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TRIBUNA

Blancoinegro

lunes 26 de septiembre de 2022, 19:15h

Decía Theodor Kallifatides en Otra vida por vivir que comprendía perfectamente una declaración que había leído de Philip Roth en una entrevista: ‘Uno no puede escribir cuando los recuerdos le abandonan’. Ese era también el problema para el autor griego, que no había olvidado nada pero los recuerdos ya no le calaban. Había comenzado a transformarse en una vieja fotografía. Cada vez más, él en una vieja fotografía de sí mismo.

A otros escritores, en sus respuestas a similares cuestiones, uno ha escuchado planteamientos diferentes a la hora de enfrentar la situación. No de bloqueo, que también, sino de temor ante un paulatino alejamiento de la escritura. ¿Es de vital importancia para ello tener recuerdos, es decir, haber acumulado experiencias para emborronar cuartillas, para teclear hasta perderse con gusto y el sentido del tiempo? A David Trueba ―cito de memoria― le oí decir que los que quisieran empezar con ese Everest que es toda primera novela (y la segunda y la tercera y sigue), con que tuvieran agudizada la observación era más que suficiente, sin necesidad de empapar la imaginación en magias y lejanías: que lo cercano a ellos, lo que ya supiesen, era el barro idóneo para comenzar su modelaje. Cambiando de tercio, las biografías, memorias, diarios, no existirían de faltar esa mitad recorrida sobre la que se retorna con más luz o más sombras, con sinceridad hacia quien se fue o voluntad de arreglarlo; gesto tramposo el último, no cabe duda.

Uno no puede escribir, pero escribe. La galerna entra impunemente, pero renunciar al paseo vespertino ―usando una imagen que se le parezca en lo placentero― no tiene sustitutivo ni parangón. ¿Recuerdos? ¿Necesidad de una antigüedad a la que dedicar arrumacos o distancias para que nos abone y crezca más sana la creación? Por supuesto, pero ninguna dependencia. Y esto en la práctica es harto difícil cumplirlo. No en función de la faceta creadora que explotemos, sino en el día a día, por mucho que pongamos los pies en alto creyendo entenderlo. ¿Nos abandonan los recuerdos o nosotros a ellos? Difícil escoger o dictaminar qué sucede antes. Puede que la impermeabilidad de la que hablaba Kallifatides sea un preámbulo a limpiar la memoria para un mejor funcionamiento. Un olvido benigno. Borrador de lo que nos hiere y permisivo con lo importante, aunque llevaría lo suyo determinar qué es herida y qué consideramos en realidad importante. En la escritura, todo. En la vida, ¿también?

Los escritores, por lo general, tienen implícita en su dedicación una postura que es anticuada. A ellos no debería pillarles desprevenidos la fuerza de arrastre de los recuerdos o el convertirse en fotografías viejas. Sin desviarme hacia mayores abstracciones, el hecho de las fotografías de autores es algo que siempre ha atraído la atención de uno. En las solapas, en las páginas de cortesía, en las de un suplemento, una página web, una exposición incluso. Tienen esos retratos un tiempo, no amarillo puesto todavía como quisiera el verso de Miguel Hernández ―de eso se encargará la Rueda una vez eche a girar―, pero sí condensante de las preocupaciones, actitudes, afanes revelados. En fin, del fantasma en el que pueden convertirse, uno amable o no, fijado en papel baritado o en archivo digital. Fueran tomados ahora, fueran hace ochenta años, el matiz anticuado que mencionaba no será marchito, porque escribir es una actividad contra el tiempo o aceptando con dicha la conveniencia de una interminable espera.

Dos retratos pueden servir para ilustrar sin necesidad de presentar gestos malhumorados, elegidos bajo gusto propio, con permiso de quien esto lee.

Marguerite Duras en la terraza de un café parisino. Sola entre la hilera de mesas y apoyada la espalda en la pared reluciente. Un mismo brillo que comparte con las garrafas vacías y dispuestas en el lado izquierdo (nuestro) de cada una. Algunas sillas están volcadas sobre el mantel. Ella bebe de una copa cerveza o quizá sea champán traído en el botellín contiguo. Alcohol, sin duda. Un cigarrillo es sostenido entre sus dedos enguantados, negros, y sujetan el otro de la mano derecha que ha sido liberada para el gesto refrescante. Hace frío. Los guantes, el abrigo, el forro blanco que sobresale de las solapas y mangas. Lo desierto y su sensación de arrope por una felicidad traslucida en su amago de sonrisa, mirando a quien acompañase al autor de la fotografía, o simplemente fuera una directriz. Su pelo negro, su rostro ovalado por la ilusión de las cejas y esos ojos que se traen recuerdos de Indochina. Aún era joven y esperaba más éxitos y consagración. Habría de ambos, y tormento y redención. Pero a esa terraza no llegan las olas del mar chino que amenazó en su infancia con llevarse el hogar. Ahí sólo está celebrando algo invisible y complicado de someter, si es que no se vuelve en nuestra contra: el porvenir.

Cambiando al interior de ese mismo y significativo, para lo literario, establecimiento, Thomas Bernhard. Seguramente uno de los de Salzburgo, la ciudad natal entendida como ‘enfermedad mortal’. Averiguo la procedencia: es el Bräunerhof de Viena, hacia 1988. Moriría al año siguiente. Dejó libros mordaces, tan feroces por su visión de la condición humana ―y cebándose especialmente en sus compatriotas (con razón, podemos pensar quienes gustamos de su obra)― como inigualables. Sorprende por tanto la pose despreocupada, con las manos en los bolsillos, las piernas cruzadas, recostado. Ha terminado su comanda, un café y vaso de agua en una bandejita. Nos lo parece el hecho de que estén al otro lado de la mesa, pero quizá ese espacio esté reservado para una de las actividades favoritas (entonces, he oído decir) de los austríacos: sentarse en los cafés a leer periódicos. Varios descansan en la mesa de su izquierda. Un camarero de frac, borroso, al fondo. Espejos y lámparas de tulipas circulares. Se respira educación y frialdad, pero sobre todo lo segundo y lo primero sólo si fuera necesario. Bernhard mira. Una boca afilada hace entender una tranquilidad que casi podría acabar en gesto risueño. La frente despejada cede, hacia atrás, un cabello largo y canoso en las sienes. La serenidad no es gratuita. A las puertas de su muerte, es alguien que ha sobrevivido a la guerra, a la enfermedad pulmonar, a los odios suscitados directa o indirectamente. Una pausa se concede, pues, antes del reposo eterno.

Hermanando ambas fotografías, ¿reflexionarían durante esos instantes acerca de sus recuerdos? ¿Sintieron ese temor que nada caprichosamente nos ha traído hasta ellos? Lo ha querido uno, lo piensa uno, a qué mentirse. No hay excusa que valga si el dudar qué ha sido de nosotros se presenta tras el clic de la cámara, solicitando audiencia, porque es ceremonioso el preguntarse las motivaciones, las acciones, las razones de sacar adelante ese número de páginas, ese aparentar intensidades, agradecimiento, fiereza en un recuadro blancoinegro, todo junto. Esa falta de color y alguien ―quizá la memoria― que facilitará el olvido o que, desde lejos, como dicen unos versos de La vida fácil, pase una mano por nuestro nombre, nuestro rostro, y tiemblen en el aire todavía ‘como el romero verde’.

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