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TRIBUNA

Aquel mayo francés que marceó de amarillo para mi alegría

jueves 11 de mayo de 2023, 20:02h

Paseando una hermosa mañana de mayo por el bulevar (allées) Paul Riquet de Béziers, entre las fragantes masas de color del mercado de las flores y subiendo hasta el Teatro, embutidos en las frescas sombras de la inmensa arboleda, con su plétora de vida urbana y su cacareo turístico, resulta imposible tomar por cierto lo que en aquella villa ocurrió el día de santa María Magdalena de 1209.

Ya nos iba pareciendo que cualquier tiempo pasado fue el medievo, pero lo que parece indiscutible es que cualquier holocausto es siempre el mismo, lo viva un cátaro de Béziers o Robert Desnos en Dachau, aquel poeta, antes hombre, que se sentía una sombra entre las sombras, y aún más sombra que la sombra misma.

Lean en internet lo que sucedió cuando el cruzado Simón IV de Montfort arrasó la población de Béziers (veinte mil almas) con la excusa de que no escapara de la muerte ni uno solo de los doscientos y pico cátaros que vivían en la ciudad. Y ya disfrutaba el noble marcando a los judíos para que no se les traspapelaran. Pero aquí se trataba de cristianos aferrados al Evangelio de san Juan, tan maniqueos como san Agustín o el monje búlgaro Bogomil, que creían en un Dios espiritual, exento de implicaciones materiales, pues achacaban a la materia el origen de todos los males, lo que les convertía en herejes perfectos. Lean y flipen, pues todo esto dio lugar a la primera Inquisición, caldo de cultivo de las otras que vendrían.

El caso es que yo, a Béziers, llegué en el año de las fanfarrias, 1992, ocho siglos después de aquella calcinación bárbara. Lo hice en medio de una primavera esplendente, con una posmodernidad latente en las noticias culturales de Europa que no permeaba por igual en los rincones del mapa, aunque existiese espectralmente. La belleza se inflamaba bajo la luz cegadora en aquel rincón del departamento de Hérault, caldeado por un sol que, como escribió Baudelaire, ‘cuando, con su poesía, baja a las ciudades, / ennoblece la suerte de las cosas más viles’. Y si bien es cierto que aquel vil holocausto de 1209 hubo muchos en el sudeste francés de la Edad Mediasucedió bajo el pleno sol del verano, poco pareció redimir el astro rey a la humanidad circundante. Por entonces, yo desconocía la historia de la ciudad y, además, la pletórica primavera de 1992 era el atrio de un tiempo de grandes celebraciones. Para mayor abundamiento, para mi verbena personal veinteañera y en los antípodas de la tristeza, yo iba a recoger un premio en el Salón de Artes Plásticas por una témpera titulada Mujer de Sevilla, junto a otros galardonados como Lluís Llongueras que, además de estructurar peinados, ha pergeñado esculturas desde siempre (Javier Sarrió sería premiado al año siguiente).

Nos encantó pasear por Béziers y contemplar la rotunda imagen de la ciudad desde el Puente Viejo, por el que entró la cruel cruzada, o recorrer las Nueve Esclusas de Fonseranes, y eso sin dejar de hacer dibujos de Rosa, como solía hacer allí donde viajábamos. La cosa debió trascender pues cuando, décadas después, fui hasta la Spezia para tomar a Alberto Rolla unos apuntes del natural, éste me aconsejó no perder el tiempo con él ‘un umile gallerista di provincia’ se definió animándome a seguir retratando a Rosa: ‘tu talismán’concluyó.

Aquel viaje, en la primavera de 1992, fue algo grande para nosotros; nuestro viaje de bodas, aunque realizado a priori. Nos casamos en Sevilla nada más regresar. La Société des Beaux-Arts de Béziers, con Marcel Moutou a la cabeza, celebraba las vernissages a ritmo de pasadoble y bajo la regadera de buenos caldos del Languedoc mediterráneo. No había que conducir. De madrugada, como a las dos, salimos para Ginebra, en litera, para asistir a Europ’Art Salón de galerías de arte actual, rezaba la propaganda, infusionado por el crítico Gérard Xuriguera que pertenecía a la nueva hornada europea de teóricos del arte, independientes, entre los que también estaba Luciano Caprile, a quien me presentaría Alberto Rolla, décadas después.

