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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Edipo a través de las llamas, de Paco Bezerra: el verdadero heroísmo interior

Edipo a través de las llamas, de Paco Bezerra: el verdadero heroísmo interior
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miércoles 29 de septiembre de 2021, 17:45h

El dramaturgo almeriense revisita la historia de uno de los más grandes mitos y nos ofrece una sugerente y lograda visión personal.

Edipo a través de las llamas, de Paco Bezerra


Director de escena: Luis Luque

Diseño de escenografía: Monica Boromello

Intérpretes: Jonás Alonso, Mina El Hammani, Álvaro de Juan, Jiaying Li, Alejandro Linares, Andrés Picazo, Julia Rubio y Alejo Sauras

Lugar de representación: Teatro Español (Madrid)

Es notorio que el teatro surgió a partir de rituales que unían a la población con lo sagrado. También que buena parte del teatro contemporáneo no se entiende sin eso que en español se bautizó como: “reteatralización” -fórmula expresiva de Ramón Pérez de Ayala-, proponiéndonos con ella un retorno al ritual sacro congénito a los orígenes del drama. Con el actual Edipo a través de las llamas, el joven dramaturgo Paco Bezerra afronta de forma directa y plena esa honda conexión entre lo teatral y lo sagrado. No entendamos aquí lo sagrado como un decálogo concreto de leyes teológicas dictadas por una religión cualquiera, sino de un modo más amplio y profundo como el contacto con “lo desconocido” dotado de energías que superan a las fuerzas humanas. Ya en un relato de El Aleph, Borges lo sintetizó en una frase imborrable: “El misterio participa de lo sobrenatural y aún de lo divino”, del mismo modo que George Bataille pocos años antes formulase que lo sagrado es el ámbito de lo desconocido: “Aquello que, aunque imposible, está sin embargo ahí”. Algo que produce fascinación y horror, ese miedo colectivo donde se genera a la vez respeto y adoración.

Ese desafío de verdades incomprensibles para una simple deducción lógica es retomado sin circunloquios por este nuevo “Edipo” y lo hace de forma distinta a otras muchas representaciones de los “Edipos” que hemos conocido a lo largo de la historia. Aun teniendo como sustrato común el mismo mito, ya por ejemplo, el Edipo de Séneca contradecía y polemizaba contra la arquetípica tragedia del Edipo de Sófocles. Del mismo modo que en tiempos mucho más recientes el Edipo creado por Jean Cocteau para la ópera de Stravinski disentía de la pieza senequista, o bien el Edipo cinematográfico de Pasolini concibió otro héroe marcadamente distinto a todos los demás. Otro tanto sucede con Edipo a través de las llamas. Se trata del “Edipo” singular y propio de Paco Bezerra, encarnando ahora a la persona capaz de desvelar lo sagrado desconocido en beneficio de la comunidad entregándose a un sacrificio libremente aceptado desde su posición de privilegio.

Tanto el director de escena Luis Luque como la diseñadora del espacio escénico, Mónica Boromello, excelentes conocedores del universo artístico del dramaturgo, nos proponen un resumen óptico de este Edipo antes del comienzo de la acción, con una metáfora visual donde unas escaleras suben y bajan delante del azul de un cielo en el trance de anochecer. En ese cosmos cruzan sombras con las que nuestra imaginación crea siluetas misteriosas y donde emergen y desaparecen enormes pupilas, que machadianamente pertenecen a ojos porque nos ven, no porque los veamos. Esas misteriosas miradas desde el cielo, que los espectadores sienten de modo intermitente y enigmático, se combinan con inexplicables personajes ocultos tras máscaras que suben hacia las nubes y bajan a la tierra, o que se esconden de forma tan repentina como se muestran súbitamente. Este universo azul de gran belleza estética, gratifica la vista tanto como aterra por el silencio de esas fuerzas superiores que guardan verdades sagradas, inaccesibles a la lógica de los mortales. En presencia de este cosmos más allá de la comprensión humana da comienzo la acción heroica de Edipo, recién llegado a la ciudad de Tebas huyendo de la sentencia escrita en el firmamento. La liberación del terror con el que la Esfinge atormenta a los tebanos sigue el esquema de la resolución de tres enigmas, pero su espíritu corresponde al mito original, donde Edipo da muerte al monstruo de forma análoga a otros paladines griegos, como Hércules destruyendo a la Hidra, Teseo ajusticiando al Minotauro o Perseo dando fin a la Medusa, en un rito de iniciación cuyo triunfo épico le abre el camino al éxito personal y el poder político.

