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ENTREVISTA

Últimas conversaciones con Aquilino Duque

Jorge Casesmeiro / Fernando Muñoz
miércoles 22 de septiembre de 2021, 11:14h

Ha muerto un acto de afirmación cultural de España. El último timbre de gloria de nuestra literatura internacional. Ha fallecido Aquilino Duque. Autor de tantos libros como años tenía. Y tenía noventa y el fin le ha sorprendido trabajando en el siguiente. Al margen de las memorias dialogadas que nos concedió, por mediación de Agapito Maestre, y cuyo adelanto póstumo ofrecemos aquí a los lectores de El Imparcial.

Últimas conversaciones con Aquilino Duque
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(Foto: Editorial Renacimiento)

Aquilino Duque Gimeno (Sevilla, 1931-2021) ha estampado obras de referencia en todos los géneros, bordando con todas ellas una genuina memoria nacional, plena de realidad. Ya fuera en verso, novela o ensayo. La vida, por delante. Contada siempre con esa lengua que cruza océanos. Que si su obra era realista, como decía él mismo, es por lo que tiene de biográfica. ¡Y cuál ha sido esa vida sino la de un escritor español! Formado en Derecho entre Sevilla, Cambridge y Dallas –y traductor para la FAO desde Ginebra y Roma–, Aquilino Duque forjó pronto su vocación de escritor arrimado, integrado ya desde bisoño en el parnaso de los años 50. Sus amigos literarios fueron Jorge Guillén, Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, María Zambrano, Eugenio Montes, José María Pemán, Cela, Antonio Gala, José Ángel Valente… Sus “hermanos mayores”, los predilectos y con los que mejor se entendía: Octavio Paz y Dionisio Ridruejo. “Desde los veinte años –nos decía Aquilino–, he tenido la suerte de tratar a personas a quienes leía y admiraba. A todos he rendido homenaje de un modo u otro en los géneros que he cultivado y en los que procurado estar a su altura”.

Dicho y hecho. Aquilino Duque ya es imperecedero. Porque su mundo, como bromeaba glosando a Bergamín, no es de este reino. Donde se premia al vago que reniega de su historia y ensucia su lengua. Reino en estado de golpe. Tiempo de despotismo democrático. Aquilino Duque, recordaba su amigo, su hermano Agapito Maestre, es uno de nuestros grandes nuevos heterodoxos. ¿Exagera Maestre? Por supuesto. Porque es filósofo y sabe que filosofar es hacer categorías; es decir, exagerar. Sí. La obra de Aquilino Duque, acabada, abierta siempre, es una exageración. Un prodigio de inteligencia y de artesanía. Escribió para decir algo nuevo y alegrarle la vida al que leyere, y su único lujo fue hacerse enemigos importantes. Al menos eso nos dijo este noble monárquico de las letras españolas, al que la sola mención de la España de las Autonomías hacía hervir sus cuatro gotas de sangre jacobina. Lógico. No conocía más ley que el Diccionario de Autoridades.


Usted fue encasillado hace mucho como un escritor reaccionario. Sobre todo a partir de su novela La linterna mágica (1971).

R: La linterna mágica es la confirmación de una tendencia propia que arranca de mis tiempos de Ginebra, de mediados de los 60 y de la aparición de mi versión del Requiem de Anna Ajmátova. En cuanto al encasillamiento, fue mi amigo Dionisio Ridruejo quien mejor replicó al decir que yo no era reaccionario, sino reactivo.

Los personajes de La linterna mágica encarnan una suerte de “frivolidad intelectual”, ¿qué le dice esta categoría al autor de La idiotez de la inteligencia (1982)?

En la presentación romana de la versión italiana de la novela leí un texto, reproducido en La Fiera letteraria con el título de La serietà dell’ asino, ya que a mi juicio la seriedad del burro era una de las notas más destacadas de lo que por entonces llamé la idiotez de la inteligencia.

El filósofo Agapito Maestre destaca su nombre entre los grandes heterodoxos que emergen en la Transición.

Tampoco hay que exagerar.

Es un juicio bastante preciso. Hablamos de una generación de inconformistas donde usted figura junto a pensadores como Gustavo Bueno, Agustín García Calvo o Antonio García Trevijano. ¿Ha tratado, por cierto, a alguno de estos autores?

