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TRIBUNA

Pedro y el lobo, y un pozo inagotable de credulidad y olvido

domingo 06 de agosto de 2023, 19:56h

“Lo decisivo ocurre en las miradas, dijo la ilusión óptica”, Uwe Tellkamp (La torre)

Acaso el error analítico que daba por adversamente tocado al PSOE haya provenido de considerar como cultural lo que en realidad era más bien emocional, psicológico (propagandístico) al servicio de la perpetuación en el poder (el poder por el poder mismo: sus privilegios, provechos, control); consistente en la creación de una sima para separar a “unos” de “otros” indefectiblemente, a la vez que engulla en un silencio rotundo, hecho de ruido de mediocres gestas, de honores sin lustre, y de escrúpulos de fantasía, a quienes aún se aferraren a aquello de evaluar los argumentos, de considerar los hechos y las circunstancias, de atesorar la memoria; en resumen, a quien no sólo piense, sostenga, lo opuesto, sino a quien ejerza el escepticismo, la duda.

Si no hay más objetivo que perpetuarse, que untarse de impunidades y de los fastos a cuenta del contribuyente, si se está huérfano de proyectos – traer de regreso batallas pasadas ya ganadas como novedosas urgencias, ejercer el clientelismo, son algunos de los cínicos sustitutos de lo inmediato, de lo necesario –; la vieja estrategia de dividir para imperar parecía el recurso evidente, sencillo.

Después de todo, indicaban James Druckman, Erik Petersony Rune Slothuus (How Elite Partisan Polarization Affects Public Opinion Formation), “la polarización estimula el razonamiento partisano motivado [la tendencia a buscar información que confirme las creencias previas, a considerar las pruebas coherentes con las opiniones previas como más sólidas o eficaces y a dedicar más tiempo a discutir y descartar las pruebas en desacuerdo con las opiniones previas, independientemente de su exactitud objetiva], lo que a su vez genera una toma de decisiones que se basa más en los apoyos partidistas y menos en los argumentos de fondo”.

Es que, en el fondo de esa grieta, no sólo no hay argumentos, sino vaya a saber qué vergüenzas mayores que las ya ventiladas sin mayor sonrojo e intranquilidad de sus votantes.

El contenido deja, pues, de importar. Es el sencillo eslogan-continente, el envase, como aparejo emocional, lo que mueve al adepto; como un abrazo ominoso que falsifica afecto o disposición, seguridad; sinceridad. Pero funciona. Quizás porque el individuo parece verse promovido a un rol de una suerte de gestor de la verdad, o emisario de la bondad o adalid de la moral – a pequeño dictador, vamos. No en vano decían los mencionados autores que un ambiente polarizado también “hace que la gente considere sus opiniones como más importantes” – aunque estas opiniones “tengan menos fundamento sustantivo”. Y se ha demostrado que esta “importancia de la actitud afecta a una serie de comportamientos, como la voluntad de persuadir a otros o de actuar en nombre de una causa”.

Y como toda división, esta también reclama adhesión incondicional a una supuesta ideología - sin mucho ideario, realmente; las ideas, después de todo, no pueden competir con la emoción, con la sensación de “estar del lado correcto de la historia”, de la certeza moral de la “causa” sin más objetivo que mantener en el poder a unos líderes – que, juran, son guardianes, es más, la personificación, de todo lo que es bueno - de un nivel tan lastimoso como los ardides que utilizan para permanecer.

El más bajo de tales trucos es sin duda precisamente esa cruel y ominosa división entre “Ellos” ante “nosotros” porque habrá de sobrevivir a sus fundadores y promotores, extendido sus nocivas consecuencias más allá de cualquier posibilidad de reclamación de responsabilidades. Una fragmentación que ni siquiera requiere definir la propia identidad, en tanto en cuanto esta quedará determinada por la caracterización de ese “otro” incorregible: el “fascista”, “franquista”; el que se mueve por espurios intereses en clave de exclusivista beneficio económico; el que rechaza todo lo que es justo, noble, fundamental - humano. Qué será el “nosotros” sino la imagen inversa de esa abyección: la impoluta bondad hecha política – liderazgo y militancia (obediencia).

Una dicotomía que permite anular el movimiento: se reacciona frente a la ficcional otredad recalcitrante. Y en esa quietud es precisamente en lo que se prevalece: los incondicionales domesticados en la eterna espera de la aparición de los tártaros que siempre están por llegar (“a por tus derechos, tus ahorros, tu futuro”).

La amable coerción

Una separación que se efectúa, como explicaba Jacques Ellul en su Propaganda, The Formation of Men’s Attitudes, a través de la propaganda. Quizás aquella que vierten los medios afines al partido que alguna vez fuera socialista, y obrero, y español, y que ya sólo parece ser estructura personalista – de esas que han degradado a tantas sociedades, estados. En este sentido, decía Ellul que quienes leen y escuchan la prensa de su grupo (no existía aún el acelerador y magnificador social que suponen las redes sociales) ven constantemente reforzada su lealtad: “Aprenden cada vez más que su grupo tiene razón, que sus acciones están justificadas; así, sus creencias se refuerzan. Al mismo tiempo, esa propaganda contiene elementos de crítica y refutación de otros grupos... Como resultado, la gente se ignora cada vez más. Dejan por completo de estar abiertas al intercambio de razones, argumentos y puntos de vista”.

