Antes de que la llegada del siglo XIX trajera consigo un cambio de estilo pictórico, la pintura histórica era la preferida de los grandes maestros. El modelo estético que acompañó a Rubens, Tiziano, Velázquez o Veronesse guió sin duda a uno de los narradores de historia por excelencia, el holandés Rembrandt. La producción de sus obras, cercana durante sus primeros años a la manifestación de lo jocoso y lo cómico derivó en un arranque emocional y dramático, que ahora el Museo del Prado acerca a través de una exposición sobre el maestro.

Treinta y cinco pinturas y cinco estampas, junto con seis obras de otros artistas pertenecientes al Prado, permiten reconstruir, a partir de este miércoles, el Rembrandt narrador de historias. Gracias a que museos internacionales como el Louvre, la National Gallery de Londres o el de Bellas Artes de la Villa de París han cedido obras del artista, Rembrandt cuenta con la primera muestra dedicada a él en España.
La evolución del artista holandés está reflejada en obras de su juventud como “San Pedro y San Pablo” o la monumental “Sansón y Dalila”. Pero no sólo pintó lo ajeno. Su fase más personal puede apreciarse en sus últimos años de vida, cuando dibujó “Autorretrato como Zeuxis”, en la que se retrató a sí mismo, o “Betsabé”, una de sus más bellas composiciones. En conjunto, más de treinta pinturas que acompañarán hasta el 6 de enero a “Artemisa”, la única obra del maestro holandés que tiene en su poder el Museo del Prado.