De esos tres nombres con quien mejor he sintonizado es con Gustavo Bueno, a quien conocí en La Granda y de quien reseñé un libro, amén de haber explotado la mina de datos de su revista El Catoblepas. A García Calvo lo conocí en una finca de las afueras de Ginebra, a raíz de su traslado a la Universidad Central, Complutense o como se llame, en pugna con Fontán. Fuimos Valente y yo y los dos volvimos decepcionados por su actitud negativa. Con Trevijano, el Kronjurist de Macías el de la Guinea española, coincidí en un programa televisivo sobre la democracia en el que, contra lo previsto, quien hizo causa común conmigo fue Gabriel Cisneros.

El nombre de Aquilino Duque está vinculado, personal y literariamente, con grandes autores de la cultura española: Jorge Guillén, Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, María Zambrano, Eugenio Montes, Pemán, Cela, Gala, etc.

Desde los veinte años he tenido la suerte de tratar a personas a quienes leía y admiraba. A todos he rendido homenaje de un modo u otro en los géneros que he cultivado y en los que procurado estar a su altura.

Alguno también le habrá decepcionado…

Lo último que yo hubiera hecho es leerles la cartilla a mis mayores en edad, saber y gobierno. Nadie es perfecto y cada biografía es irreversible. Con Alberti empecé a cartearme a mis veintidós años, cuando no podía soñar que un día fuéramos vecinos nada menos que en Roma, cuando él difícilmente me podía decepcionar, pero no viceversa, por lo que me propinó más de un rapapolvo.

¿Diría que Octavio Paz es una figura clave en su formación como escritor?

Paz y Ridruejo fueron mis “hermanos mayores” predilectos y con los que mejor me entendía. Pero no hablaría tanto de formación como de reconocimiento. Con Paz nos conocimos en la India, en el 68, y nuestro encuentro fue muy fructífero para mí. Ya en Roma, el jovencito Gimferrer me señaló ciertas coincidencias con Paz en comentarios sobre el Mayo francés. Luego volvimos a encontramos en México, Madrid, Málaga y Sevilla.

“Octavio Paz y Dionisio Ridruejo fueron mis ‘hermanos mayores’ predilectos”

¿Qué papel otorga a Ortega en el pensamiento de Paz y en el suyo propio?

Más que de pensamiento –cosa muy personal e intransferible, y todavía más si está trufado de ocurrencias–, yo hablaría de estilo. Y ya en su día escribí, para pasmo de algunos, que quienes mejor captaron el estilo de don José fueron Octavio Paz y José Antonio Primo de Rivera.

Usted es un autor muy galardonado, con más de ochenta obras, ¿cuál es para usted la función social del escritor?

Decir algo nuevo y, burla burlando, alegrarle la vida al que leyere.

“Cuando se escribe bien es que se piensa bien”, decía usted al hilo de su obra El suicidio de la modernidad (1984).

A mí la filosofía me inspira muchísimo respeto, tanto como las matemáticas o la tauromaquia. Eso no quiere decir que no tenga una “filosofía de la vida”, como decía la Zambrano. Yo hago mía esa afirmación que Ortega tomó de Montaigne de que la claridad es la cortesía del filósofo.

Pues seamos claros: un año después de la caída del muro de Berlín usted vaticinaba consecuencias a largo plazo de la revolución política que encarnó la URSS, y de la revolución moral que escondía el 68. ¿Cuáles fueron esas consecuencias y cómo las contempla hoy desde España?

Las consecuencias bien a la vistan están y poco es lo que pueden sorprender a alguien cuya obra ha merecido con razón ser tildada de “cruzada antiliberal”, cuando hubiera sido más adecuado motejarla de “cruzada antidemocrática”. Mi único consuelo sigue siendo aquel puñetazo en la mesa de camilla de don Miguel de Unamuno poco antes de morir acompañado de la exclamación: “¡Dios no puede darle la espalda a España! ¡España se salvará porque tiene que salvarse!”

Entonces se oponía a los tópicos de la intelectualidad, ¿se siente hoy más acompañado?

Siempre tuve buenos amigos y lectores inteligentes, aunque no pensaran como yo. Algunos incluso dieron la cara por mí en algún momento difícil.

¿Qué precio ha pagado por oponerse desde finales de los años 60 a los tópicos de la intelectualidad, como decía en El cansancio de ser libres (1992)?