En el salón internacional, la obra estrella era un lienzo de gran tamaño con un par de desnudos femeninos rotundos, original de Tamara de Lempicka: una maravilla figurativa que dejaba muy a las claras el cariz doctrinal del evento: una reanimación de lo figurativo, con gran dilatación de márgenes, afortunadamente. Aun cuando la galería alicantina Juan de Juanes me fichara para una individual que se celebraría en 1994 (El animal espiritual) y el prestigioso marchante Miguel Espel Aldámiz-Echevarría adquiriese un paisaje de mi autoría, la que triunfó realmente fue Rosa; hablo de la mujer, mi esposa, con pintores que la agasajaban al piano y galeristas que descorchaban botellas en su honor; sin ir más lejos, Edmond Rosenfeld, ese músico y marchante tan exquisito y educado, instalado también en la Occitania francesa y después en Moscú, que brindó literalmente por el retrato de Rosa que yo exponía en Ginebra de la mano de Ángel Villanueva y Eduardo Palomares. Se titulaba Amarillo de marzo y Jacques Lugand lo adquiriría al año siguiente para el Museo de Bellas Artes de Béziers, Hôtel Fabregat, aprovechando que el cuadro se exponía en Francia.

Lugand era un prestigioso historiador y connoisseur, y un caballero, que había escrito sobre el patrimonio románico del Languedoc y, apuntando al siglo XX, había razonado la recopilación de los dibujos y acuarelas de Jean Moulin, el ínclito héroe al frente de la resistencia organizada por De Gaulle desde Inglaterra, tan tristemente sacrificado por la Gestapo; un símbolo mayor de la Francia libre que descansa en el Panteón galo. El Museo Fabregat de Béziers no solo custodia los casi quinientos dibujos y acuarelas de Moulin, sus caricaturas —dibujos satíricos bajo el seudónimo Romaniny sus paisajes del Languedoc-Roussillon, sino su colección personal de arte moderno con obras de Dufy, Kisling, Massine, Soutine, Utrillo o Valladon, donada por su hermana Laure Moulin.

‘Pues entre todos ellos está el retrato de su nuera’ le decía a mi padre la señora Cabanes, asistenta de Lugand, cuando llamaba a mi casa en Sevilla (los móviles aún tardarían algo). Edmond Rosenfeld dijo en Ginebra que Amarillo de marzo era otra cosa que un retrato. Me estuve comunicando con él los años siguientes, pero no conseguí verlo en 1995, en Les Oreades de Moscú, su galería en la Tverskaya, próxima a la Plaza Roja; su asistente le hizo llegar mi nota postal de una pintura mía desde Rusia a Toulouse. Curiosidades de la prehistoria de las comunicaciones.

Amarillo de marzo surgió en dos fases con un intervalo de dos meses en los cuales tuve que reponerme de una hepatitis. Por entonces, yo ocupaba un estudio mediano en el barrio sevillano de Nervión, que alguien inopinadamente consideró ‘minúsculo’ en algún opúsculo literario; a buen seguro, no había visto la habitación donde empecé de adolescente en mi casa paterna, donde era capaz de pintar óleos de metro y medio. Lo más importante de Amarillo de marzo es Rosa, más allá del cuadro y hasta más allá del retrato. La sabiduría de Rosa trasciende la figura. Y creo que el amarillo que la viste es el mapa de una impresión que ha vertido mi alma sobre el papel mientras era raptada por la música de Chopin al trabajar; una de esas grabaciones de Radio France que me mandaba mi querido Francisco Picón Moreno desde París y que yo reanudaba al terminar hasta la saciedad. Y, de aquello, algo debió captar Edmond Rosenfeld, el egregio pianista —el artista desbordaba al galerista—, que le hacía sentir aquella obra algo más que una figura.

Estos días me retrotraigo sin hacer mucho esfuerzo a mayo de 1993, hace exactamente treinta años, cuando yo recibía la confirmación de la compra de Amarillo de marzo por cuenta del museo francés. El entonces alcalde de la ciudad cátara, el socialista Alain Barrau me mandaba el contrato de adquisición de la obra tras haber sido aprobada la operación desde París. A mí me pareció algo sorprendente: la seriedad, la diligencia, el empeño… Aún hoy me lo parece. No hizo falta amiguismos ni excusas de cartelería ni de conmemoraciones provinciales u otras gaitas. Fue la voluntad de un experto, Jacques Lugand; la diligencia de un sistema sensible al arte y a la cultura que permitió que aquel mayo francés marceara de amarillo, para fortuna mía.

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