A veces nos acostumbramos al relieve ascendente-descendente de la curva de contagios y muertes, y al milagro de la convivencia con el horror y la inepcia de quienes deberían protegernos. Los efluvios de la vida se escapan de unos cuantos hogares y cien mil españoles oficialmente yacen abonando nuestros pecados. Para dar esperanza a las gentes de Europa, el director de la OMS en Europa, Hans Kluge, ha salido a la palestra y ha dicho, perfeccionando las contradicciones del organismo, que es plausible que del contagio masivo con la variante ómicron suponga el final de la pandemia porque podría provocar una inmunidad global… o no. Y se ha quedado tan ancho.
Acumulamos información y no nos damos cuenta, porque a la sorpresa de lo nuevo sobreviene en seguida el susto de la muerte, los doscientos españolitos que van al hoyo de un golpe, de una cifra, de una lectura en el telediario. Uno ha de pararse a pensar y a leer, echar amarras sobre la información y tomar nota de lo que dicen las autoridades, que suelen desdecirse a los pocos días en el asunto de esta peste. Porque lo que nadie quiere es no tener futuro, ni presente, ni niños jugando por la calle, ni que le pinchen con número improvisado de vacunas porque sí o porque no. Solo queremos la salud, la vida nuestra y la de los demás a salvo, en este giro permanente que es abrir un periódico por las páginas de sociedad y tropezar con un reguero de variantes y quimeras mutantes que se han propuesto jodernos la existencia.
Por eso, el Comité de la propia OMS advirtió hace cuatro días pasada sobre “el riesgo de declaraciones demasiado optimistas sobre el estado de la pandemia”, y su jefe de expertos en COVID-19, Bruce Aylward, dijo que “si entramos en una fase en la que el virus circule libremente, habrá más mutaciones de riesgo. No hacerlo es algo que pagaremos caro”. A esto se unió su jefa técnica, Maria van Kerkhove, cuando afirmó con rotundidad: “Hay quien dice que ómicron será la última variante, que la pandemia termina con esto. Y no es así”. Apuntó también que se estaba infradiagnosticando la enfermedad, cuyos casos en la última semana habían aumentado un 20%.
Cualquiera que lea las declaraciones de los representantes de la OMS de hoy y de anteayer podría llegar fácilmente a la conclusión de que son bipolares, de que no se aclaran, de que cuentan esta maldita feria según les va. Porque la única realidad aquí es que nadie ha sabido domeñar al monstruo que vino del Este para matarnos, de la extensa, secreta e infinita China y para exterminar los orbes diminutos que son nuestras también diminutas existencias. Kluge ha dicho que es plausible que ómicron sea la variante final de esta bestia letal y áspera, pero igual lo es que el coronavirus se transforme en otra cosa y que devore otras cinco millones de vidas en un solo instante, acabando con la música, con los cantos de los niños, con la mirada benevolente de nuestros mayores... El virus cambiante y traicionero, adaptativo y camaleónico, destruyó nuestra red de nuestra débil economía, enajenó nuestra psique y acabó con nuestra paciencia, devolviéndonos como en un espejo nuestras debilidades, que coleteantes, empezaron a saltar por las ventanas de la conciencia. El propio Tedros Adhanom Ghebreyesus, a la sazón director de la OMS y jefe de todas estas voces discordantes, acaba de decir hace apenas una semana que “es posible que surjan nuevas variantes”. Por eso, y no por falta de optimismo, seamos prudentes una vez más y el tiempo que haga falta. Para que volvamos no a la “nueva” normalidad que los amos del mundo desean, sino a la normalidad de siempre, a la de las pequeñas vidas hechas de sentido común, las que hemos dejado de sentir completas desde hace demasiado tiempo y en la que volveremos a ser libres, sanos, felices, vulnerables y profundamente humanos. Por encima de todas las contradicciones de quienes dicen y afirman que una cosa puede ser posible y su contraria.