Lo que los juristas latinos llamaban lucrum caesans, es decir, prebendas, sinecuras y galardones destinadas a los “intelectuales orgánicos” del régimen que sea. El único lujo que acaso me permití fue el de crearme, como decían dos amigos míos –dos buenas plumas que sabían de lo que hablaban–, “enemigos importantes”.

“El único lujo que me he permitido ha sido crearme enemigos importantes"

Para hacerse enemigos importantes hay que estar dispuesto a pasar frío. Usted ha escrito que la miseria estimula un impulso de rebeldía que en las sociedades opulentas se pierde.

Los protagonistas del Mayo francés y de la universidad de Berkeley, que estallan en el Occidente próspero de los años 60, son niñatos que nunca pasaron hambre ni necesidad. Por cierto, leo estos días en una de tantas reflexiones sobre la pandemia que: “Entre 1950 y 1970 más de dos millones de jóvenes andaluces se vieron obligados a irse, casi con lo puesto y sin billete de vuelta, para no perecer… de hambre”.

Usted es uno de esos jóvenes andaluces que “emigraron” en el 1954.

Y lo hice con una beca y con mi pasaporte en regla tras acreditar haber hecho el servicio militar obligatorio. Los compatriotas de mi edad que hallé en el extranjero, o estaban en mi caso o eran “niños bien” a quienes sus padres mandaban para aprender idiomas. Entre el 58 y el 69 viví en Alemania y en Suiza.

En los tiempos de la gran emigración de mano de obra.

Cuando no se entraba sin contrato de trabajo y sin darse de alta en el consulado o la embajada. Hay que añadir que estos Gastarbeiter no dejaron de contribuir con sus remesas al “desarrollismo” de aquellos años. Para salir de una crisis lo primero que hay que hacer es tener buena memoria y llamar las cosas por su nombre.

Lo que nos lleva a la corrupción del lenguaje.

La destrucción del lenguaje viene de muy atrás y cada generación la practica a su manera. Lo nuevo ahora es que los grandes premios se den con preferencia a quienes reniegan de su historia y ensucian su lengua.

De cuyos nombres no quiere acordarse.

Es penoso, con el achaque de la pandemia, ver cómo el Jefe del Estado –después de prestarse a inaugurar una exposición conmemorativa del nonagésimo aniversario de la II República–, viaja a Cataluña para entregar su premio a un señor que lo recibe despechugado y le espeta que España le da miedo desde los Reyes Católicos, y que si él también escribe en español es porque Franco se lo impuso a patadas.

Si se escribe y se habla peor, se piensa peor… Usted es conocido, y acaso envidiado, por su dominio de la lengua española.

A mi presunto dominio de la lengua española ha contribuido en no escasa medida mi oficio de traductor en las Naciones Unidas, cosa posible gracias a algo que la intelectualidad peninsular siempre puso en solfa: la Hispanidad. La convivencia de cuarenta años con colegas de todas las Españas, las peninsulares y las ultramarinas, es como si esos años, además de pasarlos en Ginebra, Roma, Viena o Nueva York, los hubiera pasado entre El Paso y Ushuaia.

Y como miembro numerario de la Academia Sevillana de las Buenas Letras, ¿cuál es o debería ser la función de una Academia de la lengua en España?

La Real Academia Española tuvo un lema que era “limpia, fija y da esplendor”. Siento que me haya desaparecido su Diccionario ilustrado de 1957. Menos mal que siempre tengo a la mano el Diccionario de Autoridades y el Casares.

“Ahora los premios se dan a quien reniega de su historia y ensucia su lengua”

Desprecio por la lengua, la nación, la historia… Vivimos inmersos en una ola de liberación que parece prepararnos para una reconstrucción total, a la altura de la destrucción que requiere. ¿Estamos ante un nuevo totalitarismo?

Estamos en el “despotismo democrático” previsto por Tocqueville, y hasta nueva orden en un estado de “transición pendiente” que tiene más de “estado de golpe” que de “estado de derecho”.

Y lo que nos depara esa pendiente, ¿tendrá la vieja condición del fascismo y del comunismo, o será un totalitarismo de apariencia “democrática”?

La dictadura del proletariado era tiempo ha conocida como la “democracia real”, para distinguirla de la “democracia formal” o burguesa. También Mussolini, que según Lenin era el único político de su tiempo que sabía lo que era la revolución, llamó a la nación italiana “la grande proletaria.”

