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ÓPERA

Arabella, de Strauss, triunfa en su primera representación en el Teatro Real

Arabella, de Strauss, triunfa en su primera representación en el Teatro Real
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(Foto: Javier del Real)
miércoles 25 de enero de 2023, 19:15h
Noventa años después de su estreno en Dresde se ha presentado por primera vez en el Teatro Real Arabella de Richard Strauss (1864-1949), con libreto de Hugo von Hofmannsthal (1874-1929). Esta apuesta de la entidad ha gustado al público madrileño, que en el estreno de ayer supo reconocer la calidad de una producción que añade, al incomparable lenguaje musical del compositor postromántico alemán, el buen hacer de los directores y su equipo artístico.

Uno de los rasgos principales de las óperas de Strauss es su interés por la mujer y su psicología: Salomé (1905), Electra (1909), la Mariscala de El Caballero de la Rosa (1911), Ariadna en Naxos (1916), Danae de La mujer sin sombra (1919), La Elena egipcia (1928) o Arabella (1933) …, todas en colaboración con von Hofmmansthal como libretista, tienen a la mujer como protagonista. Tras Arabella el protagonismo femenino seguiría caracterizando las óperas de Strauss, pero ya con otros libretistas. Así, para La mujer silenciosa (1935) Strauss contó con una pluma de lujo, la del escritor vienés Stefan Zweig (1881-1942). Los libretos de Daphne (1938) y El amor de Danae (1944) los escribiría Joseph Gregor (1888-1960) y el mismo Strauss se encargaría, con la ayuda de Clemen Kraus, del libreto de su última ópera, Capriccio (1942).

Muchos de los títulos de Strauss evocan la mitología clásica y quizás por esto la heroína de Strauss es una mujer fuerte, en ocasiones hasta malvada, pero muy real, en absoluto idealizada.

Strauss y von Hofmannsthal nos presentan a Arabella como una bella joven burguesa rodeada de pretendientes; inicialmente caprichosa, incluso algo indolente, pero con gran libertad interior. Su familia está arruinada: el padre ha gastado todo el dinero de la familia en el juego; en el primer acto el padre se enfrenta a reclamaciones y procesos judiciales por morosidad que podrían llevarlo a prisión. Para salir de los apuros económicos, la familia ha invertido todas sus energías y recursos en presentar convenientemente a Arabella ante la sociedad vienesa de 1860, superficial y decadente (“Pensar es morir, la solución es dejarse llevar” afirma en la fiesta de Arabella el conde Lamoral, uno de sus pretendientes). La hermana menor de Arabella, Zdenka, viste como un muchacho; al principio por decisión propia, pero luego por imposición: la familia no puede permitirse vestir a las dos hijas como damas de sociedad con todo lo que ello conlleva.

Sin embargo, Arabella es ante todo una mujer que persigue el amor romántico. En varios momentos de la ópera afirma que en cuanto se tropiece con el amor de su vida inmediatamente lo reconocerá. Y así sucede tras presentarse en el baile un nuevo pretendiente, un forastero desconocido al que antes ha visto desde la ventana de su casa y respecto del que llega a fantasear en varias conversaciones con su hermana. Se trata de Mandryka, un terrateniente ajeno a la vida de ciudad, heredero de un rico y extravagante personaje del mismo apellido al que el padre de Arabella había conocido en el Ejército y a quien recientemente ha dirigido una carta (con una foto de su Arabella).

Arabella cree reconocer en Mandryka el amor verdadero y en la fiesta ambos se comprometen en matrimonio. Sin embargo, todo se trunca debido a la intriga de la hermana menor, Zdenka, por proteger a Matteo, un oficial enamorado de Arabella y del que ella, Zdenka, está enamorada. Impide que Matteo se suicide asegurándole que Arabella lo ama y lo espera en su habitación del hotel donde se celebra la fiesta (le entrega la llave de la habitación). Mandryka, que ha escuchado la conversación, enloquece y en la misma fiesta se entrega a la bebida y al desenfreno amoroso; incluso viola a La Fiakermilli; una solución escénica soez y gratuita en los tiempos que corren, hay que decirlo aquí. Cuando el enredo de comedia se aclara, ambos se reconcilian y el proyecto de matrimonio sigue adelante. Entre tanto, Arabella ha evolucionado hacia un tipo de mujer más sensata y reflexiva, de elevados sentimientos (ofrece su cariño y apoyo a su hermana cuando ésta se confiesa autora del enredo y declara que se suicidará por ello). La inicial ensoñación romántica de Arabella se ha desvanecido, pero la familia saldrá adelante con este matrimonio, al que ella se entrega mucha con menos ilusión que al principio, pero con evidente convencimiento.

