La sexta de abono. La plaza casi llena. Hay mucho interés por los dos diestros. Los Victorinos también en Sevilla despiertan la curiosidad del aficionado. Pero, antes de nada, me veo obligada a criticar el desgarbo e indecencia del presidente de la corrida: José Luque Teruel. ¿Cuál puede ser la razón de robar, negar como mínimo cuatro orejas en una tarde? ¿Qué motivo hay para esta crueldad? ¿Acaso hablamos de un mero analfabeto taurino? Él lo sabrá.
Los primeros tres toros de la tarde fueron difíciles, ilidiables. Pobrecillo y Mosquetón salieron para defenderse. Después de estudiar la plaza se aquerenciaron dónde ellos quisieron, y si no hubiera sido por los diestros, la cosa habría quedado en un naufragio sin supervivientes. Los morlacos no entendían porqué hay que ir a las varas y recibir el castigo. Tomaron la primera con mucha desgana y a la segunda no querían ni acercarse. Tardos y mansos. Flojos. La lidia de Pobrecillo impacientó al público en el tercio de las varas, que Ferrera alargó demasiado por querer ver la arrancada del toro a larga distancia. El contrario no apreció el gesto y quedó parado. Lo mejor de los morlacos fue el gran esfuerzo que pusieron los diestros en sacar unas series de pases y, son duda, sus palabras dirigidas a Emilio de Justo, quien formaba parte del cartel antes del grave percance que sufrió en las Ventas el Domingo de Ramos.
El tercero de la tarde que correspondía a Antonio Ferrera, llamado Director, fue de la misma condición que los dos anteriores. Sin embargo, el torero pudo con el toro hasta tal punto que le sacó una faena donde no había ni un atisbo de embestida. No iba al caballo. Las banderillas había que ponerlas acercándose mucho y entrando en un terreno comprometido. El buenhacer de los banderilleros es de nota. El morlaco se refugiaba en las tablas, pero Ferrera lo sacó para dejarlo en los medios. Si le castigaba un poco, se caía. Logró sacarle una serie con la mano derecha, aguantando los derrotes del toro y ciñéndose en cada pase más y más. Otra serie con la zurda, recibida con los aplausos del público. Surrealista parecía la estocada: a mucha distancia, pero la de la ley, como la llamaban antes, la de recibir. Entera. Aplauso y una vuelta al ruedo del torero. El morlaco sin nobleza ni fuerza fue elevado a la categoría por la inteligente faena. La petición del público despreciada por la presidencia.
El cuarto, Portezolano, tenía un defecto en la pata izquierda. Pasó desapercibido por el palco, aunque el público lo hizo saber con la reiterada protesta. Las varas a muy poca distancia, enmarronaron bastante este tercio de la lidia. Miguel Ángel Perera aprovecha su franca embestida, aunque escasa de fuerza, para crear unas series meritorias. Sin más. No transmitía emoción. El público se aburría. El quinto, Pobrecito de nombre, salió a la plaza con mucha intención. Estudió cada rincón de la plaza antes de darse cuenta de que la pelea era inevitable. Se entregó en el capote azul de Ferrera que entusiasmó a toda la plaza con sus verónicas. Una obra de arte. He aquí el tercio de varas soñado: desde los medios se arrancó el toro a pelear con el caballo. La segunda vara con menor afán, pero arrancó. Había toro. Había otro brindis, esta vez a Joaquín, el jugador del Betis, que dudó en pisar el albero por no violar el reglamento. Ferrera sentenció: “Tú también eres torero. Salta que yo te pago la multa”. Fue la faena de la tarde y de lo que va la feria: las series de pases ligados, templados para aguardar las fuerzas del toro. Un arte de toreo inteligente, valiente, bello. La estocada fue al recibir, pero no entró el estoque, pero el diestro se quedó sin soltar el estoque, jugándosela. Un milagro del que sólo salió malparada la taleguilla, deshecha por completo. Un gran ejemplo de lo que antiguamente se conocía como la vergüenza torera. Una oreja a consecuencia de una gran bronca y gritos del público contra el presidente: “fuera del palco”. Se quedaron cortos. El maestro Ferrera dio dos vueltas al ruedo, pero la Puerta del Principe le fue negada por la arbitrariedad o intereses ajenos a la tauromaquia.
El Buenacara, el sexto, prometió al principio de la lidia. Perera empezó la faena y el toro le seguía que parecía una “carretilla”, pero, por desgracia, se cumplió una norma del toreo: se cogen los toros de los que más se fían. Una cogida fea, que se transformó en una espantosa, cuando Perera fue levantado por el toro entre los cuernos. Se llevó una cornada de pronóstico reservado, lo que supiéramos después de acabada la faena, porque el torero se recompuso rápido y acabó su labor con una estocada. Una petición minoritaria del público que se desentendía ya de los toros.