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TRIBUNA

El Cantábrico desde Santoña

Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
domingo 26 de diciembre de 2021, 18:37h

Las playas y la mar tienen en nuestras latitudes más belleza en invierno que en otras estaciones del año. Cuando las rocas de la costa crujen bajo las gigantescas olas invernales, y las playas cambian de forma a causa de la fuerza del mar, su visión crea adicción a los que contemplan el fenómeno meteorológico. Sin embargo, para mí, la belleza de la que hablo, se encuentra en los tiempos anticiclónicos de los meses centrales de invierno, esos días transparentes, sin nubes, con la mar completamente en calma, y sin nada de viento, ni siquiera una brisa o un viento fresquillo, que en verano sopla siempre cuando el anticiclón se instala en el Cantábrico, como durante el invierno. No hay viento porque en invierno la temperatura en tierra puede estar a cero grados centígrados, pero la mar se mantiene a unos 12 grados; privilegios de bañarnos en la corriente del Golfo, la misma que hace que en Noruega no se hiele su mar Atlántico, mientras el Báltico, más al sur, congela sus aguas lo mismo que las tierras.

Para entender el Cantábrico de Santoña, para mi gusto, el viajero debería sentarse en cualquier banco del Pasaje, un paseo orientado en línea Este a Oeste, mirando al sur y al paisaje de tierra adentro, que le permitirá contemplar la bahía en toda su grandiosidad (28 km2). En un luminoso y calmo día de invierno, la visión de agua salada, dunas, humedales, prados verdes manzana y montes nevados recuerda algún paisaje suizo, pero Suiza no tiene mar, y ese elemento siempre en movimiento, sincronizado con la luna, cambiante de color del gris mercurial al verdiazul noratlántico, es la gran diferencia que existe entre la bahía de Santoña con parajes helvéticos de parecida hermosura.

El viajero no está sentado frente al mar sino que se encuentra de espaldas a su ilimitada extensión; pero no puede verlo, pues el monte Buciero (376 m), lo impide. Santoña debió ser una isla en su remoto pasado, y en tiempos históricos una gran pleamar podía dejarla cercada por las aguas marinas. En nuestro tiempo, aunque transformada y civilizada por carreteras y sedimentaciones, obras de humanos, la villa es una península que desorienta al viajero recién llegado. Desde su banco del Pasaje, verá las urbanizaciones de Laredo, y al fondo, Colindres y sus puentes sobre la ría de Treto, que es el río Asón mezclado con las mareas de la bahía de Santoña, a unos kilómetros de donde se encuentra sentado el viajero. Pero si no sabe nada más, puede preguntar: ¿dónde se halla la costa del mar? Y la respuesta será: a un lado y al otro, al Este y al Oeste, aunque para salir navegando, la salida es por el Este, y al viajero se le indica entonces que observe el monte Candina (489 m.), una mole emergente de la lejana orilla oriental, que cambia de colores según evoluciona la luz del día, al revés de lo natural, del gris aurora al rosa ocaso, como si fuese la paleta impresionista de Monet.

Los dos puertos actuales de la villa se encuentran en la linea de la bahía, al final del Pasaje, retranqueados al Noroeste, de modo que nuestro viajero sentado no puede verlos. El puerto fue y es la clave de Santoña. El texto literario más antiguo, Las Andanzas (1470) de Lope García de Salazar, llama a la localidad El Puerto, y durante siglos así era conocida la población que estaba junto al monte de Santoña, una marca necesaria para los buques que se acercaban a los distintos puertos del golfo de Vizcaya. Pero el puerto originario estaba donde hoy se encuentra el barrio de El Dueso, en unos humedales actuales, colonizados por aves acuáticas, y por cisnes traídos por mano humana; el penal se construyó muy cerca de sus vestigios, a finales del siglo XIX.

El penal del Dueso abre por fin la perspectiva marítima. Si en el Pasaje se contemplaba una pequeña y pacífica playa, San Martín, una rareza al sur del Cantábrico, al norte, la playa de Berria es todo lo contrario: allí el mar abierto puede presentarse como “una reliquia amenazadora del diluvio universal”, según escribió un historiador amigo, Antonio Morales Moya. Muchos lugares marineros, como Santoña, han procurado secularmente tener lejos de sus casas al mar, pues los duros vientos del norte y los temporales del noroeste fueron muchas veces terribles. En invierno, cuando Berria alcanza la belleza suprema, también muestra una soledad inhóspita.

Realizado el recorrido por los cuatro puntos cardinales, volvemos al comienzo, mirando la bahía. En invierno atrae a 50 especies de aves migratorias, y entre 10.000 y 20.000 individuos. Afortunadamente, en los años 90, el parlamento aprobó la ley que convirtió en reserva natural el territorio de la bahía de Santoña, siendo senador el alcalde de Santoña, Maxi Valle, y diputado, Jaime Blanco, ambos socialistas, sus principales promotores. Esa ley impidió que se construyese, entre otras megalomanías autonómicas, un puente que atravesase la bahía. Alrededor de 3.500 hectáreas fueron protegidas. Con todo, se siguió construyendo urbanizaciones, y los especuladores engañaban a compradores con el argumento de que el Tribunal Constitucional iba a declarar nula la ley, como pretendían los parlamentarios recurrentes. También se salvó una perspectiva, llamémosla histórica, pero de esa realidad escribiré en otro momento. ¡Feliz Navidad!

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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