Llegado a este punto, se hace sentir con más claridad la visión propia de Paco Bezerra de la fábula en relación con el presente. La autoridad pública de Edipo se vive aquí más como un agobiante lastre que como un trofeo. Resulta difícil adivinar las intenciones del dramaturgo al proyectar sobre el fondo del escenario un inmenso primer plano del rostro de Edipo, con una breve alocución sobre su autoridad como estadista. Sin embargo a los espectadores que también aman el cine esa imagen no deja evocar aquel formidable retrato que Orson Welles creó para la promoción de Charles Foster Kane en el filme Ciudadano Kane y que se ha convertido en el tótem cotidiano de cualquier campaña electoral. El recurso mediante el cual presentar a una medianía como un ser providencial capaz de resolver todas las dolencias colectivas. Aunque con una diferencia sustancial, pues las vallas publicitarias y los plasmas contemporáneos nos lanzan una estudiada palabrería tan eufórica como falsa, mientras que el rostro de Edipo lleva a cabo la operación contraria de comunicar su incapacidad para proteger a la ciudad de los nuevos males que la asolan. Su insuficiencia, su pesar, su confesión pública, es punto de partida de su propia renuncia. Algo que no está en la lógica del poder contemporáneo, pero que el artista exige de manera legítima a los mandatarios aferrados a sus prerrogativas.

A partir de ahí, el Edipo en la cima del poder -percibido de una forma muy contemporánea-, debe afrontar su segundo acto heroico. O visto de un modo más reflexivo, su verdadero acto heroico. Pues el primero lo ha sido solo para los demás, ese rito de iniciación que le da acceso a las mieles de la vida. Pero este segundo resulta mucho más auténtico, pues no solo exige la renuncia, sino también el sacrificio libremente aceptado para saber la verdad de sí mismo e impulsar la ventura cívica. De nuevo, el autor de Dentro de la tierra o El pequeño poni, lanza aquí un nuevo vínculo entre lo mítico y las vindicaciones del presente, al señalar que la resolución de grandes injusticias no va a provenir de la gestión en los despachos de las autoridades sino más bien del abandono de los privilegios injustos por parte de los favorecidos con prerrogativas arbitrarias e inmerecidas. Como las prebendas que Edipo debe por sí mismo dejar.

Así, el aspecto onírico que termina por dominar en los dramas de Paco Bezerra, otorga a las acciones de Edipo los perfiles de una tortuosa pesadilla, que, pese a todo, no destruye la apariencia de belleza en las formas. Su efecto deformante está lleno de dolor, pero su fin último es la verdad. El camino hacia ella no sigue la línea recta del razonamiento lógico. Más bien centellea de forma repentina en la oscuridad en el trascurso de su sacrificio.

Ante Edipo, los ancianos aparecen con rostro joven y el viejo Tiresias se muestra con la apariencia de una muchacha oriental, cuyas palabras en chino enuncian un enigma impenetrable para la razón. Cada figura de la pesadilla le atormenta con un fragmento de culpa que constituye su verdad interna. Asumir ese auténtico yo le conduce a una genuina expiación ritual. El propósito humanista de llegar a ser quien eres, obliga a un tránsito de dolor. Este es el verdadero acto épico interno de Edipo. La violencia de la verdad, el delirio, el desgarro anuncian su ingreso en el ámbito de lo sagrado. Y eso requiere una valentía superlativa. En la obra de Paco Bezerra, ese furor no se centra en el autocastigo d Edipo al extirparse los ojos, sino en el hecho de entregarse al fuego. Resuenan aquí los ecos de George Bataille, cuando señaló en su Teoría de la religión: “Lo sagrado es comparable precisamente a la llama que destruye el bosque al consumirlo”. Un fuego que salva del frío y que puede quemar, que causa tanto pavor como fascinación. La irrupción de Edipo en las llamas de lo sagrado causa dolor y a la vez purificación colectiva. Más allá de los triviales remedios del discurso político, Paco Bezerra retoma los orígenes rituales del teatro para plantear exigencias morales difíciles a nuestra cultura hedonista. El resplandor de este bosque en llamas atravesado por este Edipo ilumina, a su vez, con nuevos destellos retrospectivos, el universo onírico de las anteriores piezas dramáticas del autor.

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