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XXII Gala de los Goya

LA OPINIÓN: De solitarios y olvidados

lunes 04 de febrero de 2008, 01:28h
Podemos dedicar folios enteros, blogs, posts y miles de horas de nuestra vida a comentar la Gala de los premios anteriormente conocidos como Premios Goya (es conveniente recordar que, tras un simpático litigio legal con una agrupación fotográfica zaragozana, ahora portan el mucho más soporífero y apropiado nombre de Premios de la Academia). Podemos hablar del humor de José Corbacho, a medio camino entre la brillantez y los peores momentos (esto es, cualquiera) de Cruz y Raya; de los miles de espectadores que añoran, año tras año, un momento como el protagonizado por el vestido de Paz Vega hace unas ediciones; de las apuestas por ver quién consigue el discurso de agradecimiento con más tópicos por segundo (a mi madre, a todo el equipo, a los demás nominados, a los que creyeron en el proyecto desde el principio...); o de lo difícil que resulta explicar en qué consiste el premio a la mejor dirección de producción.



Sin embargo, lo propio y lo serio es ceñirse a lo estrictamente cinematográfico: los seleccionados, los ganadores, y lo que se quedaron fuera. Sobre todo los que se quedaron fuera. Porque muchas veces la relevancia cinematográfica, y no social, política, publicitaria o autopanfletaria, de los Premios de la Academia se mide por los títulos que no entraron en la "fiesta del cine español". Por ejemplo: "La influencia", de Pedro Aguilera. "Goodbye America", de Sergio Oksman, "Can Tunis", de Paco Toledo y José González Morandi, "Alumbramiento" de Eduardo Chapero-Jackson, o "Yo", de Rafa Cortés. Sin olvidar, por supuesto, dos títulos que no han corrido mejor suerte: "El silencio antes de Bach", de Pere Portabella, y "En la ciudad de Sylvia", de José Luis Guerín. Algunas de las mejores películas del año que ni tan siquiera existieron para los académicos, pese a recoger premios y alabanzas en festivales internacionales y nacionales y abrir puertas secretas en una cinematografía con cierto olor a cerrado. Un reflejo de la tendencia del cine español más oficial a reproducirse de manera endogámica, premiando y produciendo los mismos a los mismos, en una espiral de peligro y autocomplacencia.

Pero no. Porque esta edición escondía una sorpresa de última hora (y no era el enésimo chiste o disfraz de Corbacho), sino el sprint final de "La soledad", de Jaime Rosales, que se alzó con los premios a Mejor dirección y Mejor película contra todo pronóstico. La que parecía la infiltrada en las grandes categorías, una película visualmente rompedora, con una vocación de estilo y un rigor extraños en nuestros cines, y que pasó sin pena ni gloria por las salas, se llevaba los dos premios principales, además del de mejor actor protagonista. De nominada de consolación a gran vencedora de la noche, y no sin razón: frente a las otras películas en liza, que bailan entre la repetición de esquemas de género ("El orfanato"), la concepción televisiva y serial del cine ("Siete mesas de billar francés"), o el pastiche de memoria histórica con aire de publicidad de centro comercial ("Las trece rosas"). "La soledad" debía ganar, si es que la Academia tenía intención de premiar el cine y no los amigos o el dinero. El DVD de "La soledad", recién editado, debería subir muchos puntos en las listas de venta.



El resto de premios, consultables aquí, no escondieron demasiadas sorpresas (agradables). El tristemente previsible premio al Mejor documental para "Invisibles", demostrando que el cine de lo real siguen siendo para la Academia un sinónimo de cine ONG, una atropellada entrega de los premios a los cortometrajes, y un equitativo reparto de premios entre las grandes nominadas, "Las trece rosas" y "El orfanato": la segunda constará en los anuarios del cine como una de las más taquilleras de nuestro cine (ay, el dinero, siempre el dinero) y la segunda..., la segunda constará, y ya es bastante. Pocas menciones a la Ley del cine en los discursos, algo de necesaria autoburla en los vídeos humorísticos, y una serie de improvisados comentarios meta-televisivos a cargo de Corbacho, consciente de la imposibilidad de convertir una gala en un programa de televisión y consciente también del curioso "delay" en la retransmisión televisiva que provoca que uno pueda leer en internet, o escuchar en la radio, cosas que para la televisión todavía no han ocurrido... por el bien de los anunciantes.

Gonzalo de Pedro es cineasta y profesor en las universidades de Navarra y Montevideo
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