Ayer fue la memoria de San Juan Pablo II, el Grande (1920-2005). La actualidad nos brinda, pues, la oportunidad de evocar su figura. Nacido en Wadowice, vino al mundo con los primeros años de la Polonia restaurada. Después de casi un siglo y medio de estar desaparecida de los mapas, pero no de la Historia, Polonia había regresado al concierto de las naciones. Terminaría siendo, por cierto, uno de los países más modernos de Europa. También uno de las que más sufrió durante el siglo. Arrasada por los nazis, ocupada por los soviéticos, símbolo de una resistencia inquebrantable, Polonia se ganó en el siglo XX un puesto de honor en la lucha por la libertad del mundo entero y, en esa lucha, Juan Pablo II desempeñó un papel crucial.
Humanista, futbolero, aficionado al teatro y a la poesía, Karol Józef Wojtyła entró en 1943 al seminario de Cracovia, que funcionaba en la clandestinidad. Hacían falta muchos arrestos para hacer algo clandestino en la Polonia ocupada. Se ordenó sacerdote en 1946 y, después de una estancia en Roma para concluir sus estudios de doctorado, regresó a su país, donde cohonestó las responsabilidades pastorales con la docencia universitaria. Esta vocación de cura de almas y cultivo de espíritus lo acompañaría toda la vida. La profundidad de su obra, la riqueza de sus textos y el sentido dramático de sus intervenciones públicas revelaban al intelectual y al discípulo de Cristo a partes iguales.
En 1958, el Papa Pío XII -otra figura formidable- lo consagró obispo auxiliar de Cracovia. En 1962, pasó a ocupar como titular la sede episcopal. En 1967, el Papa Pablo VI lo creó cardenal con sólo 47 años. Allí donde iba destacaba. Iluminaba sin deslumbrar, pero su presencia no pasaba inadvertida. En 1977, en Roma, conoció a otro profesor de Teología que era, además, arzobispo de Múnich y Freising: Joseph Ratzinger. En 1978, fue elegido Papa. Escogió el nombre de Juan Pablo.
No es exagerado decir que Juan Pablo II fue determinante en la derrota del comunismo en Europa Central y Oriental y en la detención de su avance en América. Su autoridad moral era indiscutible. Hablaba con una claridad y una libertad que a nadie dejaban impasible. Denunció la radical inhumanidad del comunismo. Frente a los males de nuestro tiempo, vio sus oportunidades y reivindicó la esperanza y la confianza en la victoria de Cristo.
Sus viajes reunían a millones de personas que acudían a verlo. Algunos de ellos fueron realmente históricos. Podría citarse, por ejemplo, el de 1979 a su patria, en que reivindicó la libertad como derecho de las naciones: “La paz y el acercamiento entre los pueblos sólo se pueden construir sobre el principio del respeto a los derechos objetivos de la nación, como: el derecho a la existencia, a la libertad, a ser sujeto socio-político y además a la formación de la propia cultura y civilización”. En Cuba, durante su viaje en 1998, habló con voz profética en la Plaza José Martí: “Los sistemas ideológicos y económicos que se han ido sucediendo en los dos últimos siglos con frecuencia han potenciado el enfrentamiento como método, ya que contenían en sus programas los gérmenes de la oposición y de la desunión. Esto condicionó profundamente su concepción del hombre y sus relaciones con los demás. Algunos de esos sistemas han pretendido también reducir la religión a la esfera meramente individual, despojándola de todo influjo o relevancia social. En este sentido, cabe recordar que un Estado moderno no puede hacer del ateísmo o de la religión uno de sus ordenamientos políticos. El Estado, lejos de todo fanatismo o secularismo extremo, debe promover un sereno clima social y una legislación adecuada que permita a cada persona y a cada confesión religiosa vivir libremente su fe, expresarla en los ámbitos de la vida pública y contar con los medios y espacios suficientes para aportar a la vida nacional sus riquezas espirituales, morales y cívicas”. En Israel, cuando visitó Yad Vashem -el gran centro memorial del Holocausto que se alza en el Monte del Recuerdo, en Jerusalén- Juan Pablo II se preguntó cómo fue posible aquel crimen: “¿Cómo pudo sentir el hombre un desprecio tan hondo por el hombre? Porque había llegado hasta el punto de despreciar a Dios. Sólo una ideología sin Dios podía planear y llevar a cabo el exterminio de un pueblo entero”.
En España, en su viaje apostólico de 1982, pronunció palabras de una lucidez admirable para comprender nuestro tiempo: “Por esto, yo, Juan Pablo, hijo de la nación polaca que se ha considerado siempre europea, por sus orígenes, tradiciones, cultura y relaciones vitales; eslava entre los latinos y latina entre los eslavos; Yo, Sucesor de Pedro en la Sede de Roma, una Sede que Cristo quiso colocar en Europa y que ama por su esfuerzo en la difusión del cristianismo en todo el mundo. Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual, en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. No te enorgullezcas por tus conquistas hasta olvidar sus posibles consecuencias negativas. No te deprimas por la pérdida cuantitativa de tu grandeza en el mundo o por las crisis sociales y culturales que te afectan ahora. Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo. Los demás continentes te miran y esperan también de ti la misma respuesta que Santiago dio a Cristo: «lo puedo»”.
En estos días, cuando ucranianos y rusos se matan en una guerra fratricida, la figura de Juan Pablo II adquiere dimensiones colosales. En medio de la confusión política y cultural -en definitiva, moral- en que estamos inmersos, su magisterio y su vida arrojan nueva luz sobre este tiempo. El regreso a las raíces, el coraje de mantenerse firmes frente a la cultura de la muerte, la fe en Cristo, Señor de la Historia, son recordatorios balsámicos y reconfortantes que encontramos, a menudo, en los textos del pontífice polaco.