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TRIBUNA

El sistema bicameral

José María Méndez
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axiologiatelefonicanet/9/9/20
domingo 21 de noviembre de 2021, 18:41h

Las dos cámaras legislativas, habitualmente llamadas Congreso y Senado, tienen sentido si son elegidas con criterios distintos. Si en ambos casos se vota según los partidos políticos, no se ve utilidad alguna en que haya dos cámaras en vez de una.

En efecto, si la composición política es siempre la misma en ambas, como ocurre ahora en España, el Senado se limita a confirmar de modo automático todo lo decidido ya antes por el Congreso. Los políticos pierden el tiempo, y los ciudadanos su dinero.

Y si la mayoría en el Senado es opuesta a la del Congreso, como sucede a veces en USA, se produce la parálisis legislativa. El Senado tumba de modo sistemático lo decidido antes por el Congreso. Bien lo hemos visto en el frustrado “impeachment” de Trump.

La utilidad de las dos cámaras cobraría en cambio sentido, si el modo de elegir los senadores fuera completamente distinto del de los diputados. Entonces el Senado no sería redundante, o bien un obstáculo sistemático, sino algo complementario del Congreso y enriquecedor de la entera sociedad.

Partamos del principio de que la democracia actual se basa fundamentalmente en la iniciativa de los partidos políticos. Les reconocemos como el motor efectivo de la democracia. Admitamos también que la cámara más importante en la práctica sea el Congreso. Le corresponde la iniciativa política, promover y gestionar los cambios sociales. Y para eso están los partidos políticos y las ideologías que les respaldan.

Pero admitida esta premisa, el complemento racional debiera ser un Senado que sirviera de contrapeso a la demasiado inestable moda de los electores, y no digamos los políticos. La sociedad en su conjunto es mucho menos versátil que los apasionados avatares de la vida política. La tarea del Senado sería defender la solidez y estabilidad de la sociedad frente a excesiva volatilidad de las ocurrencias de los políticos y su demostrada capacidad para engañar a los votantes.

Los senadores debieran ser designados por criterios ajenos a los partidos políticos. Responderían a la composición real y efectiva de la sociedad, que posee instituciones y tradiciones muy arraigadas. En realidad, la han configurado como es a lo largo de siglos. En conclusión, los cambios de gobierno son frecuentes, pero la estructura profunda de la sociedad permanece estable por encima de esos cambios. Utilicemos el adjetivo corporativo para indicar este hecho. También se usa no politizado para significar lo mismo. Lo que proponemos es que el Congreso sea político, y en cambio el Senado sea corporativo.

En España se habla de un posible Senado de las autonomías. Pero las autonomías están controladas por los partidos políticos. No son las corporaciones sociales de que hablamos. Eso sería incidir de nuevo en un Senado redundante e innecesario. También el Senado americano es un buen ejemplo de esta duplicación inútil de la función legislativa. Los dos senadores designados por cada Estado de la unión pertenecen también a la casta política.

De acuerdo con la idea de un senado corporativo se han introducido en algunos países los senadores vitalicios. Son personas ajenas a los partidos políticos, pero de indiscutible prestigio, en el ámbito que sea. Se supone que su criterio independiente contribuirá al logro de unas leyes realmente concordes con el interés común.

Pero la gran mayoría de los senadores debieran representar a entidades o corporaciones hondamente enraizadas en la sociedad, y que son anteriores por lo general a los partidos políticos.

En primer lugar, hay que mencionar la familia. Ciertamente las familias necesitan en España organizarse y coordinarse entre sí mucho más de lo que están ahora. Existen algunas asociaciones o entidades en defensa de la familia. Pero sólo si hubiera senadores que representasen a las familias, y sólo a ellas, habría un efectivo freno contra el totalitarismo invasor de los partidos políticos. La familia es anterior al Estado. Y sin embargo vemos cómo los políticos arrebatan a los padres de familia, de modo enteramente arbitrario e injusto, derechos que están muy por encima de las responsabilidades del Estado y de todas las autoridades políticas. Por ejemplo, elegir la lengua en la cual quieren educar a sus hijos. Igualmente los padres de familia podrían defenderse contra las leyes que otorgan a menores de edad el pseudoderecho a abortar, o a cambiar de sexo sin consultarles. Las familias debieran ser la corporación más importante del Senado.

