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LA BÁMBOLA

Pablo Zulaica viaja, pita y echa humo

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
miércoles 17 de mayo de 2023, 19:34h

Pablo Zulaica Parra (Vitoria-Gasteiz, 1982) compila veinte viajes en tren donde el cronista salvaje se torna en aventurero y mira a su alrededor como poeta lírico o pintor de ambientes. El libro es un incendio y la letra se parte en dos por los raíles sin perder velocidad: Paisajeros. Veinte viajes en tren y sus protagonistas (Geoplaneta). Pablo Zulaica, atleta de la mirada, reduce el mundo a una ventanilla y privilegia el detalle entre el humo, la historia oculta y negra por encima de la oficial.

Roberto Tailly en la Guatemala del hombre y una mascota singular. El Buscarril entre las ciudades palpitantes de Sucre y Potosí donde los vagabundos bajan al mercado y no siempre esperan volver. Deshielo lento y silencioso de Noruega, viejos mineros del petróleo, días de autostop hasta llegar a la paz de peluche rojo de la butaca, travesía en Oslo a través de un sinfín de círculos polares sobre el estanque nervioso. La India árida, la Ruta de la Seda entre Uzbekistán y Kazajistán, una mochila que habla y el ave rusa posada al hombro como siempre viaja la muerte.

El periodismo vuelve a ser el orgullo de ser pobre, los ojos ricos por la experiencia, letra subida al último vapor americano en la línea de Asunción a Encarnación, Paraguay de perfume en bicicleta y la ruina toda del futuro, somos el tren que no llega y el humo que no está quieto. Lifeline Express el primer hospital sobre raíles que recorre la India desde 1991. Cita porteña en La Plata, motor escuálido y mala combustión, línea binacional de Zaragoza a Pau, Canfranc como la segunda estación más larga de Europa, escaramuza y guerra bélica. Maglev de Shanghái, a 421 kilómetros por hora, máquina toda del tiempo.

El reloj es un caramelo y los pies son dedos que viajan sin tocar el suelo: carreteras que recorren el Camino Real de California hasta el Hyperloop de Elon Musk, 564 kilómetros, tren a diésel y el Iphone apretado. Puentes que voló Lawrence de Arabia entre otomanos y árabes, línea Damasco-Amán-Medina, guerra siria y vida suburbana, lejana Medina donde los saudíes ultiman el Haramain, vagón de los peregrinos. Transiberiano de Julio Verne por la estepa rusa, con lágrima incluida en el lago Baikal, donde Miguel Strogoff no pierde la faltriquera del zar. Mal de amores en la Patagonia que todo lo aplasta y embriaga, de Buenos Aires a Bariloche. El Chepe y la Sierra Tarahumara, mercancía de la Costa Este que llega antes a Asia vía México, gracias a un iluminado. Chihuahua-Pacífico, 2500 metros de desnivel, ruta de Texas con Sinaloa, tajo por las Barrancas del Cobre donde México es bifronte.

Pasajeros que en la India viajan en el techo como orates, pajarracos, monos o gallinas de nuestra posguerra con bigote de picoleto: “Toy train”, a una hora del Taj Mahal. Vida negra en Irán gracias al petróleo que encuentra en el golfo Pérsico un lord transparente por la ginebra que supo pintar en una servilleta la línea Transiraní. Ruta de las esencias, Madagascar, especies endémicas para que Francia pudiera seguir haciendo el amor con mantequilla mientras el pueblo raso pasa hambre, mares de arroz frente a la consiguiente tala de bosque, un tren para que los de abajo puedan cambiar fruta, madera o café por ese arroz que también viaja a Europa entre garrafones de aceite sospechosos de su pasado.

Pequeño Grand Tour de Sicilia: a Taormina en la Circumetnea, un ojo en el Etna por si explota, otro ojo en una vía estrecha de 114 kilómetros interminables, otro ojo en el fin costero y lujoso, otro ojo en los billetes que no tenemos. Camino del dorado Estambul, golpe de Estado en Turquía, los militares toman el aeropuerto de Atatürk, la brújula evita Ankara mientras las playas duermen en calma y las terrazas, ay, siguen oliendo a rico y barato pescado frito, crujiente como una galleta española. Pablo Zulaica es vanguardia del periodismo secreto y sus crónicas salen por piezas en El País y el Mundo (España), El Universal y Travesías (México) y el ABC Color (Paraguay). Su lucha fue porque el texto respirase y pudiese añadir digresiones y gritos de auxilio que eran también bengalas de socorro por lo negro escrito.

“Sería deseable que el lector se bajara de Paisajeros como uno se baja de un tren tras un viaje lejano: en un lugar mejor, siendo algo más sabio, y habiendo visto, escuchado o compartido más. Y habiéndose cuestionado a sí mismo. Hippolytte Taine decía que viajamos para cambiar de ideas. Pero escribir de viajes, como viajar, está lleno de trampas. No hay que irse al extremo del suizo Burkhard, que descubrió Petra para Occidente disfrazado de beduino, para entender que la mera presencia de un viajero quiebra la rutina del lugar, que él también se convierte en elemento exótico y que su forma de interactuar, no necesariamente adecuada, generará otras reacciones fuera de lo convencional del sitio”, reza nuestra biblia. Paisajeros es un viaje con destino y sin llegada, una escritura de escrituras, un otear interminable de personajes, un parpadeo lujoso, una forma de peinarse los rizos con los dedos o un tenedor, la vida a golpe de butaca, locomotora, veranda, suelo o techo de tren. Todo el lujo y suciedad del polizón, “viajar de mosca” decía la Poniatowska, periferia de ciudades, cafeterías de la nada, hoteles tristes, ojos abiertos, autobuses crueles, la factura entera de la nostalgia. Periodismo, traqueteo, alucinación y maravilla.

Diego Medrano

Escritor

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