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RESEÑA

Cárceles de azúcar, de Xenia García, la proyección mental de los relatos logrados

José Manuel López Marañón
jueves 01 de junio de 2023, 09:59h
Cárceles de azúcar, de Xenia García, la proyección mental de los relatos logrados

CÁRCELES DE AZÚCAR. Xenia García. Eolas Ediciones (2022)


Por Cortázar sabemos que el cuento no es casi nunca problemático, que para los problemas tenemos las novelas, que los plantean y muchas veces intentan solucionar. La ineludible potencialidad del relato; el logrado, dice Julio, tiene una proyección que lleva a una apertura mental bien alejada del juego abierto que supone cualquier novela: el «orden cerrado» del cuento –cuya duración e intensidad lo configura– genera un tipo de narración de mayor poso. Hipólito G. Navarro apostilla al maestro argentino: «un cuento es una obra de arte en sí misma, cada uno es un ente. Otros géneros no permiten ese juego con el lenguaje ni la forma». Xenia García aporta su reflexión en Lo dijo Monterroso, primer relato de Cárceles de azúcar (colocado en tal lugar, pienso, a modo de preámbulo): «Si parece un diálogo es que es un diálogo. Si parece un poema es que es un poema. Si parece un aforismo es sin duda un aforismo. ¿Y si no se sabe bien lo que es? Entonces es un cuento».

Ricardo Piglia predijo: «El futuro de la narración no dependerá de la construcción imaginaria de un mapa de los hechos, sino de una combinación de autobiografía, observación y reflexión.» Luego añadió: «Hay una tensión entre la forma breve y la novela que me gustaría materializar en la velocidad y la precisión de la prosa del cuento, trabajar múltiples relatos que se combinen y se expandan a lo largo de un libro».

Todas estas citas sintetizan clamorosamente el quehacer de Xenia García, autora de la estupenda –y sorprendente– galería de cuentos que conforma este segundo libro, Cárceles de azúcar. Que los lectores se pregunten si están frente a una narración de no ficción, ante una peculiar novela o una colección de relatos resulta legítimo tras haber disfrutado con estos suyos, varios encadenados con sutileza –y todos plenos de ritmo y exactitud en su prosa.

El trigo que cae (Talentura, 2017) mostraba en esta sevillana a una competente definidora de los espacios que cimientan las anécdotas: la construcción de ambientes (habitaciones, calles, patios, un autobús, un parque) ayudaba a encontrar el tono de cada relato, a llevar al lector por las páginas de ese libro tan especial. También el ritmo y la respiración del lenguaje, esenciales en el relato inolvidable (casi siempre ramificado en varias direcciones), tienen ya en Xenia García a una consumada maga que sabe moverse con delicadeza por los variados registros narrativos en los que desarrolla sus narraciones.

Insistiendo en tan difíciles aciertos, perfeccionados si cabe tras cinco años de concepción (y exigentes correcciones), los dieciocho relatos que conforman Cárceles de azúcar, vienen fraccionados en dos partes («Ceros» y «Unos»).

La relación amorosa es el asunto más recurrido por Xenia García. Hasta en seis relatos aborda este sentimiento. Así, Hay veces que sí pero no muestra los peligros de conjugar arriesgadamente Tinder con feminismo. En Laocoonte los regalos de las exnovias son percibidos como tóxicos caballos de Troya. Vista cansada refiere los cambios de percepción en la realidad social y de pareja ocasionados por una operación de miopía. Si elegimos ciencias narra los problemas de un divorciado, cuarentón, con las pensiones que debe pasar a su ex (y con sus caballos de Troya). Un hombre como Dios manda presenta a un tipo acomplejado por los recuerdos de su ex que se toma la revancha con esa guía que le ha mostrado la enterrada ciudad de Herculano. Centrándose en la relación entre dos mujeres, Mejores amigas aclara cómo muchas amistades se mantienen a base de fingir sentimientos inexistentes.

En tres relatos de Cárceles de azúcar aparece la infancia. Kudryavka deja caer una inquietante luz sobre esos sueños infantiles que se cumplen, aquí representados por una muñeca. A contrapelo cuenta la vida cotidiana de dos niñas hermanas: una rebelde, sumisa la otra. Y en La muy asistimos a la explosión de rebeldía en un obediente chaval que la toma con un semáforo.

La muerte cobra protagonismo en las tres primeras entregas de la serie Caída libre. La correspondiente a la primavera urde muerte y pérdida de fe. La que se desarrolla en verano presenta el tema del suicidio, y la de otoño, la agonía. Los cuentos son narrados desde la perspectiva de una despierta niña de trece años

La familia es diseccionada en Converse, donde la interrelación entre una hija de VOX, un padre divorciado y el abuelo incontinente resulta poco estimulante. En La jaula amarilla el hermano raro de dos hermanas sueña con crímenes que, teme, sean premonitorios; a través de esa anomalía del varón, se evidencian las dejaciones de los tres hijos con su anciana madre.

El trabajo y sus miserias quedan reflejados en Alternativa 164, donde los problemas con el teclado londinense a la hora de pulsar la letra Ñ provocan una cascada de sucesos a una española. La cuarta entrega de Caída Libre, –la correspondiente al invierno–, presenta a la protagonista de las tres anteriores, ya adulta. Licenciada en Ciencias de la Información y con dos másteres, asesora a un gabinete. Las relaciones con su jefe hacen que Xenia se sienta como uno más de los objetos de adorno que él colecciona en su despacho…

El último cuento de este libro, nuestro favorito, coincide con su título. Cárceles de azúcar –una summa en forma de diario– agrupa a anteriores protagonistas (Valentina, la de las dos amigas; el hermano suicida; la niña obsesionada con una muñeca; la chica que trabaja en Londres; el chico que se rebela ante un semáforo…) para apoyar un relato, narrado desde una óptica varonil, que Valentina pretende hacer con ese tal Sánchez como principal figura. El descarnado proceso de escritura saca a la luz las carencias como narradora, el proceso de decadencia, mental y física, en una mujer madura. Y su soledad. El toque metaliterario emparenta este relato con el primero, Lo dijo Monterroso. Resulta la mejor forma de cerrar un libro original y bello. Insustituible.
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