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TRIBUNA

Luis Manuel Carmona, el guion interrumpido de un artista de cine

martes 11 de abril de 2023, 20:10h

A la trianera calle Castilla debe haber arribado la tarde del Viernes Santo, recién desprendida de este mundo, fugada de toda calcinación, el alma de mi amigo amigo verdadero de muchosLuis Manuel Carmona Rodríguez (Sevilla, 1955-2023). Andará aún aquerenciada a las gentes y cosas que le fueron connaturales, o presta a ratificar su impronta para los tiempos futuros, aunque no haya de ser eterna la tierra y ,quizá, sí el cielo, según creemos. Aun así, si Unamuno decía que estábamos los vivos impelidos a perpetuarnos en nuestros descendientes, me pregunto por qué no irían a perpetuarse también las almas despojadas…

Luis Manuel no tuvo hijos, pero sí sobrinos familia unida y muchos amigos que nos sentimos grabados a buril por su carisma. Ojalá este fenómeno no se acabe aquí y ahora.

Todos vamos a perder nuestra silla en este mundo, los que van a Sevilla y los que no. Pero un trianero tan impregnado como Luis Manuel que fue, además, muy amigo de Pepe Quidiello, el rey de las sillas, en las cuales tantísimos nos hemos sentado desde niños a ver pasar la incomparable Semana Santa sevillana, debiera tener una silla perennemente dispuesta en la calle Castilla para su alma en evolución total. Tal vez, a las almas les gusten tanto las sillas como a los gatos. Eso sí, habría de ser tan sencilla como su alma, no cualquier silla; leve leve es el alma—, enjuta —austera la suya—, de pino celeste, o rosa palo tal vez, la estética cuenta mucho hablando de Luis Manuel; apropiada para que su alma de angora se eche al sol de la tarde allí mismo donde nació y fue amado y amó; y que, además, dicha silla de la querencia recíproca fuera del todo imperdible, después de haberse perdido tanto. ¿No es verdad? Esto quisiéramos para todos nuestros seres del alma.

Esas sillas de arrendamiento temporal que tomamos como nuestras y eternas en este mundo y resultan ser cojas y traicioneras las más de las veces, insufribles tantas, ya no son útiles a las almas liberadas de lastre. Perdemos nuestra silla y dejamos ir la carga que la doblega, jorobándola, descuajaringándola.

La memoria es algo de los vivos; la querencia es cosa inocente. La maravillosa memoria es el peso, el lastre: Niño, si no le llamo es por no recordar decimos. Querríamos fluir como el agua clara que baja del monte, como una sarta de vilanos al viento. Yo imagino una recompensa celestial como un inmenso capazo esponjoso de embriones. La santa inocencia desperezándose al rubor de una tarde que nunca acaba. Espuertas blancas de luz y algodón de azúcar. Para nosotros, los que tratamos a Luis Manuel, la recompensa vino por adelantado, mientras él ocurrió como fenómeno humano. Un caso muy peculiar.

Yo ya no sé dónde me encuentro después de haber perdido por el camino un gran patrimonio humano, y ahora la vida va y me vuelve a expoliar otro buen cacho del tesoro anímico que había logrado salvar, que conseguimos salvar —quiero suponer— muchos de los que surcamos edades acumuladas. Luego, habrá que afanarse en rehacer el ánimo y las ilusiones, pero ahora siento que, durante algún tiempo, las zarpas del infortunio han socavado mi esperanza de haber surcado nuevos trechos junto a Luis Manuel; él se nos ha condensado en memoria mientras nosotros seguimos hoyando la tierra. Toca dejar que la memoria camine por nosotros.

Educado, amable, cortés, pulcro y sobrio, gustaba de vestir la marca de don Adolfo; culto, ingenioso, generoso, hipersociable y bueno, era el alma pura de un san Luis bonito, es decir, dos veces bonito de alma; alma sólida que se debió cuartear con los envites, redonda y vidriada en verdes pálidos, como un jarroncito cocido en un horno trianero. Siendo de donde era, amaba la cerámica y supo marear el barro y aquilatar los esmaltes. También pintó y dibujó, ya desde antes de encajonar su buen ojo en una cámara de fotos o de cine.

Su humor estaba en paz con su nobleza; jamás reírse de alguien. Lo escabroso le traspasaba el abdomen. La maledicencia le asqueaba. La deslealtad era un terror adulto. Pero la risa y la sonrisa eran sentidos legítimos, tan útiles como la vista y órganos corporales al servicio de la convivencia; los llevaba de serie y pocas veces descansaban. Su sentido del humor era un juguete blanco sin piezas pequeñas con las que correr el riesgo de atragantarse.

