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TRIBUNA

Punto y aparte digital

Jesús Romero-Trillo
sábado 18 de septiembre de 2021, 18:29h

La reciente noticia de que en Canadá se han quemado miles de ejemplares de libros de cómics, entre otros los de Tintín, Lucky Luke o Astérix, por considerarse ofensivos hacia los indígenas nos recuerda a épocas pretéritas en la que los libros no aceptados por un sistema acababan en la pira. Sin embargo, este acontecimiento es uno más de una tendencia de la sociedad a dar prioridad a los sentimientos populistas -que suelen tener tendencias nostálgicas- frente a la primacía de la razón que tiende a mirar hacia el futuro. Además, los populismos simplifican la realidad pues dividen el mundo entre buenos y malos, entre ellos y nosotros, entre quienes tienen la razón y los que están equivocados, y una vez que se les abre la puerta se asientan cómodamente en el inconsciente colectivo.

La mentalidad de las masas y de su inmenso poder es siempre una incógnita. Algunos autores han reflexionado sobre esta cuestión desde distintas perspectivas, como Ortega y Gasset en “La rebelión de las masas” (1930) con el auge del auge de los totalitarismos europeos, o recientemente Douglas Murray en su libro de 2019 “The madness of crowds” (“La locura de las masas”), en el que aborda el poder de las masas cuando asumen las causas individuales y las convierten en colectivas con la ayuda los medios de comunicación.

En 1964 la filósofa Hanna Arendt dijo en la Universidad de Chicago hablando de la irreversibilidad de la historia: “Aunque no sabemos lo que hacemos mientras actuamos, no tenemos posibilidad alguna de deshacer lo que hemos hecho. Los procesos de acción no solo son impredecibles, también son irreversibles. No hay autor o creador que pueda deshacer lo hecho si no le gusta o cuando las consecuencias son desastrosas”. Culpabilizar el pasado en exceso, como ocurrió en el caso la quema de libros en Canadá, o interpretar el pasado con categorías actuales, implica ser rehenes de la historia y eludir la responsabilidad de afrontar el futuro.

Sin embargo, en este momento se está difundiendo el gusto de permanecer anclados en el pasado. Las efemérides de episodios pretéritos, en su inmensa mayoría de tinte dramático, invaden el pensamiento colectivo. Da la impresión de que lo ocurrido hace 20, 50 o 100 años sigue teniendo demasiado peso en nuestra sociedad, que se siente permanentemente heredera, o víctima, de lo que otros hicieron.

Una de las causas de esta situación es internet, que se ha erigido en el referente de la verdad tanto pública como privada. Con frecuencia nos aproximamos al conocimiento de las personas a través de la red antes de encontrarlos físicamente, y posteriormente comprobamos sus perfiles en la web para evaluar si lo que nos han dicho se corresponde con lo que internet dice de ellos. Nosotros ya no somos lo que decimos de nosotros, sino lo que los algoritmos de la web dicen que somos. De hecho, resulta extraño -y hasta sospechoso- no tener identidad digital. La web no nos deja olvidar, aunque lo intentemos, y la tentación de acudir a ella para avivar la polémica o incentivar los sentimientos de culpa en los demás es enorme. Al fin y al cabo, llevamos un ordenador con acceso a internet permanentemente en nuestro teléfono.

El pasado es irreversible y el futuro es impredecible, y entre ambos hay que poner un punto y aparte digital.

@jromerotrillo

Jesús Romero-Trillo

Catedrático de Filología Inglesa en la UAM

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