Luna de papel es una novela que Mitsuyo Kakuta publicó en 2012, y que transcurría en el Japón de los primeros años noventa, los años del terremoto de Kobe, el ataque de gas sarín en Tokio y la burbuja económica. Eran los años de intereses cero, de música funk y tecno, de la explosión de las exportaciones japonesas por el mundo, de la esperanza de que el crecimiento económico no tuviera final. Las japonesas jóvenes se paseaban por las calles con bolsos de Louis Vuitton y chaquetas de Chanel, y los hombres fumaban como pequeñas factorías, se emborrachaban con compañeros los viernes por la noche hasta desplomarse, y trabajaban hasta caer víctimas del karoshi. Cada noche se asistía al espectáculo de verlos volver a casa: vestidos siempre con trajes oscuros, primero eran un reguero de hormigas saliendo de la estación del metro hacia sus casas, luego una luciérnaga en la pequeña terraza mientras fumaban el último cigarrillo antes de dormir. La mujer estaba ya en la cama, tras hacer las tareas de casa, este es el escenario de la novela de la autora japonesa.
Mitsuyo Kakuta, nacida en 1967, es otra más de la brillante pléyade de escritoras niponas contemporáneas. Ha recibido el premio Noma, el Naoki y el Chuo Koron, tres de los más prestigiosos premios literarios de novela en Japón. Sus temas suelen ser las angustias internas de la modernidad, y sus protagonistas son mujeres que luchan contra la sociedad por llevar a cabo sus deseos. Pero estos deseos son siempre profundos y encubiertos, y responden más al ámbito de lo subconsciente que de lo consciente. En La cigarra del octavo día, brillante novela anterior, una mujer joven roba un bebé y huye con él. En Luna de papel, otra mujer, Rika Umezawa, desfalca un banco y se ve obligada a huir a un país extranjero.
La razón para hacerlo no es exactamente tener más dinero, sino huir. Huir de su casa, de su marido, de su destino, de su amante. Huir de ella misma. En esa huida, el lector asiste a la cartografía de la sociedad japonesa: su marido, su amante, sus amigas del colegio, las familias a las que ha estafado. La autora va relatando este paisaje ofreciendo nada más comenzar el final al lector, llevándolo al spoiler, para desde allí, lentamente, con una narrativa tradicional pero muy efectiva ir avanzando por la inanidad del consumismo, la artificialidad del dinero, el vacío más absoluto de hombres y mujeres y de las instituciones sociales que los sustentan.
Es, a la vez, un libro inocente y demoledor. Inocente porque es el relato de una mujer y su zambullida en la superficialidad y el crimen, como puede haber muchas; demoledor porque al final el lector adivina que Rika Umezawa y su entorno es el de todos nosotros. Una historia conocida, hilarante a ratos, pero que no se queda en la inutilidad o la toxicidad de querer ser algo que no se es. La vacuidad de la protagonista se proyecta sutilmente, sin muchas alharacas, y lo que era un crimen acaba siendo el horizonte de la intriga y del deseo de los demás.
De alguna forma, es como si Mitsuyo Kakuta ligara dos formas de existencia: una la banal, y otra la trascendente, y como si su personaje, Rika, no tuviera salida alguna en ninguna de las dos dimensiones, más que seguir huyendo, como si todo fuera un engaño, una luna de papel.