Hemos perdido mucho. Excavando recuerdos, trato de reunir agallas para no colapsarme en la misma nada, aunque a partir de ella sacaron y aún sacarán los místicos lo mejor de ellos; de eso escribió Carmona un guion que ha quedado a la espera; hablaremos más. Por unos días me he sentido tan solo como decía Joselito, aquel torero que regaló un ramo de esmeraldas a la Virgen de la Esperanza; soledad de roca que amenaza mi corazón con sus rebabas duras y afiladas. Sólo la búsqueda de su rostro paisaje de gracia, su voz aliento perpetuo—, su chispeante armonía… me consuela, y esto desde que conocí la noticia de su estado irreversible hace más de una semana. No me quito de la cabeza su ingeniosa presencia cuando estuvo. Nuestro común amigo, Ricardo García Pérez, me dijo que lo había visto en el que sería su lecho de muerte sereno y sin edad; “el pecho aún juvenil”exclamó.

Debió sentir una prontísima llamada del arte —cosas me contó de su tierna infanciay, ciertamente, debió ser elocuente y gracioso, talentoso e inteligente: niño con chispa… Y con estrella —de todo ello mucho mantuvo de adulto, que traslucía y así debieron verlo sus padres, Juan y Teresa, y sus hermanas, Maite y María de la O, que le admiraron justamente, almita entre algodones. Desenrollando al hombre, se llega fácilmente al niño.

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Algodón… Batista… Bramante… Las telas siempre le fascinaron y marcaron su trabajo artístico en cine y televisión: sus texturas, sus cuerpos y tonos, sus aprestos… fueron cualidades que el debió disfrutar pronto en el comercio familiar de tejidos y confecciones sito casi enfrente de la Iglesia de la O. Le perdían la estameña, la arpillera, el lino… También los tules, el damasco, …Más las frugales que las opulentas: le gustaban las telas de la pobreza. Me traía metros para escenificar los ropajes de algunos cuadros que pinté. ¡Tenía tanta sensibilidad! ¡Me ayudó tanto…!

Tener un tío sacerdote tocayo suyo debió imbuirle un marcado celo religioso que le condujo en la juventud al Movimiento Católico de los Focolares, de Chiara Lubich, junto a grandes amigos como Ricardo García Pérez, que llegaría a ser presidente de Unicef en Andalucía, Jesús García, profesor en los Salesianos de la Trinidad, en Sevilla, donde estudiamos mi hermano Juan de Dios y yo, o la familia Sánchez Triano, de Lebrija…

Hablando de la celebración del Kerigma y de carisma religioso, yo conocí a Luis Manuel en el Arzobispado de Sevilla, durante una jornada del ya lejano 1993, cuando los preparativos del 45º Congreso Eucarístico Internacional entraban en la última fase y Mons. Miguel Oliver Román, secretario general, quiso reunirnos a los colaboradores responsables de la faceta más visual y auditivamente representativa del evento (himno, video, logotipo…).

Luis Manuel, ya entonces un profesional de la imagen produjo y dirigió el video promocional que fue presentado en la Catedral de Sevilla por las autoridades eclesiásticas pertinentes y por el alcalde, Alejandro Rojas Marcos. Con ocasión de la Expo del 92, había hecho un documental sobre la Iglesia en el siglo XX, con guion de José María Javierre. No muchos años después, realizaría otro (VHS), magnífico, sobre el padre Lerchundi, misionero vasco mudado a Chipiona, para la comunidad franciscana del Santuario de Regla, que no pervive en internet. Aun creo recordar otro trabajo sobre el sevillano Hospital de la Caridad. En el velatorio, su amigo y compañero Antonio Borrego recordaba con cuánta felicidad llevó a cabo, junto a Vittorio Emanuele Francescón, la serie documental Conventos andaluces, para el canal autonómico de Andalucía, rememorando su particular devoción por las Hermanas Clarisas de Estepa.

Ya en el universo civil, lo que sí ha sobrevivido en You Tube es su cortometraje Luquita, de 1987, con María Galiana, Idilio Cardoso o Javier Fesser en los créditos. Luis Manuel Carmona fue precoz realizador de cine y televisión, premiado en plena juventud en festivales de Montpelier, Clermont-Ferrand, Bilbao, Elche, etc. Y realizador de exitosos programas de tema sociocultural y gastronómico amén de series documentales como Retratos, pergeñados por la productora Caligari Films, de la que fue socio fundador.

