“A los toreros que tienen que torear este tipo de toros todas las tardes y con el respeto por los que no los quieren torear nunca”. Son las palabras pronunciadas por Antonio Ferrera al matar al sexto Miura en Pamplona. Hoy los tres Victorinos que le tocaron a cada diestro sobraba para quitar el sueño a la mitad del escalafón actual. Los seis morlacos entipados, con trapío, fueron la quintaesencia del sentido que puede desarrollar un bicho bravo. Aguantaron fuertes varas, algunos sin abrir la boca hasta la suerte suprema. El presidente del festejo, José Miguel Muñoz Conesa, no solamente aguantaba la concesión de los trofeos hasta el momento del enganche de las mulas, sino llegó a aupar las protestas del público con gestos, haciendo ostentación de su desagrado.
Pachunqueño (1º) recibió aplausos al salir de los chiqueros. Rafaelillo lo lanceó bien, el astado puso en aprieto al varilarguero descabalgándolo. El tercio de banderillas muy complicado, igual que los cinco siguientes. Los rehiletes quedaban puestos en las regiones menos sospechadas, convirtiéndose a veces en un estorbó más durante las faenas. El toro se volvía tan veloz, que Rafael estuvo a punto de caerse. Fue una misión imposible alargar la embestida o aprovechar alguna inercia suya. Aún así Rafael redondea las series con unos desplantes cogiendo al bicho por la cepa del pitón. La espada lo dejó sin trofeos.
Pantalero (2º) fue duro y avispado. Galopaba por el redondel a gusto, pero Ferrera encontró argumentos para pararle los pies: veroniqueó con esmero. Brinda a Rafaelillo. Entendió al toro hasta por señas. Es un enigma cómo supo acoplarse a la embestida incierta y maliciosa. Pero lo hizo: planteó la faena en los medios, compuesta por muletazos de cartel y remates hechos con arte. El toro imponía la velocidad de vértigo. Un modelo de inspiración y naturalidad fueron las últimas series sin la espada de ayuda. Cuando el toro trató de alcanzarle, lo detuvo con un gesto de “ahí te quedas”. La estocada entera, algo delantera, el toro tardó en doblarse. La petición no atendida por el palco. Una vuelta al ruedo.
Matero (3º) se dio el capricho de oler hasta las letras del albero que conmemoraba 135 aniversario del coso. Rafaelillo hace un quite por chicuelinas y comienza la faena con la franela remojada en agua para hacer frente al viento. El pitón menos malo fue el izquierdo, por el lado derecho la cosecha fue más menguada: achuchones y cabeceos. Al cuadrar, tiene que aguantar la mirada descarada del toro. La estocada hasta las cintas. Una oreja.
Verdadero (4º), a punto de cumplir seis años, asaltó un burladero en busca de salida. Ferrera arranca al natural, llevando al toro embebido en la franela. Con cada pase el toro se ceñía más, se volvía veloz plantándose justo frente al diestro. Ferrera se sobrepuso al sentido del morlaco, adornándose con molinetes, citando con el capote sobre hombro, un abaniqueo… Olés no dejaban de sonar. Al entrar a matar casi se hiere la mano. A la segunda se volcó sobre el morlaco, hundiendo el estoque entero. Una oreja.
Buscanoches (5º) aprovechó las largas cambiadas para desplazar al diestro hacia las tablas. Rafaelillo brinda a Antonio Ferrera, quien recibió un sonoro olé hasta por “tomar el olivo” con estilo. Rafaelillo transformó una faena de oficio, cuya máxima aspiración bien podría quedarse en salir ileso, en una demostración de entrega sin reservas. El toro no se cansaba de hacer tarascadas, pero Rafael aguantó todo: el desarme, un golpes de pitón y las molestas banderillas. El toro no cejaba en buscarle. Y Rafaelillo empeñado en hacer desplantes frente a la alimaña. El público se emocionó con la entrega temeraria del matador, le jaleó irresponsablemente, como si fuera el Roca Rey del otro día. Sin embargo, ni el Victorino parecía un Núñez de Cuvillo, ni tampoco Rafael es un mero pega-pages. La faena fue de un peligro inminente. El toro esquivaba la muleta para centrarse en el torero. Una media estocada letal. Una oreja y fuerte petición de la segunda. Rafaelillo con un gesto de satisfacción se guardó el trofeo en el pecho. Dos vueltas al ruedo, incluido el cante de un aficionado.
Antonio Ferrera galleó a Plazuelo (6º), que cerraba la plaza, mirando al tendido y adornándose con una verónica entera. Brindó al público. Todo se desarrolló en el centro de la plaza. La primera serie fue de seda. El matador da tiempo al astado, que está pendiente de cada movimiento. Los pases retumban en el tendido con olés. El toro se resabía, engancha la franela y cambia de táctica: comienza a acosar al torero descaradamente. Al natural, Ferrera hace unos pases circulares, abrochados con un molinete espectacular. Más parecía una especie de revolera ejecutada con franela en mano. La alimaña apretaba, Ferrera, en tensión como un arco, respondió con un desplante frente a la testuz y pases de mano baja. Una ovación. Después de pinchar, el estoque se pierde entre las agujas. Una oreja. Una bronca al palco.
Una gran tarde de toreros. Y los toros… En fin, los toros fueron para guardar sus cabezas disecadas. No para adornar las estancias, sino a lo Lagartijo: para pegarle una paliza al llegar a casa de mal humor.