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TRIBUNA

Escenas olvidadas

miércoles 07 de septiembre de 2022, 20:09h

Suena Goodbye Lucille #1 de los Prefab Sprout mientras lo estival va poniendo sus broches allá donde se le antoja. Los primeros acordes de guitarra, con ese sonido de llover cansado, vuelven a uno como infinitas y anteriores ocasiones diciendo que no podría haberlo intentado mejor, que está bien el modo en que todo sucedió. Pero la inseguridad también es como la música ligera, y se pega con ganas convirtiéndose en una molestia de la que hacerse cargo.

Pero, ¿de dónde nace tanta melancolía si lo normal sería hacer gala de un carácter satisfecho por haber pasado el verano con inmejorables compañías, anécdotas diversas, o directamente habiéndolo pasado? Es posible que deje algo receloso el saber que uno sí ha disfrutado de lo que le traía preparado, aunque la perspectiva sea contraria en la superficie. ‘El dilema será, pues, siempre el mismo. ¿Y si por atesorar para nosotros solos la felicidad, la felicidad desaparece también? ¿Y si por compartirla acabamos con la soledad y el silencio que nos la proporcionaron […]?’, dice Andrés Trapiello en la recopilación de artículos Si me adorares; recopilación, como a él le oí decir, de muy amena lectura.

Tiene mala fama la alegría en la literatura. Si puede causar extrañeza sentirla en carne propia no estando acostumbrados, imagínense leída en otros, midiéndonos con las impresiones de otros. Es uno alguien con tendencia a gustar más de la literatura seria, la de temas profundos que ofrezcan algo de luz a los misterios del corazón humano, por usar las palabras de Delibes que siempre me han parecido idóneas para representar el empeño en sus novelas y en el de cualquiera que se cuestione la vida y las lecturas que saque de ella. Pero nunca se ha de rechazar el buen humor, lo liviano, lo irónico ―aunque en exceso pueda torcer el aparejo―, lo que aligere y esponje después de una presión tan honda como inventada. Fuera esos aires difíciles, sí, esos miasmas que aspiramos sin ton ni son. No todo ha de contener un trasfondo doliente. Lo que podemos aprender no precisa entrar con sangre, al contrario: potenciará su mensaje y nuestra inteligencia si nos es venido de buen grado.

También divierten las barbaridades, por supuesto, pero al escribir lo presente, me importa más resaltar aquellos momentos que constituyen una idéntica muestra de valor literario. La anécdota famosa dentro del Quijote en la que su autor ve a un hombre reírse mientras camina leyendo, y desea para sí que esas risas se las provocase las andanzas de su hidalgo y fiel escudero. Las peleas, las que menos, y las tertulias que mantienen Benina, Doña Paca y Frasquito en Misericordia, que arrancan a quien las oye un respiro cordial, animados de comprobar que su felicidad puede estar apretada pero nada la ahoga. Un viaje a París con la compra de un manuscrito de Verlaine, y en Madrid un recital poético organizado por una marquesa tan decrépita como maquiavélica en El fanal hialino, desternillantes.

Por recientes, todos ellos han funcionado como asideros a los que el ánimo debía cogerse. Pero hacer vida únicamente con la literatura es pan para hoy y hambre para mañana. Tocaba rebuscar entre las cenizas frías que dejan las tribulaciones, esas que de nada sirven pero sin darnos cuenta podemos dedicarles largos ratos. Un tiempo perdido que, por muy lírico, debería estar sujeto a devoluciones. No le importará a quien esto lea, espero, que enumere las veces en las que, durante estos tres últimos meses, uno se ha sentido más recompensado. No por esfuerzo de uno, sino por cómo han sido a pesar suyo. Y lo más importante, con quiénes han ocurrido.

El patio con jardín de Paula, cuando éramos críos. Celebrando su cumpleaños en su piso actual, y saliendo de él, días más adelante, camino de una terraza, dándome cuenta de lo que ha madurado pero conservando esa gracia infantil en su temor a la tormenta cercana que nos hizo buscar resguardo.

Álvaro y su alegría de río, aunque él no se haga mucho caso en ese aspecto, pero que los demás le agradecemos y sabe contagiar; tantas mañanas y tardes de un lado para otro, tantos pateos por experiencias y barrios.

Manuel llegando con retraso, pero compensando su conversación, su ánimo y un vermut y comida y sobremesa difícilmente superables, pero todo es intentarlo.

A la vera de Candela y ambos de su perro, el inquieto Tito, dando vueltas por manzanas céntricas, barriendo las hojas caídas de las robinias, con el cuidado de no pisar nuestras risas y confesiones, ambas guardadas con mimo. También Víctor, que se suma a la escena y domeña mejor al perro, y su compañía y carcajada rompen un silencio tan pensativo.

Daniel en la cuesta de Moyano, en las explanadas del Retiro, en su buhardilla y con la sensación de siempre estar y no dejarte ir, lo que le agradezco de veras. Sacando fotografías, leyendo, llamándonos por teléfono, hablando de todo, a ratos escribiendo.

Los días de Feria del Libro con Juan y Carmen, Sergio y Javi, Pilar y Aldo y Mirel ―Mari Fe y Marta en la librería―, sin faltar un rato de charla y aconsejando qué título has de llevarte. Unas semanas más tarde con Javi otra vez, agradable y primero de muchos reencuentros.

En esos días de Feria, con Fran rigiendo sus compras bajo los sí pero no, no pero sí, acabando en que se lo llevaba todo y los demás quedábamos con él y por él igual de contentos.

Elisa trayendo chubascos normandos a una calle de Lavapiés, ocupados en nuestra cerveza y mirando las gotas que regocijaron a cualquiera salvo a los dueños del local, pues tuvieron que recoger las sombrillas a la carrera.

Adrián y Jorge interrumpiendo el capítulo de una serie por un detalle que les apremiaba discutir, o viendo la misma, buscándose las manos en gesto de caricia; resultándome graciosa su ocurrencia de llamar a su parque vecino con bares franqueados ‘paseo marítimo’.

Cristian ganando a las cartas con la inventiva de una estrategia, de espaldas a la atardecida, riguroso en su forma de ser feliz.

Con Raúl pensando su biografía artística, viéndole bailar, prestándome un jersey negro contra el frío, haciendo suyo cualquier escenario, guardando la imagen de la sierra anochecida, lejanos visos azules y prunos.

Con Adrián al borde del lago y donde su pasión y escucha te quieran llevar, al borde de su piscina y ganándome también junto a Cristian a las cartas ―ese día, para el juego, no lo tenía inspirado―. También Raúl con Adrián y Cristian, preparándose para salir de fiesta, alegres, sin más redondos y exactos adjetivos que decir.

Polo fumando y yendo con prisa, regalándome un ejemplar de la revista que dirige, elegante por las calles de Rota…

Son estas las escenas que prefiero y mejor recuerdo. Me perdonen los mentados por si hubiera cometido algún descuido, pero creo se ajustan a lo sucedido.

Una vez un escritor me dedicó uno de sus libros diciéndome que si era sentimental lo fuera sólo lo justo. No sé si habré cumplido. No sé si se sonrojarán los aludidos por haberme excedido. En cualquier caso, por si olvidase, el afecto inamovible.

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