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TRIBUNA

Los cantos y las sombras de África

martes 18 de julio de 2023, 19:32h

Dicen que en Ghana los médiums bailan con los dioses. Y dicen que estos entran y salen de las entrañas de los poseídos como Pedro por su casa. Las señales de esta batalla contra la posesión son los espumarajos que les salen de las bocas, más mágicos que nauseabundos. La magia ha sido la segunda naturaleza del continente, pero ha habido otros avatares en su destino. Más hacia el centro y en otras latitudes, son las deseadas entrañas del mismísimo África las arañadas. Aquí la ambición amordaza al rito. Son distintas formas de posesión y sacrificio.

A África se la esquilma desde hace siglos. Si su castigo es el expolio, su analgésico es el canto. Los cantos de sombra de la Negritud que ofrecieron al mundo los grandes poetas, Léopold Sedar Senghor, Aimé Césaire y Léon-Gontran Damas, lograron impedir la caída del continente en el abismo del olvido, como dijo N’bare Ngom. Más tarde, fueron Senegal o Cabo Verde los que mantuvieron vivo el pulso de África en el mundo a través del ritmo y la poesía, la de los pobres. Ahora, los jóvenes pintores y escultores nigerianos reclaman su lugar en Londres o Nueva York. Pero dicen que el mundo no te olvida mientras tengas algo material de valor que dejarte mangonear.

A Senghor lo entrevistó Luis María Anson en junio de 1965. A mí me quedaban veinte días para nacer del vientre de mi madre, Juana, en La Viña de Cádiz; tuve que esperar un poco para leer la magnífica entrevista. Se percató Anson de que la manos del senegalés volaban al hablar, lejos —decía— de la cortedad gestual de los hombres de poder. Entre todo lo que le contó el gran poeta al gran periodista —el mejor escritor del periodismo español, según Azorín—, resalta su juicio del ser africano: emoción sobre razón, dialéctica de grupo, espíritu religioso y omnipotencia del ritmo, ese que justifica plenamente toda poesía.

Pero desde el seco prosaísmo de la historia, diríamos que se le han amañado demasiado las entrañas al continente y a plena luz del universo; Dios debe haber tomado nota de la felonía. El continente ha vivido en agonía entre colonias, sociedades intervencionistas y gobiernos propios corruptos, muchos de ellos baronías de cuatreros. Dueñas del destino africano, las tropas occidentales de castigo salían, en el pasado, con sus tesoros a lomos de mula. Un viaje sin retorno, con el amparo de la ley occidental. Se puede retornar con buen ánimo a Brideshead, o a la Costa del Sol, pero no a aquella Costa de los Esclavos; no, al menos, sin la ayuda de los misioneros, cuya labor, por otra parte, no siempre supieron entender los africanos.

El africano es un continente sin contención posible; nadie puede contener el expolio, otrora punitivo (eufemismo de atraco descarado). Nadie puede detener el éxodo; todo en él es naufragio, dispersión, desesperada canción de remos… Velatorio oceánico, abisales fosas comunes… ¡Dios bendiga a las organizaciones humanitarias que abren sus brazos y superan las fronteras!Predican en el desierto de Gibraltar.

A muchos les gustaría que África callase, ‘distante y dolorosa como si hubiese muerto’ (verso de Neruda). Pero África no da respiro a su canto —grito ritual, ya ensordecedor, ya ahogado— en medio del fulgor de su sombra. Porque África es el único lugar donde la sombra refulge; el primer lugar donde los árboles alojaron espíritus y ritmos musicales; el dueño absoluto de la prehistoria, aquella anarquía que el hombre logró domesticar cuando el deseo animal fue frenado por el interdicto sagrado. Arrastrando sus despropósitos evolutivos, como el machismo de las sociedades secretas que custodiaban la valiosa información de los pueblos africanos. Las mujeres quedaron al margen. De machismo lo sabemos todo en Occidente.

Dando un enorme salto histórico, resulta trágico que la esclavitud actuara avergonzando la virilidad de los hombres aun no siendo lo peor—, tanto como el colonialismo avergonzaría a los reyes africanos ante sus pueblos al desposeerlos de sus poderes y sus tierras. Y esto aunque el mismísimo Livingston hablara de incorporar a los negros a la gran familia humana, regulando el comercio de la esclavitud. El cinismo de la historia como garantía.


Aun dolorida, África sigue cantando sobre una colina gigantesca de hormigas voraces. Continente carcomido que sigue conjurando la fuerza vital del mundo en rituales alucinógenos, que es la única filosofía que se permitieron quienes fueron excluidos del progreso; filosofía supersticiosa, la más vieja raíz antropológica de este mundo nuestro, que se ha forzado a sí mismo a pensar artificialmente hasta el final de los tiempos, pues siempre cuestionó los límites de la naturaleza, de la suya propia. Por lo mismo, la miseria ha mantenido en pie la medicina tradicional, única permisible en África para la gran mayoría.

Hemos dejado de ver en las pantallas imágenes de las hambrunas africanas: aquellas criaturas sin aventura, todo ojos desgañitados. Ojos como planetas helados desprendidos de sus órbitas. Sus porvenires estaban enjaulados por sentencia imperial, como los esquilmados tesoros artísticos de sus pueblos. Sin duda, los mayores tesoros eran los niños mismos. Lo son. De este lado, anunciábamos su desesperada realidad para disminuir la fiebre de nuestra culpa; fiebre de sentir, la llamó Pessoa. Luego, unos asimilan la fiebre y la orinan, indiferentes; otros, sienten las náuseas de la impotencia ante una gran injusticia. Pero ante la muerte irresponsable de un semejante, todos intuimos nuestra propia podredumbre como seres humanos; somos la podredumbre misma pues, como decía san Agustín, venimos al mundo entre heces y orines. Ahora toca la angustia por ese grano ucraniano que puede ser el último y podría rematar la terrible crisis humanitaria del Cuerno de África y su vecino asiático, Yemen, donde han fallecido casi trescientas mil personas a causa del hambre en esta ultima década de guerra civil. También el África Occidental vive su propia crisis.Cuando se teje el lenguaje con los hilos del dolor ajeno, se advierte nítidamente que a uno le pertenece, en gran parte, dicho dolor. Del mismo modo que sólo los dueños de su propia historia tienen permiso para reírse de sus hambres pasadas en África hay ejemplos rituales—, sólo uno tiente la posibilidad de localizar sus dolores; el mío es tan africano como europeo; por origen, por deseo libre y por mismísima humanidad compartida.
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