Hoy se sigue hablando de Marx. ¿Qué consideración le merece el ampulosamente llamado “marxismo del siglo XXI”?

Debe de tratarse de lo que una vez llamé “la Vulgata marxista”, un remediavagos para semicultos.

En La España imaginaria (1984) puso usted un “prólogo para socialistas” donde manifestaba su esperanza de que los hombres de partido –los socialistas que acababan de acceder al poder en 1982– se convirtieran en hombres de Estado. ¿Cómo ve ahora aquello?

Con el tiempo he escrito también que Felipe González es el único de todos los presidentes del Gobierno en tener arranques de “hombre de Estado”. Si no lo fue, no fue culpa suya. No en vano el Partido de los “cien años de honradez” arrastraba otros tantos de hambre atrasada.

¿Cómo interpreta, al hilo de lo anterior, la figura de Rodríguez Zapatero y de sus epígonos en las metamorfosis del socialismo español?

Ahí me rindo. Nunca tuve vocación de “inspector de alcantarillas”, dicho sea con palabras de Giménez Caballero.

Ya que bajamos a las catacumbas: sólo hay un modo de distanciarse del orden social y la convención vigente, estar en el mundo sin ser del mundo. Pero esto requiere creer en dogmas en los que ya no creemos.

Como he dicho en más de una ocasión, hago mía una frase muy feliz del catolicomunista Pepe Bergamín: “Mi mundo no es de este reino”.

Usted ha comparado las demoliciones constructivas de la tecnocracia con el aggiornamento clerical que deconstruyó la liturgia católica.

Cuando el II Concilio Vaticano abrió la caja de Pandora no era difícil que de ella saliera el “humo de Satanás” que denunciaría el Papa Montini. Desde entonces y a pesar del citado Montini, de Wojtyla y de Ratzinger, Roma no tenía más remedio que “dialogar” con los enemigos del alma, que son tres, al menos en los tiempos en que los niños memorizaban el Catecismo.

¿Tiene la Iglesia alguna fuerza real que oponer a la potencia constructiva de la tecnocracia globalizadora? ¿Qué le parece el pontificado del Papa Francisco?

Para un creyente, un sacramento es eficaz ex opere operato, no ex opere operantis. Creo que fue santa Teresa la que vio en sueños el Infierno y en él muchas mitras. Nada de particular tiene que entre ellas hubiera más de una tiara.

“Estamos en el ‘despotismo democrático’ previsto por Tocqueville”.

Usted ha escrito obras de referencia sobre ecología, un paisaje literario donde también abundan las mitras.

Dice el sociólogo Alejandro Llano que el ecologismo es uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis de nuestro tiempo; los otros tres son el nacionalismo, el feminismo y el pacifismo.

Y Aquilino Duque le quita al tema la ideología y la lleva al territorio de lo real. Igual que en sus novelas.

En El mito de Doñana puse sumo cuidado en separar la ecología del ecologismo. La ecología es el estudio de la relación del hombre con la naturaleza, es decir, con la Creación, de suerte que en todo caso lo que yo traté fue de elevar la ecología a la esfera de lo teológico.

El mito de Doñana (1977) es un libro de referencia sobre el paisaje y el paisanaje andaluz. Su otro gran homenaje al asunto es la Guía Natural de Andalucía (1986). ¿Cuándo y por qué se gestó en usted la voluntad de acometer esas obras?

Cuando estaba a punto de volver a España, en la primavera del 75, tercié en una polémica sobre Doñana en la que mencioné a Miguel Delibes y, hallándome ya en el Aljarafe sevillano recibí una llamada de Ismael Medina, jefe del Servicio de Publicaciones del Ministerio de Educación y Ciencia, encargándome un libro sobre Doñana.

Pero dice que ese encargo se le hizo antes a Delibes.

Él fue quien dio mi nombre. Juan Carlos estrenaba Trono y el ministro del ramo era Carlos Robles Piquer. Pronto entendí que las amenazas que se cernían sobre Doñana no eran distintas de las que se cernían sobre España y ese fue mi enfoque del libro, que varios sucesores de Robles en el Ministerio tuvieron retenido hasta que llegó a él Otero Novas y dio por fin el Nihil obstat.

Su obra poética y narrativa también es un constante trasunto de paisajes y figuras de España: La luz de Estoril (1989), Mano en candela (2002), El piojo rojo (2004)… Una literatura realista donde el pensamiento se narra, se declama.

