Muchas gracias, Ginés Sánchez (Murcia, 1967). Muchas gracias, editorial Tusquets. Me ha encantado leer De tigres y gacelas y descubrir a un escritor que no conocía, a pesar de ser español y casi vecino, de mi generación, columnista en los periódicos que suelo leer, ganador del IX Premio Tusquets en el 2013 por Los gatos pardos y autor exitoso de otras cinco novelas. No lo conocía y me ha sorprendido muy gratamente y desde el principio, por hacer arrancar su última novela con voz de chica y sin que le salga mal, logrando que entendamos sensaciones muy íntimas del testimonio directo de una mujer que no es parecida a ninguna otra y a la que la vida le ha pegado crueles zarpazos; “Me llamo Rocío Martínez y tengo veinte años y peso en torno a cien kilos y solo tengo un ojo. La mitad de mi cara no existe. Ya os lo he dicho”.
Rocío habla y el lector la escucha hablar; lo que se siente por dentro y se notó en el ambiente, lo que queda de recuerdo y lo que se alcanzó a pensar, de miedo y dolor extremo, de malos sueños, de algo parecido a amor. Rocío, el Mono y el Chato pensando que se ha acabado la mala suerte y que a los pies del Cristo de Monteagudo van a poder dar el palo a unos muy chungos y que todo va a salir bien. De banda sonora suenan de fondo versos cantados por El último de la fila (“Soy un accidente, un error de medida”, “Dulces sueños, protegido de la noche y de los horrores negros”) que rebotan por las vueltas del cerebro y del sobrevivir.
Empieza el segundo capítulo y Ginés Sánchez es ahora Tania Enríquez, que cree que ha llegado el momento de explicarle algunas cosas a Victoria, la mujer de su amante millonario mafioso. Marcas caras, otro tono y un exhaustivo repaso a la geografía asiática para contarnos los muchos viajes que Tania hizo con Jorge Illescas por el lejano oriente, comprando arte, lavando dinero negro y aprendiendo a cruzar grandes líneas con pequeños saltos. Otra vida, de niña mona viendo paisajes de ensueño y escenas espantosas, con bastante basura aún por digerir.
Y un tercer capítulo que se titula “Las gacelas, mayo de 2022” y que relata los veintisiete días que necesitó el Chino Mendoza, “el que lleva el terror negro en la voz”, para resolver un thriller murciano que discurre entre carriles de la huerta, limoneros, higueras y signos de mal fario. Ginés Sánchez utiliza ahora la tercera persona para narrar cómo dos mundos aparentemente tan opuestos coincidieron en un punto una vez. El personaje del Chino se va haciendo cada vez más grande para hacernos comprender que “donde come tigre no come gacela” y que “el mundo es muy grande y está lleno de rincones, sobre todo para el que sabe que los rincones existen”. Le va a tocar al viejo gitano, enfermo que se muere a chorros, estirar como puede su vida para hacer preguntas y atar cabos. El ritmo es trepidante, el lector se come las uñas, el tiempo se acaba entre urgencias, sentencias, corazonadas, delirios y malos sueños muy bien contados.
Ginés Sánchez, el autor, dejó de ejercer como abogado para apostar fuerte y dedicarse a la literatura. Es esa decisión la que le quiero agradecer. Desde aquí le animamos a que siga por ese camino. Más allá de buenos ritmos narrativos y personajes bien dibujados, tiene una portentosa habilidad para transmitir sensaciones. Posee un repertorio inmenso de imágenes muy potentes, hombres que tienen la tez del “color como de haber desayunado mercurio”, zumbidos de langostas que cavan pozos en el pensamiento, graznidos de pájaros oxidados, aleteos, siseos, golpes en el cielo y carpas que son sacrificadas para pescar al gran siluro.