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Relatos

James Joyce: Cuentos y prosas breves

domingo 14 de agosto de 2022, 21:59h
James Joyce: Cuentos y prosas breves

Durante el mes de agosto, Los Lunes de El Imparcial recuperan algunas recientes críticas más leídas de libros destacados.

Edición y traducción de Diego Garrido. Ilustraciones de Arturo Garrido. Páginas de Espuma. Madrid, 2022. 552 páginas. 33 €.

Por Francisco Estévez

En algunas de las mejores páginas que se han dedicado a la vanguardia del siglo XX Guillermo de Torre describía el Ulises (1922) de James Joyce como una suerte de epopeya neoprimitiva, un inmenso y barroco reinicio cósmico en su “intento de captar lo absoluto, la visión y la sensación multilateral del mundo con medios relativos, cuales son los de la palabra escrita”. Pocas veces se puede sintetizar tan exactamente la diferencia que abisma entre las intenciones del autor y los medios con los que cuenta. En los textos teóricos del irlandés (Escritos críticos, 1971 y 1983, o Sobre la escritura, 2013) se aprecia como una y otra vez su prosa crítica transparenta la profunda conciencia creadora que alimentó de constante su trabajo: “Una nueva orientación de la literatura […] por mucho que critiques el libro, hay algo que no puedes negar que he logrado: liberar a la literatura de sus viejas ataduras […] hazte cargo de que se ha iniciado un nuevo modo de pensar y de escribir, y quienes no se amolden a él se quedarán atrás”.

A la luz de ambas citas podríamos zanjar la huera discusión sobre la dificultad críptica depositada por Joyce en el Ulises, que, para algunos, no representa más que una confusa maraña pretenciosa. El desdén tiene su matiz ya que para el lector medio cuando una obra es demasiado fácil, no tiene gracia, pero si resulta demasiado compleja, pierde el sentido, el goce de descubrir se extravía en el laberinto de su dificultad. Este claro apunte de Sociología de la Literatura no invalida en nada el logro mayúsculo que representa el Ulises en la Historia de la Literatura Occidental y el posterior callejón sin salida de su Finnegans Wake (1939) que resulta una solución inédita a la dominación lingüística y política inglesa (Dante propuesto por Joyce como origen libertador de toda la literatura irlandesa, según sintetizó Pascale Casanova en La república mundial de las letras, 2001).

Continuar el debate es confundir churras con meninas, disimular la opinión con el juicio, nublar la interpretación. Resulta curioso que alguna columna de opinión conservadora de estos días plantee similares rechazos a los argumentados por el gran teórico marxista Georg Lukács, esa invalidación del arte del siglo XX comenzando por todo lo que signifique modernidad. Más chocante aún resulta como a mitad de siglo Borges inauguró una tradición que llega hasta hoy día, aquella de los que en público alaban de forma sumaria o epidérmica la obra de James Joyce pero en privado la repudian con ribetes jactanciosos o envidiosos según el caso.

La crítica viene considerando En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, La montaña mágica de Thomas Mann, y el Ulises, de James Joyce, como el trío de novelas que mejor han narrado las contradicciones culturales de esa Europa de entreguerras. Hoy resulta incompleto tal abanico sin la consideración de la magnífica escritura centroeuropea desde El hombre sin atributos (1930-1943) de Robert Musil hasta las joyas de Arthur Schnitzler. Como fuere, la reescritura constante de Joyce le sirvió también para desterritorializar la lengua, sintomático que ese Dublín mitad soñado mitad vivido, siempre ficcionalizado del todo, pensara que reflejaba el mundo: “En lo particular está contenido lo universal”. Voluntad similar alienta la escritura de Josep Pla desde el Ampurdám o la visión íntima de Portugal de Miguel Torga, quien refinó la máxima: “Lo universal es lo local sin paredes”, pensamiento hoy fosilizado en lugar común expuesto al manoseo por costumbristas redomados que diluyen el poso de verdad.

