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TRIBUNA

La banca de hoy

Juan José Vijuesca
miércoles 06 de octubre de 2021, 20:13h

Hoy en día ser cliente de cualquier banco, principalmente los considerados grandes, no está bien visto por estas congregaciones financieras. Molesta nuestra presencia y les resultamos incómodos si entramos en sus dependencias aunque lo hagamos con la mejor de las intenciones. Claro que hoy lo de entrar en una oficina bancaria y que ésta aún permanezca abierta al público es cada vez más raro. Lo digo porque ahora escasean y cada día que pasa se alejan del cliente unos cuantos kilómetros. Se están convirtiendo en áreas de servicio como las gasolineras cuando viajas por carretera. Atentos al GPS: “Próxima entidad bancaria a 25 kms., tome la primera salida a la derecha antes de llegar a Honrubia”

Tampoco descarten que lo siguiente que hagan los banqueros sea crear algo parecido a las farmacias de guardia. “Oficina abierta de 12 de la noche hasta las 8,00 de la mañana, calle Tegucigalpa s/n Polígono Industrial Ventorro del Carajo” Es lo que hay. Se acabaron las prebendas y mucho menos las cortesías. Por eso digo que lo de ser clientes no trae más que disgustos, eso sí, previo pago de su importe, porque la bajada de bandera que te aplican los bancos por abrir la puerta de acceso ya es una pasta.

-Buenos días, vengo a ver a doña Fuencisla Altramuz. -¿Tiene cita, caballero? Pues no. –Entonces tendrá usted que pedirla a través de la app del banco- Y uno sale de allí pensativo. ¡Qué habrá querido decir con eso de la app! Y como no tengo cita tampoco puedo entrar de nuevo para preguntarlo.

Menos mal que no estamos solos. –Aquí los días 25 de cada mes nos juntamos unos cuantos-, me dice un buen hombre. –Venimos a cobrar la pensión por ventanilla, pero hay que pedir la vez y ponerte a la cola- -Oiga, ¿usted sabe lo que es la app del banco? –le pregunto. –Ni idea, yo me llevo el dinero que saco una vez al mes y ya está- Como le vi muy conforme, no insistí. –Mire usted, lo que tiene que hacer es venir cualquier día 25 y le dejan pasar sin problemas, eso sí, hágalo antes de las 11 de la mañana-. Me quedé más tranquilo.

El sector bancario nunca está conforme con la cuenta de resultados. Son entidades abducidas por el beneficio. Les prometo que te cobran hasta por entrar a saludarles y se lo tengo dicho a mi gestor, por cierto, el que hace el número 35 de los últimos diez años; pero ni por esas. –Son instrucciones de los de arriba- me dice. ¿Pero quiénes son los de arriba? –pregunto. –Lo siento, pero tengo que cobrarte por haber venido- Y en esas estamos. El cliente presencial es un asco, es más, creo que estamos en fase de avanzada descomposición para el gremio de los banqueros.

Los bancos, como ya es sabido, son enormes y concienzudos órganos de gestión de caudales. Tienen la voluntad de hacer negocio con todo lo que suene a tintineo del vil metal; nada nuevo. Durante los dos grandes imperios de la antigüedad, el griego y el romano, los prestamistas ya hacían empréstitos, además de que cambiaban dinero (monedas) y aceptaban depósitos. Por cierto, en ese periodo, por ejemplo, si una familia no podía pagar sus deudas, era castigada con la esclavitud o hasta con la muerte. Y a partir de ahí la cosa ha ido emporando, no en cuanto a ponerle al cliente palillos entre las uñas u otras clases de torturas, pero si a incluir la letra pequeña, quiero decir minúscula, en todo documento contractual que implique compromiso o riesgo monetario para el banquero. Cosa que les sonará a ciertos damnificados.

De ahí los cambios o mejor dicho el adiestramiento al que vienen sometiendo a los usuarios. Vean como nos están dando picadero cada nuevo día que pasa y es que razones no faltan cuando nos reconducen al uso de aplicaciones informáticas para cualquier gestión bancaria sin necesidad de aparecer por la oficina en cuestión. Esto, que a simple vista pudiera parecer una opción más, no es otra que la de irnos alejando de las relaciones personales hasta convertirnos en simples androides por control remoto. El objetivo de los bancos está claro: conseguir un mayor beneficio con el mínimo de recursos posibles, de ahí el cierre de oficinas y la reducción del número de trabajadores.

En fin, a modo de despedida transcribo a mis lectores el texto de mi queja: Señor banquero/diez maravedís deposité/en las arcas de su banco/más quince sueldos de mercado/lo que hacen mis ahorros por esfuerzo y trabajo./ De ello saca usted su peculio/en verdad que lícito es/más pobre de mí y por sorpresa/cuando pasé un buen día por su banco/y comprobé con asombro, y también desagrado/como mi caudal estaba en merma./¿A cuento de qué? Preguntóme yo/por si accidente hubiere en cálculos habidos/más no fue ese mi consuelo/se me informó, por funcionario experto/que el banco tomó prestado de mis dineros/ para no sé qué de unos fondos extranjeros/ Más yo que siendo de letras obrero/la explicación me llevó a lo incierto/por eso me dirijo a usted/en demanda de mejores tientos/pues letra pequeña no veo ni firmarla recuerdo./ Haga usted, señor banquero/ el favor de sacarme las dudas/porque el asunto pinta feo/y lo único que quiero es el total de mi dinero/Comprendo que lo suyo no es benéfico/pero lo mío es de quebranto sin comerlo ni beberlo/Recibirá mi afecto personal cuando mi saldo vuelva a ser el correcto.

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