girasole);

Parfums de Sicile (Amazon); Vertige (Amazon).

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