La riqueza humana del gremio de los taxistas es, en verdad, sorprendente y al anciano cronista le agrada sobremanera dar razón de ello siempre que resulte ocasionado, hecho que acontece muy a menudo, al menos en su experiencia cordobesa y madrileña.
Apenas había renacido la actividad económico-social en la antigua ciudad califal tras la dura pandemia del Covid cuando el articulista tuvo la feliz oportunidad de conocer a un todavía joven taxista de nombre Antonio y padre de dos hijos en la frontera de la adolescencia. Como de costumbre, la conversación mantenida con el afable y diligente conductor versó sobre su horario stajanovista, único medio de sufragar, junto con la aportación de su esposa los gastos del hogar, ascendidos casi en flecha en las postreras semanas, debido esencialmente, según las declaraciones gubernamentales, a las penosas secuelas del zozobrante conflicto ucraniano, que tan bien ha venido a los mandatarios de numerosos países como justificación irrebatible de las desmañas y torpezas de su gestión.
Por fortuna, el endoso de la responsabilidad de la devastadora inflación a las fuerzas hodierno al frente del Poder Ejecutivo señala los límites mínimos en una charla española de índole política, y el mencionado taxista se adentraría pronto en el terreno mucho más atractivo e instructivo de la educación dada a sus hijos, en especial, en el marco familiar, sin duda alguna el más importante y trascendente, sin por ello devaluar, como es lógico, el docente de escuelas y colegios. Venturosamente, el protagonista de esta columna se formó en hogar muy modesto en cuanto a recursos materiales, pero colmado de virtudes. Su buen progenitor se afanó por imbuirle el lema que debería presidir su futura conducta para hacer de él y sus hermanos personas acreedoras al respeto de sus conciudadanos. Tal lema se encerraba, conforme a su ingenioso y bienintencionado padre, en la fórmula “de las tres haches: Humilde, Honesto y Honrado”, sin que implicara redundancia alguna los dos últimos vocablos, ya que, en efecto, existe en la rica, exuberante lengua española matices muy enjundiosos que los diferencian o distingue.
En la baja madrugada de un día de junio de la España de 2022, deletéreamente invadida desde los pies a la cabeza por la plaga incontrolable de la corrupción, cómo impactaban las palabras de gratitud filial de un discreto y sencillo taxista, signo y premonición a su vez del legado más entrañado a sus directos descendientes. Es mucha y acongojante en más de un extremo la tábida atmósfera que hace asfíctica en numerosas ocasiones la convivencia en la España del presente. Empero a no dudarlo ejemplos como el referido -por suerte todavía abundantes en el viejo solar de Hispania- exigen mantener abiertas de par en par las puertas de la esperanza. Así, al menos, lo desea ardidamente el anciano cronista.