Los deportes son metáfora de la condición humana, lo que acaba contando son los resultados: las copas ganadas, los títulos conseguidos. Muy pronto se olvida lo que ocurrió en el terreno de juego, si el resultado fue justo o injusto, y se obtuvo con el caprichoso factor suerte; en el caso del fútbol, tal vez unos disparos a los postes, una caída fingida que concluyó en penalti, un gol de chiripa o uno con la mano tapada o, simplemente, una insuficiente eficacia al rematar, a pesar del mejor juego; la pelota que no quiso entrar.
En las guerras, siempre malditas, lo que acaba contando es el vencedor final, no su desarrollo. Pienso ahora en la guerra de Secesión de los Estados Unidos, entre 1861 y 1865. El 22 de febrero de aquel año, el demócrata Jefferson Davis tomó el cargo ilegal de primer presidente de la Confederación (los estados del Sur) adelantándose al republicano Abraham Lincoln, quien tres meses antes había sido elegido presidente de todos los estadounidenses. En abril, a las cinco semanas de jurar Lincoln su cargo, se inició la guerra entre federales y confederados. A punto estuvieron éstos de triunfar, pero ¿quién lo recuerda? Controlaron de inmediato su territorio: casi dos millones de kilómetros cuadrados. Lincoln inició su presidencia con una guerra civil, y públicamente se preguntó “si en un sistema de gobierno libre la minoría tiene el derecho de disolver el gobierno cuando le plazca”, recalcando que “todos nos declaramos a favor de la libertad, pero al usar la misma palabra, no todos nos referimos a la misma cosa”.
En Europa, a donde las noticias llegaban con quince días de retraso, se daba por hecha la victoria confederada. El Times de Londres, por ejemplo, apoyaba a los sudistas y pidió al Parlamento británico que los reconociera como Estado independiente. La disolución de los Estados Unidos parecía imparable, y la propaganda confederada solicitaba una mediación internacional; de nuevo, Times advertía contra la pesadilla que se haría realidad si la Unión triunfase: “una raza mestiza de saqueadores y opresores”. Era la perspectiva supremacista.
Tras un año y medio de guerra, al llegar el 17 de septiembre de 1862 reinaba entre los federales una desmoralización absoluta, pero en esa fecha su abatimiento se trocó en júbilo y esperanza. Si bien con miles de muertos, heridos y mutilados.
James M. Macpherson, profesor emérito de Princeton, ha escrito un excelente libro, ‘Antietam’ (Ariel), donde detalla minuciosamente la batalla que se celebró aquel día junto al riachuelo de ese nombre, en el estado de Maryland, y que tuvo enorme repercusión. Sólo en esa batalla murieron más soldados que en todas las demás guerras que Estados Unidos hizo en el siglo XIX, con cuatro veces más bajas que las que tuvieron en Normandía el año 1944. Un cirujano de la Unión afirmó por entonces que: “las masas se regocijan, pero si todos pudieran ver a los miles de desgraciados que sufren y mueren, el regocijo se convertiría en llanto”. Ambos ejércitos parecían formados más por pordioseros que por soldados: enfermos, hambrientos, con los ánimos por los suelos, al límite de la capacidad de resistencia, espejo de lo que al siglo siguiente se denominaría fatiga de combate; un trauma psicopatológico.
Maryland fue uno de los cuatro estados esclavistas que se mantuvieron en la Unión desde el principio de la contienda, se les llamó estados fronterizos. El general confederado Lee quiso abrir una brecha definitiva en la guerra y entrar en Maryland. Pero aquel empeño supuso un giro radical de la situación. Resultó irónico e inesperado el recibimiento apoteósico que la mayoría de habitantes del oeste de Maryland rindió a las tropas federales. Locos de alegría, manifestaron con banderas de la Unión una intensa y hasta entonces oculta adhesión. Aquella victoria no fue bien aprovechada por el carismático general McClellan, mal calculador de la comparación de fuerzas y, por otro lado, muy opuesto a la política de Lincoln.
Parece claro que los federales no podían ganar la guerra sin abolir la esclavitud, mano de obra gratuita para los rebeldes. Tras la batalla de Antietam, Lincoln se decidió a dar el paso aplazado: a los cinco días proclamó la emancipación de los esclavos (unos cuatro millones de personas) que fue efectiva en su territorio el 1 de enero de 1863. Cambió el objetivo político de la contienda: Debilitar la institución de la esclavitud era “asestar un golpe al corazón de la rebelión”, escribe Macpherson. Para el dirigente negro Frederick Douglass luchar contra los dueños de esclavos y no contra la esclavitud, era hacer las cosas a medias.
Lincoln, el presidente de la guerra civil, fue asesinado el 15 de abril de 1865, poco después de derrotar a los rebeldes y de tomar posesión del cargo de su segundo mandato para el que había vencido en las urnas al general McClellan, del Partido Demócrata.