¿Cuerpos performados o cuerpos gloriosos? En ¿Por qué tanto alboroto por el cuerpo? La perspectiva de una medievalista (Sans Soleil, 2022), la historiadora Caroline Walker Bynum disecciona la corporalidad de la Edad Media a nuestros días: esta problemática ha hecho correr ríos de tinta, pero de una tinta muy reciente, casi húmeda, sin remontarse a períodos antiguos. Además, qué es el cuerpo acapara encarnizados debates: ¿mi cuerpo soy yo?, ¿hay un esencialismo?, ¿existe un cuerpo anterior a la atribución sexual?, ¿resulta separable de la dimensión afectiva?, ¿cuál es su vinculación con el lenguaje?, etc. Quiere recuperar algunas cuestiones que han sido socavadas en las teorizaciones y debates contemporáneos, que enlaza con su carrera académica como medievalista, período en que no existía una noción unívoca de lo que fuera el cuerpo, como tampoco ocurre hoy, y que ni mucho menos lo despreciaban, como a veces parece sostenerse.
Uno de los motivos que planea en el conjunto del texto es la pervivencia del yo, tanto en lo material como en lo temporal, que es un tema recurrente en la ciencia ficción, dentro del ámbito literario, y en los experimentos de pensamiento, dentro de la filosofía de la mente: ¿seguiríamos siendo nosotros si nos encarnáramos en otra sustancia o en otro tiempo? Muchos productos culturales de nuestra época (Altered Carbon o Mindscan, sin ir más lejos) tratan no solo de nuestra pervivencia como yoes, sino de la muerte, aspecto que entiende que se ha pasado bastante por alto; es decir, tratan sobre la posibilidad de que el yo escape a la muerte. Así, introduce preguntas clásicas en torno a la identidad personal: ¿qué es lo que me individualiza?, ¿qué sustenta la permanencia espacio-temporal?, ¿puede haber una persona si ya no hay cuerpo?, ¿existen elementos para verificar que alguien sigue siendo alguien fuera de su cuerpo? Vincula, entonces, cuerpo y muerte. Añade que la cultura popular ha hecho hincapié en tres cuestiones que no han sido lo suficientemente tratadas desde la academia. «Las llamaré identidad, materia y deseo» (p. 37); tríada que recorre la obra, y con la que logra poner en relación algo tan contemporáneo como la posibilidad de volcar nuestros yoes en aparatos de software y ciertas constantes medievales como las reliquias.
Otro punto fuerte del libro es el ataque de Bynum a la clásica atribución de «dualismo» al mundo medieval desde tres frentes. El primero de ellos es que aun cuando teólogos y filósofos hablaban de cuerpo (corpus) y alma (anima) no lo hacían en los términos del dualismo mente/cuerpo cartesiano y posterior, ya que de hecho, entiende, la mentalidad dualista no se hallaba en el humus del pensamiento: se discutía, por ejemplo, la multiplicidad de las almas o la tripartición cuerpo-espíritu-alma. En consecuencia, preguntas sobre si el dolor es corporal o mental no habrían sido comprendidas por estos pensadores. Nos recuerda que los escritos en torno al desprecio del mundo solían acompañarse de otros en torno a su gloria, sin obviar que la resurrección se colocaba muchas veces en el propio cadáver que reposaba enterrado. Su propio argumento será el siguiente: «La extravagante atención a la carne y la descomposición característica del período no es tanto un ‘volar desde’ como una ‘inmersión en’». Es más, «asumían que la carne era el instrumento de la salvación» (p. 48). El tercer motivo para no calificar al pensamiento medieval como dualista es que conceptos como corpus, mundus o materia no pueden leerse en términos femeninos; si acudimos a las fuentes, nos sirven para afirmar una cosa como la contraria, o sea, en ocasiones existe asociación entre el cuerpo o la materia y la mujer, pero otras veces no. Rasgos comprendidos como femeninos eran empleados en la literatura de la época para caracterizar a Dios como proclive a la crianza. Y aunque bien podemos hallar afirmaciones como la de Pedro Damián para quien abrazar un cuerpo femenino era como abrazar un cadáver putrefacto, encontramos al mismo tiempo una sentencia como la del Papa Inocencio III que remontaba nuestros orígenes al «vil esperma», conectando la putrefacción con el género masculino.
En lo relativo a la identidad, el pensamiento medieval enfocaba la persona como un compuesto de cuerpo y alma; esto condujo a que desde muy temprano, dentro de un cúmulo de creencias fantasmales, espirituales, etc., se produjera una conexión entre el alma del difunto, que reposaba en la tierra como cuerpo, y ese mismo cuerpo. Así, Bynum pone en juego asuntos como la resurrección de la carne, la bilocación, las perspectivas de Orígenes y Santo Tomás, la posibilidad de que las imágenes actúen a la manera de cuerpos, etc. Por otro lado, se afirmaba que el cuerpo del relicario o de la tumba ya era el cuerpo resurrecto, lo que justificaba que pudiera dividirse, creencia que arraigó en una época en la que las persecuciones a cristianos eran habituales y conllevaban torturas con desmembramientos y operaciones similares, «porque Dios había prometido la resurrección para todos los cuerpos en cualquier condición en la que se encontrasen» (p. 70), que tan bien tematizó Paco Bezerra en el inicio de su drama sobre Santa Teresa de Jesús Muero porque no muero. Se percibe que la identidad de la persona no se subordinaba a la continuidad material de la misma, planteamiento cercano al transhumanismo de las últimas décadas. Caroline Walker Bynum demuestra que el pensamiento medieval no estaba anclado en el dualismo ni en el esencialismo, de ahí que halle conexiones claras con nuestro presente, aunque sin justificar el abordar a los textos o autores de la época con nociones del siglo XX o XXI. Y es que ya lo escribió Spinoza y se ha repetido en tantas ocasiones: nadie sabe lo que puede un cuerpo. O como los versos de Antonio Colinas: «Quizá hemos jugado con los cuerpos. / Quizá hemos jugado con las almas».