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TRIBUNA

Los últimos días de la URSS (3)

viernes 17 de diciembre de 2021, 20:35h

En diciembre de este año se cumplen 30 años desde la desaparición de la Unión Soviética del mapa mundial. El escritor y periodista, Boris Cimorra, dedica, en tres entregas, un amplio artículo a los acontecimientos claves, llenos de la tensión y del dramatismo, que, finalmente, culminaron con que “la URSS como sujeto de derecho internacional y realidad geopolítica ha dejado de existir”.

En la entrega anterior “LOS ÚLTIMOS DIAS DE LA URSS (2): La jugada final del Presidente de la URSS”, el autor ha contado como el Presidente Gorbachov intentaba salvar la nueva Unión de las ex Repúblicas Soviéticas que él estaba negociando en sustitución de la URSS.

En la entrega de hoy, se tratará cómo fue la dimisión de Mijail Gorbachov de su cargo del Presiente de la URSS, que culminó formal y jurídicamente la liquidación de la Unión Soviética y resultó un punto final en la descomposición del enorme Imperio de los Zares Rusos, transformado en el Imperio Soviético, después de la Revolución Bolchevique en octubre de 1917.

La dimisión de Gorbachov

El día 23 de diciembre, por la mañana, a su vuelta de Alma-Ata, Yeltsin visitó a Gorbachov en su despacho del Kremlin para ultimar el procedimiento para el traspaso de poderes. En la capital kazaja el Presidente ruso había discutido con sus colegas la suerte del ex Presidente de la URSS después de su dimisión. Todos coincidieron en que a Gorbachov había que garantizarle unas condiciones dignas para su retiro, acordes con su rango y prestigio internacional.

La reunión entre los dos presidentes, dos rivales políticos, los dos personajes más destacados de la Perestroika no fue fácil. Especialmente, para Gorbachov, que tenía el papel de perdedor absoluto en esta complicadísima partida de ajedrez político que él había jugado con su rival Yeltsin a lo largo de los seis años de la Perestroika.

Para que la negociación fuera más tranquila, Gorbachov invitó a su consejero más íntimo, Alexander Yákovlev, un reformista convencido que, en su momento, fue considerado el ideólogo de las Reformas y que había ocupado puestos claves en el aparato del Partido que entonces lideraba Gorbachov. Yákovlev también gozaba de la confianza de Yeltsin, ya que durante la intentona golpista había apoyado a Yeltsin en su batalla con los golpistas. En sus memorias escribió sobre este episodio: “Los dos se portaron muy dignamente. El tono de la entrevista era práctico, mutuamente respetuoso. A veces discutían, pero sin irritación”.

Y hay que constatar que, por los resultados de la negociación, el trato concedido por el vencedor al perdedor resultó bastante generoso. Por ejemplo, Yeltsin dio su conformidad para la formación de la Fundación Gorbachov, con el que el ex Presidente podría desarrollar una amplia labor en el campo de la investigación de los problemas sociales, económicos y políticos dentro y fuera del país y relacionarse con fondos parecidos que encabezaban los líderes occidentales cuando terminaban su carrera política.

Para el buen funcionamiento de este fondo se le asignó un imponente complejo de edificios, con oficinas, despachos, salas de reuniones, cafetería, incluso salas deportivas y un hotel para el alojamiento de los invitados a los diferentes foros que se pudiesen organizar por la Fundación.

En la reunión se fijó también la remuneración de Gorbachov, que consistía en un sueldo equivalente al que estaba percibiendo como Presidente de la URSS, una dacha a las fueras y un buen piso en el centro de Moscú – el que Gorbachov estaba ocupando hasta aquel momento en que tuvo que abandonarlo –, dos coches y un séquito, compuesto por 20 personas entre los chóferes, los escoltas, los camareros, los cocineros y otro personal de servicio.

Durante la reunión tuvo lugar un episodio interesante, que cada uno de los Presidentes presentes describe en sus memorias con diferentes matices – la entrega del contenido de las cajas fuertes en las que, desde la época de Stalin, se guardaban los documentos más secretos que se iban traspasando de un Secretario General a otro. Yeltsin se negó a recibirlos y ordenó que todos los papeles fuesen depositados en un archivo “abierto”.

Como se conoció más tarde, entre estos altos secretos del Estado soviético, se encontraban los originales del Pacto Molotov-Ribbentrop con sus protocolos secretos y el mapa que marcaba los territorios polacos y de los países bálticos que pasaban bajo la jurisdicción soviética y la alemana según el reparto acordado entre Stalin y Hitler.

