Comienza el recital y Florencia Bègue, vocalista, ataviada con un vestido verde esmeralda de largo midi que marca una bella silueta, realzada ésta además por unos vertiginosos salones negros, con melena castaña, larguísima y sutilmente ondulada, sin apenas maquillaje y derrochando sencillez, agarra el micrófono y entona tras la obligada introducción del piano, bellísima, la canción “María Va” de Antonio Tarragó Ros (Rosario, 1947). Será el primer tema de una impresionante sesión musical dedicada a las canciones de Mercedes Sosa, uno de los exponentes principales del Nuevo Cancionero Argentino, un proyecto que allá por el año 1964 nació como una especie de Manifesto en la ciudad vinícola de Mendoza, situada en el oeste del país.
Mercedes Sosa (1935-2009) entró como intérprete indispensable en el panorama musical de la “canción de autor” latinoamericana y de la nueva “canción folclórica” argentina tras su presentación por el no menos mítico folclorista argentino Jorge Cafrune (1937-1978). Corría el año 1965 y la presentación se hacía en el mayor evento folclórico de Argentina, el Festival de Cosquín. Sosa era una desconocida, pero en cuanto abrió la boca el público supo reconocerla como la voz de toda la nación. “La aportación de Mercedes Sosa y de los autores cuyas canciones interpretaba era muy valiosa en aquellos momentos, por la difícil situación que se vivía en Argentina debido a la dictadura. Estas canciones nos ayudaron a vivir y sobrellevar la situación”, reconoce en un momento del recital el pianista Federico Lechner, que es el encargado de presentar al grupo.

Tras la presentación, sigue la “Chacanera de las piedras”, de Atahualpa Yupanqui (1908-1992). De este autor también se oirá el archiconocido tema “Los ejes de mi carreta”. Llegado este punto, quien escribe no tiene más remedio que reconocer que ha crecido también con ésta y otras de las canciones que se escucharán en este recital, y que también recuerda haber visto en la televisión alguna actuación de Jorge Cafrune, que fue un artista habitual en Televisión Española durante unos años (un accidente de circulación segó su vida a los 41 años de edad). Los millennials que lean esta crónica es posible que aún tengan ecos de estos artistas, pero a los centennials, a menos que sean músicos, los nombres que aquí se escriben ni siquiera les sonarán.
Cuando la vocalista entonó “Gracias a la vida”, de la chilena Violeta Parra (1917-1967), tema cuya interpretación más célebre posiblemente sea la realizada en su día por Joan Baez -que también llegó a cantarla en dúo con la misma Mercedes Sosa-, el público de la sala ya estaba completamente entregado (se oyeron los primeros bravos…) De esta poetisa también se escuchará unos minutos más tarde “Volver a los 17”, tema excluido por la dictadura chilena de los repertorios musicales por su “explicitud” (“Volver a los diecisiete/Después de vivir un siglo/Es como descifrar signos/Sin ser sabio competente…”), pues describe un amor involuntario (“Se va enredando, enredando/Como en el muro la hiedra/Y va brotando, brotando/ Como el musguito en la piedra…), finalmente consumado, entre una mujer mayor y un adolescente (Lo que puede el sentimiento/No lo ha podido el saber/Ni el más claro proceder/Ni el más ancho pensamiento…).
“Mi unicornio azul”, tema lanzado en 1982 por el cantautor cubano Silvio Rodríguez (1930-2011) -canción que interpretaría también “la negra-” entra en los oídos de los asistentes como un bálsamo casero, como esa tisana -o chocolate, que cada uno tome lo que quiera…- que se bebe en casa una helada mañana -como fría era también la del pasado sábado- soñando con la vida…, como se soñaba en aquellos sábados de los ochenta cuando nuestra madre nos recordaba (a las 12:00) que aún no nos habíamos hecho la cama y que nos “bajáramos ya del unicornio” (en él llevábamos subidos más de una hora desde que el hermano mayor había sintonizado los 40 Principales de la época y se había oído la inconfundible voz de Silvio).

El recital también contó con dos canciones de la poetisa argentina María Elena Walsh (1930-2011), “Serenata para la tierra de uno” y “Como la cigarra”; autora ésta que requiere nuestra atención por no ser tan conocida en España, aunque algunos posiblemente recodarán algunas de sus canciones interpretadas por Rosa León. De ascendencia española, a los diecisiete años publicó su primer libro de poemas “Otoño imperdonable” (Walsh viajó a los Estados Unidos invitada por Juan Ramón Jiménez). Fue también intérprete y sus canciones en ocasiones tuvieron un mensaje político, como “El País del Nomeacuerdo”, que luego se utilizaría en una película premiada con un Oscar en 1985. Opositora declarada a la dictadura militar de 1976-1983, fue nombrada “Ciudadana ilustre de Buenos Aires” en 1985, año a partir del que se sucedieron sus galardones y reconocimientos.
“Solo le pido a Dios” fue otro de esos temas grabados en la memoria musical de los asistentes. Una frase (“…desahuciado está el que tiene que marchar a vivir una cultura diferente”) actuó como una especie de elixir uniendo al público, que, como consciente del placer y el orgullo de pertenecer a una cultura musical tan vasta y tan bella como la latina hispana, comenzó a palmear al ritmo de la música.
Bègue fue muy convincente en la interpretación de “Dorotea la cautiva”, de Ariel Ramírez (1921) y Félix Luna (1925-2009). Bègue, cantante formada en el jazz, demostró el sábado una gran capacidad para cantar poesía y cierta facilidad para cambiar el color de la voz dependiendo del argumento de las canciones. Su timbre, cálido y carnoso, no puede calificarse según los parámetros líricos, obviamente, pero de lo que no hay duda es de su excelente trabajo en este repertorio. Fue extraordinaria su versión del tango “Balada para un loco” de Ástor Piazzolla -que incluye una declamación previa- en genuino acento rioplatense: “Las [lah] tardecitas [tardesitah] de Buenos Aires tienen ese qué sé yo [dʒo]…”. En definitiva, esta cantante consiguió una cosa bastante difícil: que el oyente no “echara de menos el original”; algo que sucede a menudo cuando se reinterpreta a figuras de la talla de Mercedes Sosa.
El recital concluyó con la célebre “Alfonsina y el mar”, de Félix Luna y Ariel Ramírez. Como propina los artistas obsequiaron al público con la célebre “Canción con todos”, uno de esos temas que en su día terminó convirtiéndose en himno (“Todas las voces todas, todas las manos todas/ Toda la sangre puede ser canción en el viento/Canta conmigo canta, hermano americano/Libera tu esperanza con un grito en la voz”) y que resume perfectamente el ideario y trayectoria de esta cantora -luego cantante- del pueblo argentino que fue Mercedes Sosa.