Otro aspecto en que lo corporativo debe ser escuchado lo encontramos en las asociaciones de empresarios. La CEOE y la CEPIME debieran tener representación en el Senado. Lo mismo que los sindicatos meramente profesionales y no contaminados por ideologías políticas.

Otro tanto puede decirse de los Colegios Profesionales de rancia solera en España, como los de Abogados, Médicos, Ingenieros, etc. Lo mismo que las Universidades, públicas y privadas, y las Reales Academias de la Lengua, Historia, Ciencias morales y políticas, etc. La cultura pertenece a la entera sociedad, no a la casta política. También debiera contar con sus propios senadores. Naturalmente es inútil entrar en detalles sobre qué porcentaje de senadores debiera corresponder a estos diversos ámbitos corporativos. El horno no está todavía para estos bollos. Más bien se trata de que la idea de un senado corporativo, o no politizado, sea puesta sobre el tapete. Por eso no figura este tema en mi artículo Diez puntos contra la partitocracia (El Imparcial 11/05/21). Está demasiado verde. Concretemos un poco más la idea de un Senado corporativo con dos ejemplos.
En USA funcionan con gran eficacia los llamados lobbies. Defienden bajo mano y de manera oficiosa los intereses de diversas corporaciones con gran implantación social, y de muy diversa ideología. Suele salir a colación de vez en cuando la Asociación Nacional del Rifle. Pero hay otros muchos lobbies, y con mayor importancia social. Para instaurar un Senado corporativo en USA, bastaría substituir las actuales parejas de senadores por cada Estado de la Unión por senadores elegidos por estas corporaciones. Dejarían de ser las oficiosas voces de los lobbies, para constituirse en oficiales senadores.

El segundo ejemplo lo encontramos en las Cortes Españolas que funcionaron en la época de Franco. El profundo hastío de la democracia generado por las torpezas y abusos de los partidos de izquierdas -especialmente el PSOE- durante la Segunda República llevó a la creación de esas Cortes. Pero sus raíces venían de muy antiguo, incluso de la Edad Media. Había Obispos en ellas, lo que tiene sentido, si consideramos que las confesiones religiosas son también corporaciones bien arraigadas de hecho en la sociedad.

En el sistema inglés existe la Cámara de los Lores. Pero es un inadecuado ejemplo. La nobleza no es una de las corporaciones de que hablamos. El gran error histórico en nuestra transición a la democracia tras la muerte de Franco consistió en no convertir aquellas Cortes en un Senado corporativo. Podría haberse hecho con pocas reformas.

Lo que se despachaba en aquellos años como democracia orgánica no podía desde luego funcionar. Había un Senado corporativo, pero faltaba el Congreso político. Sin embargo, no por eso aquellas Cortes dejaban de contener el aspecto positivo, que tanto echamos de menos en la odiosa partitocracia que ahora padecemos. Lo que ahora hace falta urgentemente en España es un Senado corporativo, que ponga freno a la estúpida borrachera política en que ha degenerado nuestro actual Congreso.

La peor de todas las consecuencias de nuestra corrupta partitocracia actual es el intento de politizar todas las instituciones sociales, todos los aspectos de la vida. Lo vemos inmediatamente en la familia. Si los miembros de una familia tienen ideas políticas contrapuestas, tienen que callarlas y no sacarlas siquiera a colación cuando están juntos. La paz familiar queda destruida inmediatamente. Pienso también en los antiguos amigos catalanes, que yo tenía antes de que el veneno nacionalista los convirtiese en fanáticos.

La sociedad es mucho más rica y compleja que el estado. Politizarlo todo es una pérdida social y además un empobrecimiento de las personas. Ser persona es mucho más que ser ciudadano. La riqueza de las variadas relaciones sociales se agosta de inmediato cuando son corrompidas por la pasión política. Hasta los niños son contaminados en la escuela y se fomenta la enemistad entre ellos en vez del compañerismo. Y el largo et coetera que puede completar fácilmente el amable lector.

Así pues, la razón última de la conveniencia de un Senado corporativo la encontramos en la necesidad de preservar la riqueza social frente al corrosivo cáncer social de politizarlo todo.

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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