Gorbachov siempre había dicho que los originales de estos documentos jamás se habían encontrado en los archivos soviéticos, lo que significaba que las copias que circulaban por Occidente eran falsificaciones. Incluso cuando en el primer Congreso de los Diputados del Pueblo, le preguntaron si estos protocolos se encontraban en el archivo secreto del Secretario General, también mintió diciendo que no los ha visto nunca, cuando su jefe de gabinete, Velériy Bóldin, se los había enseñado en vísperas del Congreso. Según el relato del propio Bóldin, Gorbachov le dijo en aquel momento: “Guárdalos lo más lejos posible para que nunca nadie los pueda encontrar”.

Cuando todos los aspectos de la retirada del Presidente Gorbachiov estuvieron claros, Yeltsin, se marchó triunfante y satisfecho y Gorbachov, cansado y deprimido, se dirigió a la habitación de “descanso” que comunicaba con su despacho. Tras despedir al presidente Yeltsin, Yákovlev volvió para ver cómo estaba su jefe. Cuando entró en el aposento vio a Gorbachov “acostado en una tumbona con lágrimas en los ojos”.

Me ahogaba el sentimiento de que había sucedido algo injusto. Un hombre, que hasta ayer era el zar de los cambios cardinales en su país y en el mundo entero, el regidor de los destinos de miles de millones de habitantes de la Tierra, hoy era solo una denigrada víctima de los caprichos de la historia” – escribiría en sus memorias el único testigo de su final personal y de una era que llevará su propio nombre, Gorbachov.

Quedaban sólo dos formalidades, el discurso de despedida por la televisión y la entrega del maletín nuclear.

Gorbachov pronunció su discurso de despedida el día 25 de diciembre de 1991, a las 19.00 horas. Había sido preparado por sus más cercanos colaboradores, Cherniáyev y Yákovlev. Todo el país estaba pegado al televisor. Corrían numerosos rumores sobre la suerte del ya ex presidente de la URSS: sobre cómo iba a dejar su cargo; si le expulsarían, sin más, del Kremlin, acusándole de ser un cómplice del fallido golpe de Estado organizado por “su gente”; sobre si algunos altos cargos militares intentarían dar otro Golpe, apoyando a su actual Comandante en Jefe y otras cosas por el estilo.

Así que, la simple aparición de Gorbachov en las pantallas de los televisores fue un alivio para muchos que dejaba fuera de lugar todas las especulaciones. Se podían ver que el traspaso de poderes se estaba realizando “civilizadamente” y que el Presidente hablaba libremente, diciendo lo que pensaba.

Algunos creían que esta despedida significaba el fin de la larga incertidumbre que había reinado en el país después del fallido golpe de Estado y un paso definitivo para el entierro de la URSS y el establecimiento de un nuevo país, llamado la Comunidad de los Estados Independientes. Nadie sabía qué era lo que realmente este nuevo país iba a traer a sus viejos habitantes, pero la inmensa mayoría pensaba que sería mucho mejor que la fallida Unión Soviética.

Gorbachov dedicó gran parte de su discurso a los éxitos logrados durante su presidencia: la democratización del país, las libertades políticas, las reformas económicas que habían permitido introducir elementos de mercado, el fin a la guerra fría y el establecimiento de un dialogo con Occidente sobre la convivencia pacífica, la reducción y el control del armamento nuclear.

Pero la intervención de Gorbachov molestó mucho al Presidente ruso y le sirvió de pretexto para no cumplir algunas de las condiciones acordadas anteriormente con el Presidente soviético. En primer lugar, se suspendió la reunión de despedida “oficial” entre los dos. El traspaso del maletín nuclear que se había previsto realizarlo en el despacho de Gorbachov, en presencia del mariscal Sháposhnikov, fue sustituido por una simple entrega del maletín por parte de dos oficiales, que representaban a Gorbachov, a otros dos, designados por Sháposhnikov de acuerdo con el presidente Yeltsin, quien se había negado a acudir al despacho de Gorbachov y éste a otra sala, propuesta por el Presidente ruso.

La bandera de la URSS, que tenía que haber sido bajada de la cúpula del Kremlin, donde se encontraba la residencia del Presidente de la URSS, el día 31 de diciembre, fue bajada una vez terminada la intervención televisada de Gorbachov. Y los trámites de la salida de Gorbachov del Kremlin, de su piso moscovita y del chalet - residencia presidencial a las afueras de Moscú, acordados previamente, fueron acortados al máximo. Incluso, cuando Gorbachov se enteró de que la bandera soviética ya no ondeaba, pidió que se la entregaran a él como “recuerdo”, pero la petición fue denegada por los funcionarios del Kremlin que ya sólo obedecían al nuevo dueño, Boris Yeltsin.

