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TRIBUNA

Terminología sobre el Tiempo

José María Méndez
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axiologiatelefonicanet/9/9/20
domingo 26 de diciembre de 2021, 18:41h

En mi artículo anterior sobre la Filosofía de Edith Stein recordé la definición formalizada de Tiempo: nace → (puede sí morir & puede no morir). En ausencia de una terminología adecuada a esta fórmula, me vi forzado a dar dos sentidos a la palabra “tiempo”.

“Tiempo lato sensu” es haber nacido. Nacer implica también vivir únicamente el instante presente. El instante pasado ya no existe y el instante futuro aún no existe. Tiempo lato sensu es lo mismo que existencia sucesiva. Para el que ha nacido sólo existe el instante presente.

Lo contrario es “eterno” o existir sin haber nacido. Plenitud en el ser. Tanto el pasado como el futuro están presentes ante Dios. “Tota simul”, como dijo Boecio.

“Eterno” es una idea a la que llegamos “via negativa”. Sólo tenemos experiencia de nuestro vivir sucesivo. Para nosotros sólo existe el instante presente. Sin embargo, “eterno” es una idea obligada por la lógica. Si tenemos la idea de “manzana”, surge inmediatamente la de “no manzana”. El afirmador-negador es el primero de los operadores lógicos.
Pasemos ahora al “tiempo stricto sensu”. Es el que experimentamos todos en nuestra propia vida. Todos tenemos conciencia de que sólo el instante presente está en nuestro poder. Sobre el pasado ya no tenemos capacidad alguna para alterarlo. Sólo los estúpidos políticos que manosean la “memoria histórica” creen que pueden conseguirlo. Y sobre el futuro tampoco podemos hacer nada. Hay que esperar a que se haga presente para poder actuar sobre él.

¿Cuánto dura el instante presente? se preguntaba Poincaré. La paradójica respuesta es “todo y nada”.

Podemos arbitrariamente establecer una unidad de tiempo, poniéndolo en relación con alguna rotación, oscilación o vibración que se repita en el espacio. Eso es un reloj. El más obvio es el movimiento del sol. La unidad de tiempo más inmediata es el día. Pero hay muchos tipos de relojes. En todo caso es importante notar que sólo de modo indirecto establecemos alguna unidad de tiempo. No podemos medir directamente el tiempo. No cabe poner una encima de otra dos horas seguidas para saber cuál es más grande o más pequeña. La primera deja de existir cuando comienza a existir la segunda. En cambio, eso lo podemos hacer con dos ladrillos u otros objetos extensos.

Sólo medimos el tiempo mediante algún movimiento repetitivo en el espacio, que es a lo que tenemos acceso empírico directo. Como hemos construido relojes de los más variados tipos, tiene sentido por tanto la afirmación “el instante presente dura todo lo que queramos”.

Pero también es cierto que el instante presente no dura nada. El tiempo es continuo. No admite soluciones de continuidad o intersticios. Cualquier interrupción del tiempo es fatal, significa la muerte. Bajo este punto de vista, el instante presente tiende a cero, no dura nada.

En vez de dar dos sentidos al adjetivo “temporal”, propongo esta nueva terminología.

Reservar “temporal” para el tiempo lato sensu. Indica justo la existencia sucesiva de los instantes presentes propia del ente que ha nacido, prescindiendo de si morirá o no. Tanto en un caso como en otro sólo vive los instantes presentes uno después del otro. El siguiente empieza justo cuando el anterior desaparece en la nada. Su negación sería el concepto de “eterno”. Pasado, presente y futuro todo a la vez. Todo simultáneamente presente y bajo el poder del único ser que es eterno, Dios.

No concebimos directamente lo eterno. Tenemos que emplear el adverbio “simultáneamente”, que procede nuestra experiencia del tiempo. Sólo “via negativa” llegamos a la idea de lo eterno. Lo concebimos como lo que no es temporal. En consecuencia, “no temporal” es lo mismo que “eterno”. Y “no eterno” es lo mismo que “temporal”.

Pasemos ahora al tiempo stricto sensu, el propio del ente que ha nacido y muere de hecho. Propongo el adjetivo “contingente”, que ya he utilizado anteriormente en mis escritos.

Esta voz se ha utilizado por los filósofos, sobre todo escolásticos, refiriéndola más bien al tiempo lato sensu, lo que nace prescindiendo de si muere o no Pero el 99,9 % de nuestro cosmos se rige por el tiempo stricto sensu, lo que nace y muere. El cosmos empezó en el Big Bang. Pero sabemos también que el inexorable aumento de entropía lo condena a morir, de un modo y otro. Toda energía se degrada en calor, y al final todo calor estará a la misma temperatura. No habrá energía libre o diferencias de potencial. O si nos gusta más lo espectacular, pensemos en el Big Crunch, alguna explosión total al modo de las no totales que a veces vemos en las estrellas supernovas.

También aquí podríamos convenir en que “no contingente” significa “eviterno” y “no eviterno” es igual a ”contingente”. Aunque lo eviterno en el cosmos sea un minúsculo 00,1 % del cosmos. Unicamente es eviterno el espíritu pensante y volente de los humanos. Nuestros cuerpos son en cambio contingentes. Acaban “no siendo” en los cementerios o los crematorios.

Antes hemos caracterizado lo temporal por la existencia fugaz del instante presente frente a la existencia permanente de lo eterno. ¿Podemos indicar alguna nota característica para lo contingente y su opuesto lo eviterno?

Recurramos a las nociones de “orden” y “cantidad”. Las vemos con toda claridad en el espacio. Se ha dicho que la topología es lo que queda de la geometría, si prescindimos de la noción cuantitativa de distancia. Queda mucho, queda el orden de las partes. Un plato y un vaso son iguales en cuanto al orden. Deformándolos suavemente, para conservar el orden, pasamos de un objeto al otro. No podemos hacer lo mismo con una taza a causa del agujero en el asa. Traslademos las nociones de orden y cantidad desde el espacio hasta el tiempo.

En lo contingente encontramos orden y cantidad a la vez, como ocurre en la geometría. La presencia de la muerte impone la noción de cantidad. El tiempo de los entes mortales está tasado, doblemente acotado. Se puede estimar cuantitativamente con números cardinales.

En cambio, en lo eviterno falta uno de los dos extremos. No tiene sentido hablar de cantidad. Hay nacimiento pero no hay muerte. Queda en cambio el orden de los instantes presentes a partir del nacimiento. Aquí son pertinentes los números ordinales, cuyo cero indica inexistencia. El ente eviterno también vive únicamente el instante presente. Pero los diversos instantes forman un orden total o en cadena. Y como no hay muerte, no hay que preocuparse por la cantidad. Nunca el ente eviterno echará en falta el instante presente. Siempre habrá alguno a su disposición para ser vivido.

En resumen, la definición formalizada de tiempo da origen a cuatro situaciones, en vez de las sólo tres que ofrecía la fenomenología de Edith Stein. Se proponen cuatro palabras para designarlas. O más exactamente, dos parejas de palabras: “eterno-temporal” y “eviterno-contingente”.

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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