La escena ideada por Christof Loy es -exceptuado el incidente de la violación- excelente. Está dentro del minimalismo, pero cuenta con los elementos suficientes para que el espectador no sólo se ubique, sino que también se recree. Una espaciosa casa de la burguesía vienesa de los años treinta (época en la que se ambienta la escena) desfila ante el espectador como una casa de muñecas, ahora mostrando el hall, ahora el salón o el dormitorio de Arabella, provisto de un bien pertrechado guardarropa, más propio de un anuncio de decoración del siglo XXI que de la Viena de 1860. Sin embargo, el conjunto convence: la bien calibrada disposición escénica y la grandiosa música de Strauss, inconfundible hasta para muchos no iniciados en cuanto la orquesta despliega un puñado de cromatismos, salvan al público del amenazante tedio de una obra demasiado larga y con un argumento demasiado ligero, que la encuadran más bien en la opereta.

Del elenco artístico, en el estreno destacaron las buenas las voces femeninas. La soprano estadounidense de ascendencia alemana y polaca Sara Jakubiak (Arabella) posee una calidad vocal extraordinaria. Su timbre, potente, cálido y versátil, que fue creciendo en importancia a lo largo de la función, hizo las delicias de una dilatada pero satisfactoria velada. A su lado, la soprano lírico-ligera belga Sara Defrise estuvo extraordinaria como Zdenka, la hermana de Arabella. Su currículum (antes de graduarse en Canto lo hizo en Literatura en la Universidad Libre de Bruselas) confirma que la formación académica al margen de la propia Música puede añadir un “je ne sais quoi” a una interpretación vocal. La mezzosoprano Anne Sofie von Otter, que interpretó a la snob madre de Arabella, destacó por su sólido canto, presencia escénica y adecuación al personaje. Por su parte, la soprano ligera donostiarra Elena Sancho Pereg sorprendió a los asistentes en el papel de La Fiakermilli, con sus “imposibles” agudos e interminables y bellísimos gorgoteos mientras que, con maniobras corporales aparentemente incompatibles con el buen canto -que incluyen el episodio aludido-, conseguía aparentar que estaba ebria. Por último, la soprano alemana Barbara Zechmeister interpretó a la echadora de cartas que predice el futuro a la madre de Arabella.

En los papeles masculinos el barítono austríaco Josef Wagner interpretó a Mandryka, la pareja de Arabella en la ficción. Destacó la línea de canto del tenor austríaco Matthew Newlin en el papel de Matteo y la extraordinaria interpretación del barítono-bajo, también austríaco, Martin Winkler como padre de Arabella. Al resto de pretendientes de la protagonista dieron vida Dean Power como el conde Elemer, Roger Smeets como el conde Dominik y Tyler Zimmerman como el conde Lamoral. También intervino el tenor José Manuel Montero como camarero y Benjamin Werth como Welko, el criado de Mandryka. Colaboraron los actores Niall Fallon como Djura y Hanno Jusek en el papel de Jankel.

Finalmente, hay que destacar la profesionalidad, demostrada una producción tras otra desde hace bastantes temporadas, del Coro del Teatro Real a las órdenes de Andrés Maspero.

Al frente de la Orquesta y Coro titulares del Teatro Real y del resto de cantantes estuvo el director alemán David Afkham, que se encargará de la dirección de todas las funciones de Arabella con excepción de la del 12 de febrero, que dirigirá el director español Jordy Francés.

Arabella se representará hasta el 12 de febrero en el Teatro Real (en total, siete funciones).

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