En el Padrenuestro —oración poderosa que parece trascender al cristianismo mismo, como me dijo un budista— pedimos el pan nuestro cotidiano pero no la paz de cada día, al menos no explícitamente.
¿Se le pasó a Jesús aquella tarde inspirada de los tiempos cuando sus discípulos le pidieron una forma de dirigirse al Padre? ¿Se le pasó o lo da por hecho en el ruego por la venida del Reino? Un Reino que se entiende no tanto de realeza sino de espíritu y paz. ¿Está implícita en la plegaria del perdón por las ofensas? ¿No es acaso ésta una invitación a hacer las paces en la tierra y entre ella y el cielo? ¿Se le pasó invocar la paz o, como dicen los evangelios, vino a traer “división” (Lc 12, 49-53)? Sin más… Quizá, encontremos una explicación en el suplicio que suponía la pax romana para los no romanos, en torno al siglo I.
En el Padrenuestro hay también una rogativa al Gran Poder de Dios para que no nos deje caer en la tentación, pero muchos parecen conceder a la tentación, a tenor de la evidencia, el rango de un caprichito; vamos, el de zamparse un bombón helado, por ejemplo. Los asuntos de moral deben resultarles un invento de los moralistas.
Hay aún otra súplica más en el Padrenuestro —sólo aparece en el evangelio de Mateo (6, 9-13)—, la que nos enseña a pedir a Dios inmunidad frente al mal. Ésta resultaría abusiva —cínica —, por parte del orante si acaso no fuese éste capaz de tener a raya sus tentaciones; las graves, vamos...
Siendo humanos —demasiado humanos— la arcadia pacífica nos pertenece tanto como el violento pandemonium; tenemos la libertad de elegir, lo cual es un auténtico tesoro. Pues bien, resulta que tenemos tan desgarrada la conciencia —jirones de podredumbre asoman bajo nuestros dobladillos interiores—, tan inutilizada para hacer un justo ejercicio de libertad que erramos de costumbre. Pero no se preocupen, yo me meto el primero.
Nuestra moral es un guardapolvo raído y no porque sea viejuno… Ya debía ser un harapo en el paleolítico. No nos conocemos las más de las veces… No sabemos si fiarnos de nuestra dialéctica de mamporrazos, los físicos y los conceptuales. No nos atrevemos a darnos la espalda como especie porque desconfiamos del destello acerado —phantasma de viejas facas— que creemos ver fulgir bajo cualquier embozo.
Frente a los que rechazan la religión no basta con “sacudirse el polvo de los zapatos”, aleguemos que, aparte del hecho revelador, lo sagrado surgió como pre-institución instintiva —Gilles Deleuze— de una forma ya casi necesaria, para revertir en orden los excesos de las sociedades primitivas, por eso resulta a muchos tan carca… Tan aburrida.
Justo es decir que, en un principio, lo sagrado participó de esos mismos excesos —sacrificios, inmolaciones— pero, a partir de Jesucristo, con su propia autoinmolación —no sin cáliz de amargura—, los excesos dieron paso a un respeto y a una sobriedad del Ser... Por el Ser. Y esto sin tener que llegar al ascetismo.
En 1992, mi amigo el fiscal español Rafael Álvarez Cienfuegos escribió: “Habrá gente que lea y comprenda —así lo quiera el Espíritu Santo y les ilumine para ello— la religión que dice profesar, incrementando los valores morales de esta sociedad, lo que tan poco es muy difícil a lo bajo que están, si están”.
Creo que así debe entenderse, aunque cada cual es libre de sacar sus
conclusiones. Pero, sea como fuere, el exceso es del todo a-racional. Y la guerra es un exceso del crimen que, además, está previsto desde muy antiguo por las sociedades —Georges Bataille, dixit—, lo cual refuerza su cinismo, siendo casi una costumbre que habría que erradicar si acaso no perteneciese ya, este deseo, a las utopías que, según don Ramón Carande, “combaten las estructuras dominantes”.
