No voy a justificar mi afición a la tauromaquia con su historia milenaria. Tampoco puedo entrar en el debate con los animalistas. ¿Cómo debatir con alguien que se compara con un animalito? ¿Qué tengo yo en contra de los perros, gatos, caballos, toros u otros seres vivos? Nada. Por un lado, los animales y los “animales sensibles” (antiespecistas, idem animalistas) tienen una de las cosas que más escasea en el mundo: la ingenuidad; por otro lado, compiten con Platero de Juan Ramón Jiménez en la testarudez del burro: no quieren aprender. No pasa nada. De todo hay en la Viña del Señor.
De entrada los taurinos tenemos ganado cualquier debate ecológico. Salvaguardamos una especie milenaria, retratada en las cuevas de Altamira y Lascaux, y mantenemos ecosistemas únicos desde la Camarga francesa, La Querencia de Texas hasta Chimborazo de Ecuador o Córdoba argentina. No es poca cosa. No se hace de golpe y porrazo, sino es fruto de una labor ardua del artista-científico que elige, tienta y mide al toro. Muchas especies salvajes han encontrado su salvación en las dehesas bravas, marismeñas o serranas. Los linces, las águilas y otros bichos conviven y sobreviven gracias a las dehesas, definidas por la Unión Europea como Sistemas de Alto Valor Natural. El ganado de lidia es una actividad artesanal sostenida por una gran cultura ganadera tradicional. Quien se niegue a conocer las ganaderías bravas, no tiene argumentos para criticarlas.
No olvidemos que los detractores de la tauromaquia cuentan con un largo historial de prohibiciones. Su máximo representante ha sido el Papa. Sí, él del Vaticano. Lo que no es tradición es plagio, según Eugenio d´Ors, con lo cual los animalistas no hacen otra cosa que tergiversar y exagerar vetustos y manidos argumentos. Desde la gran reina Isabel la Católica y Alfonso X el Sabio, quienes determinaron el futuro de los festejos taurinos poniéndoles una que otra limitación, llegamos a las prohibiciones de los Borbones y a los discursos de los ilustrados, como Jovellanos. Lo curioso es que ni Carlos III ni Carlos IV llegaron a prohibir las corridas en Madrid. Sin embargo, exceptuando los reinados de Carlos V y Felipe II, no es nuevo cuestionar y prohibir la tradición taurómaca. Cerca de París, de esta fría y refinada capital, en el siglo XIX, un animalista hirió de un disparo al banderillero “Chato de Zaragoza”. ¿Preguntarán qué haría allí un banderillero? Pues, cumplía con su deber junto con otras cuadrillas, ya que les contrataron para celebrar un festejo. Como diría más tarde el presidente Doumergue: “No me extraña que los animales tengan amigos cuando los hombres tienen tan pocos”. Los antitaurinos son algo constante. Como el lado oscuro de la luna.
Hoy día varias tendencias se juntan para desplazar el toreo de la vida cotidiana de miles y miles de personas. No se trata de rebuscar más argumentos para la defensa. No conseguimos nada al quitarle moho a los papeluchos. Hay que reconocer el cambio de circunstancia en la que vivimos. Hacen mucha mella los afanes prohibitivos de los gobiernos. Se empeñan en legislar sobre cualquier aspecto de nuestra vida. El entretenimiento está en el punto de la mira. Lo que no es fácil controlar desde una plataforma o un programa informático suele molestar mucho. Y los toros todavía no acatan los algoritmos y menos aún pueden con sus aficionados.
Quizá nos hemos vuelto un poco más sedentarios, malacostumbrados por las series, twits, tiktoks… todo tiene que ser breve y divertido para nosotros. Y a buen precio. Si no es así, no nos place. Bueno, quizá sea así para una parte del público. No obstante, columbro, que ante la escasez de público en algunas plazas, sería mejor dedicarse a evaluar los errores de gestión u obstáculos administrativos, y no proclamar, por enésima vez, el fin del toreo. Hay empresas buenas y otras mejores, hay diestros conocidos y otros famosos. Pocas épocas ha habido que pudieran presumir de tal número de grandes toreros como la nuestra. El toreo se ha refinado mucho, se exige cada día más del público y de los espadas. ¿Se pide a un jugador de fútbol ser a la vez central, defensa y delantero? No. Pero a un torero actualmente se le exige ser excelente con el capote, la muleta y la espada. Además, poner las banderillas para el regocijo del gentío. Un alarde de valentía ya no se aprecia, si no va acompañado por un juego aquilatado de geometrías. Hay excepciones, claro. La pasión sigue creando ídolos para derrumbar.
Lo que no se puede es aspirar a sobrepasar el tirón del futbol o del cine de Hollywood con el arte de torear. No es cultura de masas. Popular sí, pero de masas al estilo del futbol no lo ha sido nunca. El público de los toros es de otra pasta. La tauromaquia perdería su esencia si quisiese integrar a una muchedumbre carente de sensibilidad. Sobran, en fin, argumentos para defender la fiesta de toros. Y uno es definitivo: lo que se juega en la amenaza de la prohibición de la fiesta es la libertad. Sí, la libertad de cada uno de nosotros. Si no hay interés en las corridas se extinguirán por sí mismas. ¿Por qué montar entonces ese alboroto? Porque odian la libertad. Quién ejerce su libre albedrío a la hora de asistir y admirar el duelo entre una fiera y un hombre ejerce, sencillamente, su libre albedrío. Hay que ser muy bestia, que no animalista, para declarar una grandiosa actividad cultural, que abarca desde la sastrería hasta la poesía, fuera de la ley.
En fin, dejen de prohibir, como diría Gonzalo García Pelayo, que no alcanzo a desobedecer todo.