Si mi obra es realista lo es en gran medida por lo que tiene de autobiográfica; también hay en ella una mezcla de géneros, cuando no una confusión. Una de mis vocaciones frustradas es la de actor y de ahí que en alguna que otra novela el autor tenga la desfachatez de cruzar de vez en cuando el escenario o la pantalla. Pero la biografía es el género preferente para la hermenéutica, método de las ciencias sociales. Su ensayística está también apegada a su vida. Su tiempo no se ve desde el quinto grado de abstracción.

Usted estudió Derecho, pero en cuanto pudo hizo de la literatura el norte de su vida. ¿Es la literatura española una especie de literatura nacional, o un género distinto?

Para mí la literatura es universal y yo, acaso por deformación profesional, prefiero leer a cada autor en su lengua materna, si tengo la suerte de entenderla. En España tenemos, además de la lengua española, lo que Gregorio Salvador llamaba “lenguas de España”, en las que se han escrito páginas muy bellas donde solazarse. En cuanto a la lengua española por antonomasia, no es patrimonio exclusivo de la piel de toro, sino que avezada a “cruzar océanos”, como dijera Eugenio d’Ors, es el timbre de gloria más rotundo de nuestra Historia desde hace cinco siglos.

“Si mi obra es realista es por lo que tiene de autobiográfica”

Hablando de timbres de gloria, según usted la monarquía es un mito preferible a una abstracción como la república.

También he dicho que cada vez que me mientan el “Estado de las Autonomías” hierven mis cuatro gotas de sangre jacobina.

Pero se declara monárquico.

Yo al concepto de democracia o “gobierno del pueblo” opongo el de isonomía o “igualdad ante la ley”. Es cosa que debo a Rodrigo Fernández Carvajal. Ese es el único igualitarismo real. De ahí mi rechazo a fueros o privilegios, tanto personales como territoriales.

Si hay una dinastía en España que deba todo a la espada es la Borbónica, ha escrito usted. ¿Procede la legitimidad de la Corona de la victoria? ¿Hay otra fuente de legitimidad?

A la Restauración canovista se le llamó la Monarquía de Sagunto. La actual es la del 18 de julio. ¿No es razón suficiente para declararse monárquico?

Usted a Franco en vida le llamaba “el Caudillo” con ironía, pero muerto empezó a llamárselo en serio. Sin duda va en dirección contraria a la sociedad española.

No hay régimen inmune a la crítica ni los críticos son infalibles. Yo no soy distinto. En los años 60 ya vi que el conformismo había cambiado de signo y que el viento de levante prevalecía sobre el de poniente. Pero pensaba que el Régimen era capaz de defenderse solo. Mi único período de ilusión y de adhesión –como le escribí a un amigo del exilio pertinaz–, fue el que medió entre “la autocracia que agoniza y la democracia que amenaza”.

¿Aceptaría, en un sentido clásico, el título de liberal?

Una cosa es ser liberal como se entendía en tiempos de Cervantes, y otra muy distinta a partir del lamentable siglo XIX. El liberal político suele tener una manga más ancha que otra y sube dócilmente a la guillotina.

El siglo XIX español alumbró seis Constituciones. Por cierto, Artículo 2 de la actual Carta Magna censurado por Aquilino Duque: “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles. El resto…”.

Lo que viene detrás deja esas bellas palabras en agua de borrajas. Ya dijo Carl Schmitt que un camello es un caballo hecho por un Parlamento.

Su gusto se inclina hacia una Europa concebida como Cristiandad, pero exalta la Europa de la cultura.

No veo incompatibilidad entre Cristiandad y cultura, a menos que reduzcamos la cultura al teatro de Brecht o al cine de Fassbinder. Yo he vivido unas Navidades inolvidables en un ambiente luterano y nadie pondrá a Bach en un Índice de músicos prohibidos por el delito de serlo.

Ha vivido usted más de una década entre Roma y Ginebra. ¿Es el ente administrativo de la Unión Europea esa supuesta Europa de la cultura?

La Unión Europea no es de mi época, sino de la del señor Giscard d’Estaing, y esa es la Europa que yo rechazo.

¿Y cómo ve usted España dentro esa globalizada Europa?

Como veía a México don Porfirio Díaz: “Tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”.

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