Era diciembre de 1999 y volvía yo de Nueva York en un vuelo de la Delta casi vacío; mi hijo, Diego Manuel, acababa de cumplir un año. Traía la cabeza llena de imágenes y ruidos y una ilusión renovada y hasta enfervorecida por crear cosas, vomitar emociones, garabatear sueños y hasta tocar la guitarra, una Suzuki 1951 que me regaló mi padre de muchacho cuando empecé a suspirar más por Elvis que por Rancapino y Lebrijano; con los años, la cosa se igualaría. Estaba tan eufórico que hubiese podido hacer todas esas cosas que digo incluso a la vez. Todo menos tumbarme a dormitar bajo un pino, uno de esos magníficos ejemplares de Montequinto, población cercana a Sevilla donde vivía con Rosa y nuestro hijo.
Había visto, junto a mi querido Pere Porta, la exposición de Basquiat en la Tony Shafrazi del SoHo y la de Clemente en el museo helicoidal de la Quinta Avenida. Para mí eran ya el siglo XXI, más que por su aportación, por su mitificación espontánea. Ya sabía bien lo que tenía que seguir y difícilmente conseguiría por mí mismo. A mí, de esa generación, me flipaban Julian Schnabel, Jeff Koons o Eric Fischl y los consideraba más asequibles no sé si por un cierto culto a la armonía y al orden, cosa que vio Van Gogh en Gauguin y Guttuso en Francis Bacon cuya obra, a partir de aquel 1999, también se vería asiduamente en la Shafrazi.
El Whitney me había entusiasmado. Sobre todo, cuando me topé con Domingo por la mañana temprano, ese óleo delicioso de Edward Hopper, y el retrato inmenso de Philip Glass, de Chuck Close.
En la sede central de Vitalicio-Generali en Barcelona, el entrañable y tristemente malogrado Rafael Fabra Sitges y el inefable Eduardo Llinás Vila me despidieron la tarde anterior a mi partida diciéndome: “¡Nueva York… Buen sitio para sembrar!”. El escritor Carlos Rojas Vila me había dicho —no sin retranca— en una cafetería de Consell de cent aquella misma mañana: “Es el único lugar del mundo donde debería sembrarse y así poder ahorrarse uno tantos peldaños”. Con tanta siembra entre amigos catalanes, estaba cogiendo complejo de segador y yo padecía de lumbago.
Que un aficionado a la poesía vaya a N.Y. es razón más que suficiente para regresar con ganas al libro de Federico García Lorca sobre la urbe que siempre amanece bajo cuatro columnas de cieno. Llegué incluso a garabatear en el vuelo un par de poemillas más que deudores del granaíno… Cosas de una edad entusiasta. Por entonces, ya era veterano devoto de Lorca —con quince años llevaba el Romancero Gitano en el bolsillo— y me fui haciendo asiduo oidor de Morente porque mi padre, que es un genial cantaor aficionado, me había encarrilado de chico en el flamenco, aunque más del cante de Caracol y Beni de Cádiz; pero, a decir verdad, en casa había discos de todos los grandes.
Había declarado mi pasión por el cante de Estrella y Enrique Morente en un prólogo que escribí para un catálogo de pinturas de mi amigo Lolo Pavón, y olvidé mejorar a Camarón de la Isla, de quien era paisano Lolo, y casi yo mismo. Lo que absorbe en el alma Enrique es parecido a lo que absorbe Diego Rivera, con mediación atlántica: la pulpa de una pasión primitiva anterior al pensamiento; Joaquín Sabina habló de la liturgia del escalofrío. Y también estaba en el corazón de ambos la sangre derramada por el pueblo de cada cual, aunque estemos ligados a la humanidad entera, como escribiera John Donne. Una telefonata del galerista Alberto Rolla desde La Spezia abrió un corredor de nueva amistad y complicidad y me ofreció un mapa más lúdico del arte (Tilson, Pozzati, Baj-Jarry, Kostabi, Tomaino, Perucca…), siendo, Alberto, maestro de vida laica, como lo definió la dottoressa Marzia Ratti. Pero en Morente o Rivera no deja de haber un rito, como los que celebraban los Cherokees o el propio San Juan Bautista, con perdón y salvando las enormes diferencias.
La tradición sonaba en la garganta de Morente como un juramento ancestral escrito con sangre sobre el crepúsculo y Joaquín Sabina había dicho, con su inigualable temple poético, que Enrique, cantado, le ganaba un pulso a la muerte. Era aquel disco que grabó El ronco del Albaicín con Sabicas y que luego ambos habían presentado en el Carnegie Hall neoyorquino junto con Paco de Lucía. En aquellos años de los primeros noventa, Enrique era tan neoyorquino como granaíno y el Guernica de Picasso, que había regresado a Madrid tras su periplo en el MoMA, lo llevaba tatuado en la sangre.
La tradición sonaba en la garganta de Morente como un juramento ancestral escrito con sangre sobre el crepúsculo, me reitero; y cuando de pronto apareció el gran “ruido” que encabritó las formas puras del flamenco hasta desbocarlas, con Lagartija Nick en el disco Omega, a mediados de la década de 1990, Morente seguía sonando puro, aunque no lo sabíamos. Su forma de subvertir la pureza era una forma de estirarla y descomponerla que no la privaba de ser pureza, pues al igual que el Ser no puede No-Ser, ni al revés, la pureza cuando es auténtica y definitiva no puede ser impureza por mucho que se la vapulee. Me reconoció tener más miedo a los cretinos que a los puristas, como sucedía a Dalí.
