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Ensayo

Thomas Wolfe: Historia de una novela

Thomas Wolfe: Historia de una novela

domingo 28 de noviembre de 2021, 22:20h

Traducción de Juan Sebastián Cárdenas. Periférica. Cáceres, 2021. 104 páginas. 9 €.

Por Francisco Estévez

Antes de la polvareda que levantara el torpe entendimiento de la famosa pregunta lanzada por Adorno, aquella sobre el sentido de escribir poesía después de Auschwitz, el hoy vilipendiado Jean-Paul Sartre reflexionó sobre las tres preguntas clave de todo arte en ¿Qué es la literatura? (1948). En el capítulo final de aquel libro, “Para quién se escribe”, deshilachaba el francés pensamientos sobre el eje escritor-obra-lector, cuestión que trata ocultamente de responder el presente texto de 1936 de Thomas Wolfe (1900-1938). El breve ensayito, que nos ofrece en nueva traducción al español Juan Cárdenas, sustituye a aquella de César Leante para la extinta editorial Pliegos en 1993, difícilmente accesible hoy. El título propone pormenorizar el día a día del largo proceso de trabajo de creación de un libro. Pero ya el subtítulo que llevó en la anterior edición ampliaba la cuestión: “El proceso de creación de un escritor”. Pues, en verdad, aunque Wolfe se proponga relatar la manera de escribir un libro, da cuenta mayormente de la extrañeza intrínseca a la profesión literaria. Y esto resulta lo mejor del ensayo, el resquebrajamiento de la idealización del oficio, que aún ahora en su eterno adanismo campea por doquier. De allí algún dardo que bien pudiera aplicarse a nuestra literatura española siempre tan esquiva a tomar referentes patrios y seducida por foráneos: “Se vuelven más flaubertianos que Flaubert”.

El estadounidense refiere alguna obviedad que paradójicamente conviene repetir, como aquella por la cual el buen escritor, como se desea Wolfe, escribe para olvidarse de un texto, no para recordarlo. Por otro lado, la sintomática elección de metáforas y su orden para explicitar cómo trabaja la memoria del escritor (el pasamanos, el puente y la sirena del lechero) alumbran la necesidad transgeneracional de labrar un acuerdo, un puente para reconstruir esa destartalada sociedad que dejó la arrolladora crisis bursátil del 29. Y de plena vigencia y, más aún, de urgencia, los recordatorios del autor sobre los límites que marca la responsabilidad escritora en el uso libre de la materia narrativa (el amplísimo fondo de armario autobiográfico con el que vistió buena parte de sus narraciones causó a Wolfe no pocos problemas en su pueblo natal). Menos valor tiene el consabido elogio de la poda literaria, el juego de descartes es desde el mundo clásico, sobre todas, la habilidad que más rápido debe aprender el escritor voluntarioso.

Y también su envés, la amarga lección que todo escritor debe encajar, aquella de la renuncia pues buena parte de lo que está bien escrito quizá no encuentre su lugar en el libro final. Y, por extensión, una que todos deberíamos tener presentes: evitar la logorrea, a pesar de la posible brillantez. En resumen, el avisado escritor debe ansiar más siempre la unidad, la firmeza y el poder de conclusión en su obra, como proyecta Thomas Wolfe en este ensayo-espejo. Por tanto, da de balde la trastienda del escritor, que muchos otros difuminan cuando no ocultan o peor todavía simulan.

Su pródiga y torrencial memoria le permitió narrar con todo lujo de pormenores la hemorragia de aquella inmensa tierra del norte americano atizada por una crisis descomunal que, junto a sus cuitas familiares y su nostalgia del padre, se proyectó sobre la nación aún en construcción. Wolfe entendió su narrativa con homólogo empeño al poético de Walt Whitman, bautizar un mundo nuevo, aquella inmensidad de los Estados Unidos que con su vitalidad biográfica nutre desaforadamente a su escritura. La lucha entre arte y naturaleza será zanjada por la lección a regañadientes editoriales y, en forma de descargo, este resulta el origen de Historia de una novela. Describe aquí pues condiciones de escritura de esas dos maravillas que son El ángel que nos mira (1929) y Del tiempo y el río (1935) a pesar de sus deformidades de tamaño.

Recientemente la benemérita edición de los Cuentos por la atenta editorial Páginas de Espuma en 2020 nos facilitó atisbar la experimentación que ofrecía ya Wolfe con aquellos cuentos de corte ensayístico, camino trunco por su muerte repentina. Un escritor con enormes habilidades, magnificas creaciones y, al mismo tiempo, superado en parte por su propia muñeca, dislocado por la frenética voluntad de contar todo, en definitiva, perfecto epítome de nuestra contemporaneidad saturada de palabra reverberante. Que la centralidad de la obra de Thomas Wolfe, expuesta sin ambages por el mismísimo Faulkner, ocupe un lugar periférico en nuestras tierras, siendo como son asoladas por cualquier banalidad anglófona, dice más del profundo caos lector que impera, antes que de una posible desatención editorial. Esta apuesta de Periférica es de nuevo un acierto y un alivio.

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