Con todo, una forma más provechosa de disfrutar el tiempo es emprender lectura de estos Cuentos y prosas breves remozados ahora en nueva traducción que edita con elegancia Páginas de Espuma. Contábamos ya con Escritos breves (Escalera, 2012) que contenía en edición crítica bilingüe algunas de las piezas juveniles del genio irlandés traducidas por Mario Domínguez Parra: “Epifanías”, “Un retrato del artista” y “Giacomo Joyce”. La presente edición viene muy aumentada en material y bien anotada por Diego Garrido, su traductor. Los fogonazos sensoriales y mágicos que rezuma el misterio de la vida son en sus “Epifanías” también resumen sinestésico de un mundo antiguo que lentamente desaparece (las plañideras, la muerte en casa) y el tránsito del adolescente al mundo moderno, azaroso y maduro proyectándose en el casamiento y, de nuevo, la muerte.

La prosa teórica del “Retrato del artista” muestra una desaliñada mística del niño artista con ecos dannunzianos,​ bien anotados por el editor, texto primitivo y borrador a la postre del Retrato del artista adolescente (1916). Continúan aquí los relatos Dublineses que vieron luz en 1914 y que son ya la primera obra de relieve puesto que las “Epifanías” inscritas en la tradición de Baudelaire del poema en prosa o prosa poética, siendo bien estimables, no llegan al nivel alcanzado en ámbito hispano, donde la exploración y alcance desde Juan Ramón Jiménez en 1914 hasta Luis Cernuda, con su Ocnos (1942), tiene difícil parangón. Con el sobresaliente “Los muertos” hasta el trunco relato “Tras la carrera”, la colección de Dublineses representa para su autor “un capítulo en la historia moral de mi país”.

Tales cuentos se proponen con la intención de sacudir violentamente el alma ciudadana irlandesa. La carta de amor que representa la narración de “Giacomo Joyce” (1914) es el puente que liga la delicadeza de los ejercicios poéticos en prosa y el virtuoso experimentalismo posterior del Ulises con ese desasosiego lingüístico expresado por Joyce ya en el Retrato del artista adolescente: “El lenguaje en que estamos hablando ha sido suyo antes que mío. […]. Su idioma, tan familiar y extraño, será siempre para mí un lenguaje adquirido. Yo no he creado esas palabras, ni las he puesto en uso. Mi voz se revuelve para defenderse de ellas. Mi alma se angustia entre las tinieblas del idioma de este hombre” (en la versión de Dámaso Alonso). Los últimos textos aquí recogidos son las once viñetas narrativas de Finn’s Hotel (1923) que, por decirlo rápido, son el lenguaje de duermevela que anticipa el sueño de Finnegans Wake o si se prefiere una introducción a esa endiablada novela.

En anexo se compilan unas prosas secundarias como son tres brevísimos cuadernos, de entre los muchos que dejó anotados con borradores, fragmentos, notas, teniendo especial relevancia aquí el “Cuaderno de París”, con unos apuntes de estética desde cuyo trasluz pudiéramos leer buena parte de su obra. De propina dos cuentos infantiles compuestos a su nieto, Stephen, unos fragmentos de un borrador de Retrato del artista adolescente, así como unas páginas del Diario de Dublín de su hermano Stanislaus Joyce, su constante benefactor económico y moral, que da cuenta del carácter de Jim (meticuloso y analítico, de inteligencia voraz) y primeras valoraciones breves de su obra, sorprendentemente vigentes.

Esta edición esmerada consta en apéndice con una amplia sección de fotografías. Es admirable la intensa traducción y edición de la obra entera de James Joyce que ha traído este centenario del Ulises al terreno hispano, bien lo merece, y al mismo tiempo cierto papanatismo en su defensa revela la poderosa influencia caníbal que la cultura anglosajona ejerce entre nosotros.

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