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ESCRITO AL RASO

El ahorro energético, esa gran preocupación

David Felipe Arranz
jueves 08 de septiembre de 2022, 19:26h

En las encuestas, entre el Gobierno y la oposición, en la cola del súper… todo el mundo está de acuerdo en que hay que adoptar medidas de ahorro energético. Hasta en los libros de Geografía e Historia de la ESO, en lo único que se han puesto de acuerdo las autonomías es en que los niños tienen que estudiar la “emergencias climática” y que cada uno se la acerque a su naturaleza. Y ya en la edad adulta, la biografía de todos, figura el cierre de las puertas de bares y tiendas con aire acondicionado o calefacción, el apagón de escaparates nocturnales donde se reflejaban los últimos dipsómanos y poetas o el límite de la temperatura de la climatización en comercios, oficinas, transportes y hasta en el hogar, dulce hogar. Incluso los enemigos más encarnizados, antes del ataque, comprueban civilizadamente sus termómetros en sus respectivos tanques y acorazados: y esto es una conquista de la civilización, de la concienciación, del homo sapiens, dicen.

Tenemos entre nosotros adalides puros de la humedad, de los vergeles y las selvas, y no nos habíamos dado cuenta, poniendo al ignaro en materia ecologista en un verdadero aprieto, con tanta catástrofe incendiaria: según MITECO, en España han ardido más de 286.000 hectáreas en lo que va de año. Y en un ministerio, el de la Transición Ecológica y Reto Demográfico, de difusas funciones y dudosos efectos, siempre dado al deliquio verboso y a la indecibilidad del asunto que nos ocupa, hace dos semanas, el 24 de agosto, la ministra doña Teresa Ribera aseguró que el trabajo contra la sequía había empezado hacía cuatro años. Pero no supo concretar nada más, salvo que en marzo se había convocado la Mesa Espacial de Sequía para ver qué se podía hacer, Mariloli, aparte del silencio místico-vacacional que se iba avecinar durante las vacaciones. Los grandes momentos de alarma se suceden cuando todos están remojándose los pies en la playa, con ese aire de fiesta y de incendio tan nuestro en la batalla naval del protector solar.

Un 54% de los españoles encuestados por el barómetro de 40dB dicen estar muy preocupados por el cambio climático… en caso de que digan la verdad, que ese es otro cantar. Y es que tenemos aún muy cerca la pertinaz sequía y el calentamiento global, que irán siendo encubiertos paulatinamente por los aires fríos del otoño, que brotan del propio olvido de cada vez más lejanas inquietudes estivales. ¡Pobre del político adscrito a la causa ecologista únicamente, que solo confía su escaño a la ola de calor, los grandes fuegos que arrasan en agosto miles de hectáreas y la sequía extrema con sus toneladas de peces panza arriba! Lo que antaño fue prioridad en programa electoral y gozó de popularidad, hogaño ya no será. Porque las obras completas de sus señorías están siempre pegadas a la actualidad, como los magacines de la tele, el susto dosificado de la inmigración africana o las desigualdades sociales. Los meteorólogos tampoco han despertado muchas pasiones ni vocaciones, salvo la enjuta y elegantísima Charo Pascual, que después de una fulgurante carrera en el telediario mostrándonos soles y lluvias durante un lustro, ingresó finalmente en un convento británico en 1993 del que no ha vuelto a salir, que nosotros sepamos, ay. Porque la tele ejerce estos efectos sobre las personas: en la mayoría de los casos triunfa al fin el presentador sencillo y del pueblo, y a veces sus romances y letrillas veraniegas son todos volcados en el Hola y el Semana, para solaz de los veraneantes.

Los asuntos medioambientales en España le caen a otros como un sambenito, como a los verdes o el Pacma, porque ese “abono” no da para una próspera cosecha de votos, tal es el interés masivo en la biosfera patria; así que ellos siempre se quedan ahí, en ese duermevela de las minorías, las voces de la natura y los fenómenos meteorológicos de las chicas y los chicos del tiempo, cada vez más jóvenes y sin demasiada vocación, a diferencia de Paco Montesdeoca y José Antonio Maldonado, que lo suyo era como una religión hecha de atmósferas, augurios y predicciones inspiradísimas, y a los que veían de hito en hito nuestros padres sin perder comba, a los postres o en el café. Ahora, entre monologuistas y comicastros, la tele se debate entre los episodios extremos del planeta y el deshielo de los casquetes polares, que aquí nunca llegan del todo y solo les afectan a los esquimales y a los vecinos de la isla de Terranova.

Teniendo en cuenta que al españolito se la trae al pairo una pandemia que ha exterminado a 120.000 paisanos, muchos ponemos en duda que nuestros conciudadanos no concilien el sueño con la destrucción del planeta y que este pesimismo climático no sea más que postureo de moda, desabrimiento de relumbrón al que, por otra parte, contestan bien los políticos, buscando siempre el mollar de la urna. Algunos pensamos que el diputado, el senador, el ministro es ya incapaz de evitar la catástrofe climática y energética, porque vive una vida de holganza y aire fresco, de hotel y espá, aposento y ventana, y es curioso seguir la aparente empatía y correspondencia que tiene, cara a la galería, con las cosas que menos le preocupan, como esta. Que sepamos, la gente se sigue dejando el grifo abierto, la luz dada y las puertas empujadas de par en par al salir, ¿no? Las medidas de ahorro del Gobierno nunca llegan a tiempo, pero sí para que unos cuantos puedan seguir presumiendo de cívicos y concienciados con respecto al medio ambiente. Hay algunos jamelgos que solo llegan enjaezados a la hora de su entierro.

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