Dos horas antes de pronunciar su discurso de despidida, Gorbachov había llamado al Presidente de los Estados Unidos, George Bush, para comunicarle que dentro de dos horas proclamaría su renuncia al puesto de Presidente de la URSS y que traspasaría el maletín nuclear al Presidente de la Federación Rusa, Boris Yeltsin.

Después de hablar con el Presidente norteamericano, Gorbachov recibió la llamada del Ministro de Exteriores alemán, Hans Dietrich Genscher, quien le agradeció su aportación a la reunificación de Alemania. “Los corazones y el agradecimiento de los alemanes siempre estarán con usted” – enfatizó el jefe de la diplomacia germana.

Al haber pronunciado su discurso de despedida, Gorbachov se reunió, por última vez con sus colaboradores más cercanos, entre ellos Alexander Yákovlev, Anatoliy Cherniáyev y Andréy Grachiov (su secretario de prensa). Éste último escribirá más tarde en sus memorias: “Se organizó la cena de despedida en la sala “Oréjovaya”, donde antiguamente se celebraban las reuniones del Politburó y luego Gorbachov la utilizaba para las reuniones de trabajo como Presidente de la URSS. Asistimos sólo cinco personas de su “circulo reducido”. No se recibió ni una llamada telefónica, ni una sola expresión de agradecimiento, o por lo menos de apoyo, de ninguno de aquellos políticos de la nueva Rusia o, con su nuevo nombre de los Estados independientes de la CEI, que debían todo el éxito de sus carreras políticas a Gorbachov”.

Brindaron con coñac. Por los tiempos pasados. Con nostalgia y tristeza por no haber podido llevar a cabo el gran proyecto de la Perestroika tan prometedor en sus inicios. Pero también hablaron del incierto futuro, del trabajo que les esperaba –si el presidente Yeltsin cumplía lo prometido – en la Fundación, donde con paciencia y dedicación podrían analizar los errores y desaciertos que habían llevado al fracaso a la Perestroika. Entre copa y copa de coñac, que les sabía más amargo que nunca al mezclarse con los recuerdos agridulces y las esperanzas más bien insípidas, fueron pasando bastantes horas. Cerca de la medianoche, el ex dueño del Kremlin y sus amigos abandonaron para siempre la ciudadela del Poder, que se extendía sobre la quinta parte del planeta.

Ese mismo día, el Presidente Bush anunció el reconocimiento oficial por parte de los EE.UU. de la independencia de Rusia, Ucrania, Bielorrusia, Armenia y Kirguízia. A los demás miembros de la CEI – Moldavia, Turkmenistán, Azerbaiyán, Tayikistán, Georgia y Uzbekistán – la Administración norteamericana les prometió reconocerlas más adelante, después del análisis de la situación en estas ex repúblicas soviéticas, inmersas en unos abiertos conflictos étnicos y de incumplimiento de ciertos valores democráticos.

El día 27 de diciembre, por la mañana, Yeltsin acompañado por el Secretario de Estado, Guennádiy Búrbulis, el Presidente del Soviet Supremo de la Federación Rusa, Ruslán Jasbulátov y el Ministro de Prensa e Información, Mijail Poltoránin, entró en el despacho, de cuya puerta, hacía sólo unos instantes, los empleados del Kremlin habían cambiado el letrero “Presidente de la Unión Soviética Mijail Gorbachov” para sustituirlo por otro que decía “Presidente de la Federación Rusa Boris Yeltsin”.

¿Por qué a Yeltsin enfadó el discurso de despedida de Gorbachov? ¿Cuál fue la reacción a la dimisión del Presidente de la URSS dentro y fuera del país? ¿Qué declaraciones hicieron los principales líderes occidentales a la desaparición de la Unión Soviética de la palestra mundial?

Las respuestas a estas preguntas y otros detalles, poco conocidos, sobre cómo realmente se preparó y se transcurrió este abandono del poder del primer y el último Presidente de la URSS, elegido en su momento libre y democráticamente por el pueblo soviético, el lector los podrá encontrar en mi último libro “La Caída del Imperio Soviético, publicado recientemente por la editorial ACTAS.

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