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TRIBUNA

La engañótica, placebo de la ansiedad

martes 12 de octubre de 2021, 19:52h

La ansiedad a gran escala es un fenómeno psicológico relativamente nuevo. No se daba entre el campesinado eternamente unido a la misma tierra generación tras generación, unidas por el respeto de los hijos a los padres y temiendo posibles malas cosechas.

Desde perspectiva social, la ansiedad es un fenómeno que surge con la revolución industrial, es decir, con la universalización del trabajo mecanizado y en cadena durante estresantes jornadas fabriles. Esto ha traído ventajas e inconvenientes, pero en cualquier caso ha desarraigado a los individuos y a la sociedad, necesitada de un proceso de acomodación laboral permanente. A cambio de no poder tener vida privada ni familiar, dedicamos lo mejor de nosotros mismos a las empresas para las que trabajamos en un proceso de readaptación permanente. Los cambios frecuentes de residencia, las incertidumbres y la volatilidad de un trabajo precario, el escaso tiempo de convivencia intrafamiliar, la entrada en contacto con un mundo abierto al horizonte de los deseos a través de las redes sociales, todo ello ha alterado la vida tranquila y a veces en exceso rutinaria: “Nuestra sociedad vive mejor gracias a la tecnología, pero también está condicionada por los usos tecnológicos abusivos, especialmente en el cuidado salud, que llevan a pedir de los profesionales ejercer la medicina del deseo, alimentada por expectativas tecnológicas exageradas es exigida por pacientes y usuarios, desde un optimismo patológico y forzando prestaciones sanitarias, costosas y poco eficientes. Esa falta de medida, mesura y humildad está enmarcada por la existencia de sociopatías vinculadas al miedo, ansia, ambición o inmadurez, también a estados de ignorancia y mediocridad. Nuestra sociedad, tiene disnea o disfagia: no entran en ella el aire ni el alimento, que determinan a manera de síndrome alteraciones de la percepción del entorno, del pensamiento, la voluntad y la memoria. Nos hemos convertido en ansiosos tecnológicos, cuando lo adecuado sería utilizar la tecnología en un contexto social, político, ético y filosófico, propio de una sociedad que desea ser más culta y más justa” [1].

Este nuevo tipo de vida psíquica desbordada ha alterado el orden de los afectos, que a su vez se ha traducido en una disminución de la duración en las relaciones de pareja. El desarraigo, la desazón vital, produce sentimientos de abandono e inseguridad, y entonces el camaleonismo tiene la última palabra. Para ser aceptado hay que mentir mucho, volverse social y políticamente correcto, caer de pie como los gatos, no moverse de los ideologemas dominantes porque quien se mueve no sale en la foto. Nos miramos al espejo y no hallamos nuestra verdadera efigie, quién sabe si somos quienes somos, para qué esforzarse en saber si tenemos alguna identidad debajo de las apariencias. Somos, si estamos, no faltando mercenarios de la guerra que se presentan como los señores de la paz.

Vivimos, pues, dentro de un universo engañótico, en una engañología entre la perplejidad, insinceridad y la mentira no solamente respecto a los demás, sino también el autoengaño, con la subsiguiente carga de frustración y de autodesprecio subyacente en las horas bajas. Si la verdad trae mala suerte, mejor la postverdad lábil, líquida, acomodaticia; el proceso engañótico se desliza como el fuego y la lava de un volcán ansiogénico, cuyas fumarolas son:

  1. a) Enormes campañas publicitarias para vender aparatos y sistemas producen consumidores compulsivos en todas las clases sociales, que cada vez necesitan más y más nuevo, última generación y gama elevada.
  2. b) Hiperestimulados por esa publicidad que nos promete el paraíso en la tierra, los robots pasan a convertirse en interlocutores amigos: un robot y un perro solucionan muchos problemas relacionales. Ahora los raritos son quienes no tienen ningún robot, ningún perro, o ningún teléfono móvil; nosotros somos el paradigma de la memez de la posmodernez.
  3. c) Cuando nos vemos engullidos por la dependencia producida por el uso compulsivo, recurrimos a interminables terapias de mantenimiento, de “vuelta a la normalidad” (normalidad que tal le parece al anormal). Ya que no podemos derrotar a la dependencia, nos aliamos con ella procurando controlarla. Las terapias banales, interminables y rentables para el terapeuta manipulador del paciente-cliente, sirven además de entretenimiento para las agendas vacías.
  4. d) Correlativamente, los encargados de la salud mental a niveles estatales y gubernativos se muestran blandos, condescendientes, “comprensivos” con la pandemia, pues también ellos están contaminados y temen perder votos si intervienen de forma seria y correctiva en Sodoma y Gomorra. El mal de muchos pasa a ser consuelo de tontos.
  5. e) Anten la imposibilidad de mejorar la situación ya irreversible, y para evitar el pánico, se normaliza el estado de peste: “Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada, pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros: que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”[2]. La red engañótica, fábrica de pensamiento único, ofrece el consuelo de unas pompas fúnebres presididas con Mammona, el becerro de oro.
  6. f) Si bien las dependencias generan interacciones estocásticas, nadie se lo cree en el fondo, e incluso quienes se encuentran atrapados en la tela de araña cada vez más densa se supervaloran recurriendo al autoengaño: ellos romperán los hilos de la red cuando así lo deseen con suma facilidad, deportivamente incluso: “A muchos sucede lo que al caminante, que en tiempo de lluvia se encuentra con un arroyo, que pudiera pasar de un salto; y diciendo, adelante lo pasaré, mientras baja más abajo, lo halla mayor y con más agua, y no lo puede pasar. Así al que, al principio, con un salto de dolor pudiera pasar a la otra parte de la buena vida no lo hace, dilatando la penitencia para adelante, crecen con los días las dificultades, con que se va haciendo más inhábil cada día”[3].
  7. g) La sumisión necesita inventar a un deus ex machina, que barra el mal del escenario antagónico al modo de las tragedias griegas: el tecnopanteísmo con formato de agatonismo inocente: disfruta de la vida y ayuda a otros a vivir una vida digna de ser disfrutada. Ahora bien, como no se dice cómo deba ser disfrutada, a esta pluripotencia de tecnocaprichos se le denomina finalmente tolerancia, convertida en el segundo mandamiento del tecnopanteísmo El ciborg, ese sistema computacional hombre-máquina, toca ahora el cielo con sus manos.

[1] Bandrés, F: Tecnología y humanización de la asistencia sanitaria. Editorial Mounier, Madrid, 2022, pp. 42-43

[2] Camus, A: La peste.

[3] Mañara, M: Discurso de la verdad, parágrafo VIII.

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