Por eso nunca he comprendido que un guardián de la pureza —áspera, cruda, incluso— que alababa todo riesgo corrido con ella, como Robert Hughes — crítico de arte australiano que llevó al olimpo del reconocimiento a Lucian Freud— se equivocase tanto con la pintura de Julian Schnabel, que nunca ha dejado de ser pura siendo vanguardia arriesgada, como la de Cy Twombly o la de Gorky. A mí me parecen casi lo mismo el cante de Morente y la pintura de Schnabel: Un juramento ancestral escrito con sangre sobre el crepúsculo, incluso cuando la sangre es violeta de Nuremberg u oro amarillo, y el crepúsculo verde cinabrio. Sé que en las obras del neoyorquino hay una clase de belleza, pero no es eso lo que más me interesa sino esa verdad pura que se muestra crudamente viva. ¡Qué jondas habrían sido unas pinturas de Schnabel vomitando la voz de Morente como en su día hizo con la de Antonio Molina!
Los años noventa trajeron una rosa tras otra, una espina y un cardo tras otros y luego otra rosa y así… Así es la vida. Manuel Mateo Pérez me trajo una familia de amigos jiennenses (David Padilla, Natalia Cano…) y un oficio de ilustrador que duró cuatro años. Gracias a un retrato o dos que pinté de Enrique y publicó Mateo Pérez y gracias a la humana sencillez del cantaor, recibí una llamada suya en mi móvil. Un retrato le mostraba con plátano, a lo Leonard Cohen en el disco de 1988, aquel que quería tomar Manhattan y Berlín sin casi respiro; el otro retrato era la invención mía de una hipotética excursión al litoral granadino de un trío excepcional: Morente, Cohen y García Lorca, abrazados, y casi como sus madres los trajeron al mundo, nunca mejor dicho. Ese día, Enrique estalló en carcajadas, en abrazos relatados y en vítores que yo encajé con gran sorpresa, primero, y con deleite y gratitud, después.
Todos los entes que en el mundo han sido han tenido un por qué y una suerte, huelga decirlo, ya lo masca la ontología. Morente tuvo una garganta y un alma excepcionales, toda una aventura; ¿Quién sabe si todo es fruto de la inteligencia, de un cerebro tan plástico y una voluntad tan férrea que las aptitudes se modelan a partir suyo y solo suyo? De la inteligencia, hablo. Siempre presumió de su familia, como parte mejor de su fortuna, y tuvo gran mano izquierda para la vida, buen ojo para escoger sus amigos, generosidad para apuntalar la amistad y juicio para aquilatarla.
La suerte se le quebró aún en medio de una vida muy bien lograda, humana y profesionalmente, con un tesón tan natural como el pase de muleta, pero con tanta precaución como vergüenza flamenca; con un prestigio casi picassiano en la revolución del cante flamenco, que es la meta que se puso antes de nacer, pues lo que Es no viene del No-Ser sino de un estado previo del Ser donde se decide el sentido y la función del Ser-en-el-mundo, donde se eligen y reparten los papeles de cada cual. Y Morente parece haber dicho aquello de me pido ser siempre Morente para serlo eternidad avante.
Fue, más por amor de ser que por mero serlo, hoguera que ruge en los callejones del tiempo, como si hubiese querido abrir la puerta del misterio para que combustionase de lleno el espíritu de la libre existencia, del ser sin miedo, sin extrañeza y sin interés, pues la voluntad es una energía y el interés una miseria y Enrique era desprendimiento total. Muchos años después, con tanto por forjar aún en esa garganta de yeserías oscuras y rocallas, el infortunio hizo de su capa una mortaja y le embozó en un rincón ajeno, lejos de su Alhambra, de su Albaicín Alto, de sus vidriados cielos nazaríes.
Cuentan que sacó de unas cajas de cartón a unos pobres indigentes para que fueran sus padrinos de boda, una como aquellas en las que dormía Basquiat en los parques de Manhattan antes de hacerse rico y morirse luego un poco para sí mismo, porque los entes nunca dejan de Ser del todo. Cabrera Infante vio la muerte de Basquiat como otra historia de éxito; seguramente, no nos habría dado mucho más de no haberse ido cuando se fue. Morente aún deseaba decirnos muchas cosas.
Francisco Picón Moreno, pintor jiennense de La Carolina, como Manuel Mateo Pérez, amigo y maestro mío fallecido en 2016, debe seguir deseando, desde su Ser-aún-de-algún-modo, que su obra sea adoptada por el Museo de su tierra, de la que salió de niño para andar por el mundo. No tuvo hijos, amén de su cuadros y dibujos, pero sí hermanas y sobrinas que dieron y darían lo que fuera por ver cumplido su deseo; el mismo de ellas; el mismo de Rosa y mío. Falleció cerca de Nantes, con una carta mía de gratitud en la mesilla de noche que le leyó su esposa Michèle.
Mis queridos Alberto Rolla y Enrique Morente fallecieron envueltos en una neblinosa polémica clínica. Escribió Fernando Pessoa que todo lo que existe, existe quizás porque otra cosa existe.
Para mí, estos hombres han sido para que otros pudieran ser; y seguirán siendo por ser necesarios. Están en los antípodas de la nada, “nada como parte de la noche y el silencio” y de lo que con ellos se sentía Pessoa “de nulo”. No lo fue… Lo sabemos.