“Aquí se ha matado mucho”, decía una mañana Carlos Herrera desde el holograma herziano de su programa, que se despliega multidimensionalmente al entrar en los oídos, pues la radio se hace imagen acrecentada en la pantalla que llevamos tras la frente. De lo que no hay duda es que, lo que es verse, la radio se ha visto desde que se inventara y alguien, alucinado, exclamase frente a la marconi: ¡Anda, pero si se ve todo como si estuviésemos ahí dentro..! ¡Salón prodigioso de espejos… La radio!
Pues eso tan horrendo que íbamos diciendo… Que aquí, en este humanódromo de perdición —así lo llamó mi añorado Ignacio Darnaude Rojas-Marcos a lo schopenauer— se ha matado una pechá. Antes que la mostaza fuese sintetizada como gas y se le quitasen a uno las ganas de servirse un perrito caliente ribeteado en granate y gualda, y antes incluso de que los racimos reventasen no sólo por estar henchidos de néctar, también había guerras devastadoras y genocidios mecánicos, cuando no se iba a pedrada limpia o a pellizco mismo; acuérdense de cuando los soldados se mataban así.
Antes que el cloro o el fósforo fuesen sinónimos de apocalipsis, se empaló, y se envenenó lo indecible con majados silvestres; y aun antes de emplear el Cyclone B, los nazis enchufaban la manguera al escape del camión… Tenían prisa por matar: ¡qué humana contradicción!
Matar es tan sencillo que pareciera haber sido un disfrute diabólico a través de los siglos; una mezcla apocalíptica de aquelarre y gallinita ciega que habría resultado en una pesadilla de negra pez pictórica. El hombre ha resultado tan matarife que a algún humorista siniestro podría habérsele ocurrido aquello de mata a tu prójimo como a ti mismo aunque, sin duda, resultaría en un desgraciado chiste —más malo aun que desgraciado— siendo el egoísmo nuestro combustible natural para la supervivencia.
Todos —o casi— firmaríamos —y más— para que la guerra se erradicase para siempre, desde hoy mismo; no es propio de esta altura de la historia y eso lo sabemos todos excepto quienes la promueven enarbolando excusas que sólo a ellos y a sus estructuras sociales convencen y capacitan para superar el interdicto de aniquilar. “El hombre construye las estructuras pero también las destruye”, escribió don Ramón Carande allá por 1970.
Georges Bataille pensaba que el poder excusa al violento, lo justifica y le da una razón de ser elevada y también dijo que “el violento está inducido a callar y se acomoda con la trampa” (…) “El espíritu de trampa es la puerta abierta a la violencia”.
Al hilo de tanta cita, decía Carlos Rojas Vila que citar es la forma más generalizada de plagio que existe; para mí es un método muy popular de conocimiento y un bastón importante para los que no podemos estabilizarnos en un solo arte.
El que declara la guerra tiene la facilidad que da el poder —estatal según Bataille— que siempre resulta brutal; el que tiene sobre su cabeza la espada de Damocles tiene avidez de súplica. Cuanto más suplica el agredido más justificación placentera busca el agresor; de no tener justificación en el orden jurídico —guerra criminal—, la encuentra en el territorio oscuro de las pasiones, guardando un silencio socarrón que, volviendo a Bataille, es “el único placer que conviene al verdugo”.
El otro gran acicate para la humillación guerrera de los pueblos es, como dijo San Agustín, “la ambición de honor y deseo de gloria que proporcionan todas esas heroicidades tan gloriosas a los ojos y estimación de los hombres”, ambiciones que tanto había alabado Salustio al loar las hazañas de Marco Catón y Cayo César: “César deseaba para sí el generalato (mejor diría toda la autoridad republicana reunida en una sola persona), un ejercito numeroso y nueva y continuada guerra, donde poder demostrar su valor y heroísmo”.
Claramente lo enunció Virgilio en sus versos: “Otros harán del maŕmol retratos que parecen respirar y otros abogarán mejor y escribirán altamente de astronomía... Tú, oh romano, no te olvides de regir a los pueblos con imperio”.
Un día habrá que hablar de los militares, esos profesionales de la guerra… Para la salvaguarda de sus derechos nació la Convención de Ginebra. ¿Cuándo nacerán los derechos prácticos de los inocentes?