Los logros del ente LGTBIQ+ (++…) no son cosa fútil y España tiene su gran parte en el progreso alcanzado. España es un país progresista en la capacidad mudable de su piel colectiva, en la activación de su ser en el mundo y por la conciencia mediterránea universal que tiene de la existencia social como plaza mayor soleada y diálogo, y siempre que su realidad de región europea democrática no sea extorsionada. Y esto último no sólo desde macroestructuras de poder, sino desde ese poder que viene inoculado panfletariamente desde sí misma para determinar la balanza política del futuro y que es artilugio interesado de parte por casi todas las partes.
La ropa interior de la conciencia libre de los españoles está valiente y empáticamente aseada a base de tolerancia y oficio de supervivencia. La táctica de sobrellevarse uno en medio de la sociedad —prejuiciosa y determinada— la da Azorín (José Martínez Ruiz) por boca de Baltasar Gracián: ‘pensar con los menos y hablar con los más’. Y esta premisa la cumple nuestro país con naturalidad, porque lo que mejor dominamos no es el arte de pensar sino de charlar, que es el mejor método de ordenar las ideas que se nos amontonan, las nuestras propias y las adquiridas en el trasvase de los ego-sujetos que entran en la plática. Definitivamente, charlando se cimenta una sólida finca social, con clara conciencia del ser en el mundo con los otros, desobjetivizando el Ser Otro que se constituye en pleno sujeto (Merleau-Ponty).
Es en el tejido de la singularidades donde se ven los lamparones de la conciencia española, que, en ese caso, es conciencia individual o de manada pero no universal. Esto no quiere decir que en otros países no exista la intolerancia; en todas parte cuecen habas, incluso se recuecen. Las tropelías de los intolerantes quedan expuestas mundialmente por su misma cínica actitud —cuando no criminal— en asuntos de racismo, intransigencia y abusiva superioridad de fuerza o voluntad.
El pensamiento occidental ha debatido desde la Ilustración si esta maldad social es innata o tiene, acaso, causas ajenas deterministas que obedecen a la propia estructura sociopolítica del mundo que encadena la conciencia original —primitiva— del hombre, distorsionándola y disfrazándola de cualquier otra cosa menos de libertad y consecuente tolerancia.
‘Nosotros no vamos; nos llevan’, es un razonamiento de Montaigne que leo en un artículo de Azorín, pues Luis María Anson me revive el interés por el gran escritor español del 98. Tanto Montaigne como Azorín resultarían en esta plaza convidados de piedra pues a ambos les hacía repicar la campana de la pasión el género opuesto, según decían, mientras aullaban desde la ergástula del matrimonio, al que, según Montaigne no fue, le llevaron; dice Azorín que el francés se dejo llevar por no contrariar la costumbre. Paradógicamente, otros que hubiesen dado su vida por unirse en matrimonio estaban legalmente incapacitados; hoy pueden cumplir sus voluntades en casi cuarenta países; el último, Andorra.
Hablando de limitaciones de libertad y derivadas intolerancias, saco del Prefacio interesantísimo (manifiesto de 1922) unas palabras de Gorch Fock (Johann W. Kinau) citadas por el gran poeta brasileño Mário de Andrade: ‘Toda canción de libertad viene de la cárcel’. Ciertamente, en la esclavitud fermenta el orgullo del futuro liberto con la alegría de poder llegar a ser lo que se es, sin máscaras ni encubrimientos, despojado ya de los grilletes, pues la máscara es un paso entre la esclavitud y la luz final. La máscara es aún parte de la sombra.
Yo soy Gay; soy lesbiana; trans… Yo soy negro. Igual que dijimos: Yo soy Charlie Hebdo. Aún sigue siendo necesario. No lo soy sustancialmente hablando; ni tan siquiera estoy seguro al cien por cien. Sí lo soy originariamente, en lo relativo a una esencia primaria compartida por todos los seres humanos en la que todo ser era—por—venir, cuando en lo Uno estaba contenido todo lo que habría de existir. Además, el arte como desmaterialización conceptual materializada te permite ser lo que podrías haber sido y no pareces ser.