Mediático donde los haya, ni los libros ni las declaraciones de Michel Houellebecq (Saint-Pierre, isla de La Reunión, 1956) dejan a nadie indiferente. Su última polémica ha venido dada por su intervención en una película de contenido erótico, debida al colectivo holandés Kirac, y su batalla para pedir a los tribunales que impidiera su distribución, pues el escritor galo adujo que dicho colectivo no se había atenido a lo pactado. Una controversia, en medio de acusaciones mutuas, que se suma a otras muchas. Una reciente le enfrentó al responsable de la Gran Mezquita de París, quien le denunció por azuzar el odio contra los musulmanes, un asunto que no es la primera vez que le salpica. Aunque en el caso de la Gran Mezquita, las dos partes llegaron a firmar la paz, sabido es que el islam no es precisamente santo de devoción de Houellebecq. En una de sus primeras novelas, Plataforma, salía a colación el yihadismo y en Sumisión, publicada en su país en 2015, nos sumergía, en un ejercicio de política-ficción, en una Francia gobernada por el partido Fraternidad Musulmana. Y ha llegado a afirmar que “el islam es la religión más estúpida que existe”.
No discurre jamás Michel Houellebecq por la senda de lo políticamente correcto y no sería extraño que algunos de los nuevos inquisidores abogaran por su cancelación, esa plaga cada vez más extendida. Políticamente incorrectos son los trabajos que forman este volumen, algunos ya recogidos en un libro anterior, Intervenciones, -publicado también en Anagrama, cuyo catálogo incluye prácticamente toda su producción novelística, ensayística y poética-, añadiéndose ahora textos nuevos.
De variedad de asuntos, siempre bajo una óptica personal que no se adapta a lo tópico ni estipulado, se ocupa Houellebecq: literatura, cine, filosofía, política, sociedad... Así, por ejemplo, pone en la picota a su compatriota, el poeta, de cuño surrealista, y guionista Jacques Prévert. Con el artículo dedicado a este, “Jacques Prevert es un imbécil”, arranca la recopilación. Luego, entre otras cuestiones, analiza la arquitectura contemporánea, el cine mudo, la prostitución, el impulso creador, la jubilación, el feminismo, la religión, los vídeos hot, las “fechorías de los intelectuales de izquierdas”, la lectura: “Seguiré leyendo hasta el día de mi muerte; puede que deje de fumar, seguro que dejaré de hacer el amor, y la conversación con los demás perderá interés; pero no puedo imaginarme sin un libro”...
Por otro lado, revisten especial interés algunas de las entrevistas realizadas a Houellebecq que aquí se incluyen, pues nos permiten conocer en primera persona numerosos aspectos de su trayectoria vital y literaria. Y, sin duda, nos dan claves sobre su universo y preocupaciones que conectan muy bien con las nuestras. Porque Houellebecq nos es un mero provocador, que busca epatar. Examina con lucidez la sociedad contemporánea, su malestar: “Lo mínimo que podemos decir es que la gente ya no sabe cómo vivir. El caos es tan profundo, el desarraigo está tan extendido, que ningún modelo de comportamiento heredado de siglos pasados parece aplicable a los tiempos que vivimos”. Y nos plantea un tema capital, que no puede soslayarse, pese a que sea irresoluble: la existencia del mal y su relación con el bien. Y le da una vuelta de tuerca, pues no es el problema del mal, como suele creerse, lo llamativo, sino su reverso: “Si hay una entidad que está como pez en el agua en el mundo, que encontramos en él sin la menor sorpresa, cuya existencia es cualquier cosa menos problemática, es el mal [...]. El bien existe, absolutamente, igual que el mal. Y es esa existencia, absolutamente contraria a cualquier ley natural, esa existencia contraproductiva desde el punto de vista biológico, lo que en realidad plantea un problema”.
Houellebecq es pesimista, afirma taxativo que “el universo se basa en el sufrimiento y el mal”. No es extraño que entre sus cineastas predilectos se encuentren Murnau y Dreyer. Y en su ensayo sobre Lovecraft leemos: “Es obvio que la vida no tiene sentido. Pero tampoco la muerte. Y es una de las cosas que hielan la sangre cuando uno descubre el universo de Lovecraft”. Aunque quizá el dolor y esa falta de sentido se pueden aminorar gracias a la literatura que “puede con todo, se adapta a todo, escarba en la basura, lame las heridas de la infelicidad”, a esa presencia del bien, y a que “lo único que puede mantenernos con vida es el sentido del deber”.