Su talento dio grandes frutos como fotógrafo si bien no asumió un compromiso profesional, lo cual no evitó que muchas de sus fotos fueran publicadas en revistas y catálogos; en algunos míos hay buena muestra de ello. Sin duda alguna, su ojo fue un verdadero ingenio de enorme intuición gráfica y plástica, tal es el poder de la fotografía, y siempre preñado de un espíritu humanista. Luis anduvo siempre enamorado de la poesía de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa, lo que no le impidió disfrutar de Emil Cioran, por recomendación de su fiel cómplice y amigo Vicente Antolín.

Amando como amaba la pintura barroca Sánchez Cotán o Zurbarán—, fotografió bellísimos bodegones de ambiente místico en dramáticos claroscuros con tintes tenebristas y también hizo retratos magníficos en blanco y negro. Fue algo maravilloso poder ver juntos El cordero místico, en la Catedral de San Bavon, en Gante, y el Museo Van Gogh de Ámsterdam. Pero tan enriquecedor para él como para mí fue visitar la exposición de Julian Schnabel en el madrileño Palacio de Velázquez, donde quedó fascinado con su pintura (The Sea) y se hizo devoto de sus telas ¡siempre las telas!gigantescas, texturadas, ahítas de cinabrio y rosa.

Sin dejarme amilanar por razones de modestia y agradecido por su generosidad, quiero referir que sobre mi pintura realizó cámara al hombro dos videos documentales en los que demuestra tener un ojo fotográfico rotundo. También filmó la entrevista que el periodista Pepe Cavero me hizo en medio de mi exposición en el Real Alcázar de Sevilla, en 1999, cuyo máster mucho buscó y nunca apareció.

Un hecho trascendente en su vida fue, según valoración suya, haber conocido al eminente director de fotografía italiano Vittorio Storaro, ganador de tres premios Óscar de Hollywood, que se prestó a formar parte de su proyecto más querido, Descalzo —Fray Juan de la Cruz— que devino en Desierto cuando fue prohijado por la productora Saint Denis, de Ignacio Delgado, y el director de cine Norberto López Amado, que tomó el guion como una auténtica revelación.

Las labores profesionales más recurrentes de Luis Manuel Carmona en los últimos lustros fueron las de guionista y director artístico de películas y series para cine y televisión, a lo que, en realidad, se dedicó desde siempre aunque, con mayor ahínco, desde su colaboración con Antonio Cuadri (Eres mi héroe, El corazón de la tierra), para continuar con Pilar Távora (Madre amadísima), Álvaro de Armiñán (Segunda oportunidad, La caída de Alejandra), Arturo Menor (Barbacana) y otros proyectos y realidades. Fueron muchos los amigos y compañeros que en su velatorio declararon al unísono su admiración por su enorme talento y su aun mayor valía como persona: Luis Fenutría, Vicente Antolín, Antonio Borrego, Manuel Fernández Solís, José María Infantes, Luis Louriño, Rocío Pérez-Mallaína, Alfonso Pleguezuelo, Ana Sánchez Triano…

En estos últimos años su vida profesional giró en torno a la referida productora Saint Denis, en Los Remedios antiguos de Sevilla, el mismo barrio donde nació Rosa, mi mujer, y por el que sentimos un cariño y una nostalgia especiales, en la tradición del mejor Paco Palacios, El Pali, que siempre emociona con su poesía del recuerdo, donde nunca falta el reconocimiento humano hacia los que conforman la historia ciudadana que, aunque pasada, sigue fragante y viva en la memoria, y que es algo contra lo que chocará la mejor inteligencia artificial. Debemos levantar las barricadas del humanismo.

Pero por muchas mudanzas que hiciera, Luis Manuel siempre fue y será de la calle Castilla, cuna de la alfarería y la Soleá de Triana, a la que El Pali dedicó una sevillana única. Desde Casa Cuesta —antes Casa Ruiz—, donde aquella tertulia taurina anual de Díaz-Cañabate, Ramón Pío Carande, José M. de Cossío, García Añoveros o un jovencísimo Ignacio Darnaude Rojas-Marcos, entre otros, hasta la Iglesia del Patrocinio El Cachorro fue el Cristo de Luis Manuel, existen hitos, patentes y memorísticos, como aquel bar de Ballesteros, donde Curro Romero iba a escuchar soleares, o aquella casa del número cincuenta y tantos, donde el alma de Luis Manuel Carmona habrá de bajar a menudo para ovillarse en la fresca cavidad de un lebrillo de barro o sobre una silla de anea mientras haya sillas, anea, casas y Tierra.

Era un polímata del arte en redondo. Su alma inquieta terminará descansando.

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