Ha señalado Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951): “Las novelas no surgen de pronto, o al menos a mí no me pasa. Se gestan durante años con vida y lecturas. Acompañan silenciosas, pacientes, y un día te dan un golpecito en el hombro y dicen «estoy lista y es el momento, escríbeme». A veces estás a la altura y otras no; en unas ocasiones te equivocas y en otras aciertas, pero el proceso es el mismo. Eso me ha ocurrido en los treinta y cinco años que llevo dándole a la tecla, y sigue ocurriendo. En el caso de El italiano todo empezó con aquella película y la conversación con mi padre. Desde entonces, incluso antes de imaginar que un día escribiría novelas, cada vez que tan fascinante historia se cruzaba de nuevo en mi camino, prestaba mucha atención: libros, películas, viajes. Fue así como, primero como lector, luego como periodista y más tarde como escritor profesional, investigué las hazañas de aquellos hombres de caucho negro que asestaron a la flota británica los más humillantes golpes de su historia”.
En esta confesión apunta si estará o no a la altura. Tras la lectura de El italiano, no nos cabe ninguna duda de su gran acierto. Su última novela es extraordinaria y nos presenta una rica trama en la que realidad y ficción se entrecruzan con mano maestra, al igual que diferentes escenarios y distintos puntos de vista empleados, alternándose la tercera y la primera persona. En este último caso, con su puntito de autoficción (“Por entonces no era novelista, ni pretendía serlo. Sólo un periodista joven, reportero, entre continuos viajes, al que le gustaban las historias del mar y los marinos”), y de metaliteratura, con observaciones sobre el proceso de escritura.
El italiano se centra en un episodio acaecido en la II Guerra Mundial, como fue la intervención de buzos de combate italianos que atacaban a la flota británica aliada en Gibraltar y la bahía de Algeciras. Entre ellos, se encuentra Teseo Lombardo, 2º Capo Regia Marina N. 355.8876, que aparece un día en la playa, arrojado por el mar. Quizá esté muerto, pero puede que no... Por eso Elena María Arbués Ortiz, propietaria de la librería Circe, en la calle Real de la Línea de la Concepción, decide socorrerlo antes de avisar a las autoridades y llevarlo a su casa. Es un impulso generoso, pero que se convertirá en algo más, en algo que cambiará la existencia de Elena y la hará vivir un intenso amor y una inolvidable aventura.
Como inolvidable es para los lectores El italiano. Con claros guiños a la literatura homérica -empezando por los nombres de los personajes y cuidando hasta detalles como que el perro de Elena se llame Argos-, y dando muestras de nuevo de la fascinación de Pérez-Reverte por el Mare Nostrum, se nos sumerge en una absorbente historia -donde la labor de documentación sobre lo narrado nos proporciona interesantes conocimientos sin obstaculizar jamás el placer de la lectura-, poblada con personajes perfectamente trazados, sobre todo Elena Arbués, sin duda una de las mejores figuras femeninas de su novelística, que no es precisamente escasa en buenos retratos de mujer. Sin olvidar logrados secundarios, que cumplen, no obstante, un importante papel, como el policía gibraltareño Harry Campello.
En El italiano, aparecen principios muy presentes en la cosmovisión revertiana: la lealtad, la valentía, el heroísmo... más allá de ideologías, y una enorme sabiduría para comprender la complejidad del ser humano frente a todo empobrecedor y simplista maniqueísmo. Así pudimos verlo especialmente en su anterior novela, Línea de fuego, ambientada en la batalla del Ebro, la más larga y sangrienta de la Guerra Civil española, y ahora en su última propuesta.