Esta feria de San Juan, en el coso de Pardaleras, fue testigo de la gesta de Miguel Ángel Perera con seis ganaderías distintas. El viernes, el día de San Juan, tuvo lugar otro acontecimiento: el mano a mano entre el maestro Antonio Ferrera y Alejandro Talavante, quien regresó a pisar el albero de la plaza pasados cuatro años. Los toreros estaban dispuestos, pero los toros de Zalduendo no tenían mucho más que una buena estampa, resultaron complicados de lidiar.
Rabilargo (1º) al salir se hizo el distraído, y recorrió la plaza antes de dejarse llevar por la capa de Antonio Ferrera. Le templó con lances, sin dejarle enganchar la seda azul. Bien puesto en suerte, el animal arrancó a mucha distancia y con alegría se fue al caballo, pero la vara cayó trasera. Ferrera lo sacó del peto e hizo un quite de tres chicuelinas y silueteó una media de fino vuelo. Ovación. Los rehileteros se desmonteraron. Fernando Sánchez con el segundo par se lució mucho. Se adornó, desafiando al morlaco, tanto que éste le acarició con un pitón los alamares del chaleco por adentrarse en su jurisdicción. Buen susto nos hemos llevado. Mientras el maestro brindaba al público, el burel se las tomó con el burladero, rematando. Los pases de ajuste revelaron una embestida descompuesta. Repartiendo gañafones y hachazos, el “zalduendo” quiso desquitarse de la molesta muleta. Sin embargo, topó con el espada que supo conjuntar el tiempo con la distancia: el diestro hizo unas series por ambos pitones, compuestas de pases limpios, llegando a hurtarle al astado unos pases redondos que parecían imposibles por su mala condición de calamocheador. Mucho mérito tuvo embarcar la embestida de este toro. La estocada llegó después de un hondo pinchazo. La petición de oreja quedó sin respuesta del palco. Lamentable.
Y llegó Sinrazón (2º). La razón de la sinrazón, que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece… ¡Ay el Quijote!, pero Sinrazón, que saltó al ruedo para Alejandro Talavante, no daba menos quebraderos de cabeza que todas las Dulcineas habidas y por haber. Escarbó, enganchó, se aquerenció en las tablas. Quizá por esto Talavante cedió la lidia a los subalternos. La puya fue protestada por recargada. Talavante se mostraba distante. Sinrazón andaba suelto. Talavante recoge su embestida en los chiqueros al hacer el quite, pero las chicuelinas y una serpentina no fueron aseadas. El toro condicionó la faena, llevando al torero por sus terrenos preferidos, las tablas, donde éste aprovechó los viajes del bovino. El toro no remataba pases, salía suelto, mucho fue el esfuerzo que permitió realizar unos pases de buena traza, llegando a redondos. Se alargó la faena, complicando la suerte suprema. El estoque no entró a la primera. Los intentos del descabello y un aviso dejaron la obra sin premio. Ovación.
Antonio Ferrera estaba inspirado. Citó a Zambullido (3º) con la gracia del lance afarolado, cerrando el galleo con una media de brazo airoso y cuerpo erguido. El toro quedó con ganas de seguir la capa y fue llevado a caballo por delantales y una magnífica verónica. Se oye el rugir de la plaza por no ceder el torero a la petición de poner las banderillas. Se cayó el alma a los pies cuando al pase de castigo, el toro se echó a la fina arena… ¡No habrá faena! Pensamos. No valen las profecías en los toros. Dobló cintura con la naturalidad de los trigales y comenzó hilvanar los pases e hilar las series por ambos pitones, resolviendo con acierto las dificultades planteadas por el morlaco. Si no quería emplearse en el pase de pecho, tomaba la franela por abajo; y para los parones, el aguante. El toro llegó tan dominado y suave que la cabeza del diestro se acercó a la testuz rizada. Acabada la obra con el toreo en redondo y una estocada recibiendo. La media resultó tan bien puesta que el toro se dobló enseguida. El presidente tardó mucho, aguantó la bronca, finalmente, concedió dos orejas. Una gran ovación y vuelta al ruedo.
El segundo de Alejandro Talavante, Impetuoso (4º), resultó bonito de estampa, despierto y de cabeza bien rematada. Corretón, supo descomponer la lidia, intentando varias veces ir al varilarguero que hacía puerta. Cuando los pasos del cornúpeta fueron enderezados, el picador barrenó bastante. El exceso del castigo desaborió al toro. Los banderilleros fueron hábiles en aprovechar sus viajes. Los primeros pases estatuarios destorearon al morlaco y empeoraron su condición. La suave embestida quedó descompuesta y el toro se dedicó a escarbar y defenderse. El diestro desistió. Si uno no quiere, dos no se pelean. Entró a matar con tal decisión que la estocada resultó caída de lado contrario. Fulminante.
Ferrera citó a Tristón (5º) con una larga cambiada de rodillas, metiendo escalofrío al público. El toro levantado iba como un rayo. Otra larga y el espada va con determinación a pararlo. Los lances templados que adormecían los instantes, rematados con una verónica magistral. Ovación. El lidiador limitó el puyazo a un arañazo. Aún así, al torillo le pesaba su ser y le costaba mantenerse en pie. Esta vez las peticiones y silbidos del público fueron respondidos: el maestro cogió los palos rizados junto con Fernando Sánchez y José Chacón. Al compás del pasodoble, Ferrera resolvió bien la primera salida en falso y puso los rehiletes con gallardía. Ovación a los tres. Rodillas en albero, ganó el terreno al contrario y le embarcó en una serie con la diestra. El toro se viene abajo. El torero espera. Cambia de terrenos, mantiene la muleta a máxima altura. El morlaco se pone cada vez más a la defensiva. El diestro enhilar otra serie y va por el estoque. Tristón se distrae en la suerte suprema, con el segundo intento llegó una estocada en la cruz. Una ovación.
Visillo (6º) embaucó la plaza con su salida veloz y briosa. Se revolvía con intención. Pero, la primera impresión se esfumó en primeros tercios. Aunque tomó la vara y voluntarioso regresó al caballo, se resentía de manos al recibir las banderillas. No paraba de protestar el público. Querían ver a Talavante con un contrario de más recorrido. El presidente no atendió las peticiones de cambio. El espada brindó al público lo que le cayó en suerte. El enemigo sorprendió, marcó un cambió en la muleta y no perdió las manos como se esperaba. Talavante le ayudó, llevándolo con la muleta alta. Arremetía sin malicia, francamente, y, a pesar de tardo, Talavante enlazó los pases en tantas de gran naturalidad. No acabó de dominarlo, ya que el astado le quitó el terreno y acabaron los dos en las tablas. Bernardinas para cerrar el telón y un bajonazo en los blandos.