De manera que, proseguía Ellul, la doble injerencia de la propaganda, demostrando la excelencia del propio grupo y la maldad de los demás, produce una compartimentación cada vez más estricta de la sociedad. Y ello ocurre porque “la propaganda suprime la conversación; el hombre de enfrente ya no es un interlocutor, sino un enemigo. Y en la medida en que se rechaza ese papel, el otro se convierte en un desconocido cuyas palabras ya no pueden comprenderse”. A la vez que, claro está, el propio grupo se cohesiona, constituyendo, como decía el propio Ellul, “una especie de sociedad en la que todos los individuos son cómplices y se influyen mutuamente sin saberlo”.

En definitiva, la propaganda “le proporciona [al individuo] un sistema completo para explicar el mundo y le ofrece incentivos inmediatos para la acción. … A través del mito que crea, la propaganda… estimula en el individuo un sentimiento de exclusividad y produce una actitud sesgada. […] Esto explica la actitud totalitaria que adopta el individuo -allí donde se ha creado con éxito un mito- y que no hace sino reflejar la acción totalitaria de la propaganda sobre él”.

Todo reducido a “ellos” frente a “nosotros”; es decir, lo negativo frente a lo positivo. Y el individuo reducido a elemento de estadística, de consenso, de muchedumbre. En medio nada.

Porque el titubeo y la duda (dentro de ese “nosotros”) son instancias que quedan ya muy lejos. De hecho, Lindsley Boiney, Jane Kennedy y Pete Nye (Instrumental Bias in Motivated Reasoning: More When More Is Needed) señalaban es bien sabido que, una vez tomada una decisión, las personas reinterpretan la información a favor de la alternativa elegida para reducir la “disonancia cognitiva”, es decir, la sensación de malestar por haber hecho aparentemente una elección desacertada.

El ciclo de mentiras y traiciones, así, puede perpetuarse sin problema mientras el objetivo supremo - frenar el “avance del fascismo” -, se presente inmediato, urgente.

De todas maneras, como ya lo decía Michel de Montaigne (Ensayos) – oh, sí, siempre hay que volver a él; y otros como él (Savater, Aron, Berlin, Revel, tantos más) -, “cuando inventan todo enteramente, en tanto que no existe impresión contraria alguna que choque con su falsedad, parecen tener menor riesgo de contradecirse”. De forma que la mentira y el engaño, a lo sumo devienen un “cambio de opinión”, un “giro pragmático” (y aplauso del público). Así, las disonancias, contradicciones quedan superadas por el credo: por los “fascistas”, o lo que toque, que acechan allende la trinchera ideológica. Qué importa si la lista de traiciones de los propios líderes es larga, si su contenido amenaza la propia estabilidad, y la insinceridad de aquello que se dice defender; si allí merodea el fantasma de Franco y sus muy contemporáneas huestes.

Qué importa si todo, absolutamente todo, sirve para subrayar el abismo “moral” que separa a los unos de los “otros” y para ahondar en la inhabilitación del “Otro” (su proyecto, su voz). El listón de lo razonable, del rigor, de la duda, de la honradez, inutilizado al nivel de la conveniencia – para desvirtuar al “otro”, para hacer inaccesible su argumento, aunque esté a un golpe de tecla.

Es cierto que nadie ha obligado a votar en tal o cual sentido, a convertirse en repetidor del eslogan, de la diatriba (que también es consigna – y acaso la más importante de todas), a realizar la mímica de la adulación (ni la del encono con ese “otro” ya abstracto). No. Al menos no en la manera en que se da una orden; ni siquiera como se pide un favor. Sino lentamente, masajeando el ego moral – forma barata del clientelismo –, se van creando los adeptos al bando; permeando en la escala de valores para suplantarla con el marco valorativo propio (es más importante luchar contra el “fascismo” que, por ejemplo, la disminución real del poder adquisitivo).

En definitiva, se logra la docilidad de las voluntades imponiendo la apariencia por sobre la realidad – el deseo, la promesa (así como la infaltable amenaza) como eventos consumados por el mero hecho de pronunciarlos. Algo que se logró desde el mismo momento en que se instaló la idea de que los tártaros no sólo vienen, sino que han estado controlando nuestras mismísimas murallas.

Puede adoptar el aspecto de un conflicto cultural, por supuesto; pero ello porque la propaganda se sirve de todo para ahondar en su división, para extender su alcance, su potencia. Pero detrás parece haber algo más sencillo – y quizás por eso mismo, más esquivo - que un cambio “guerra cultural”: un grupo de mediocres que hicieron de la política su feudo (y sus palmeros mediáticos y los oportunistas de turno), y que, para mayores males, han alcanzado efectivamente el poder. Y hacen lo único que saben hacer: utilizar su falta de escrúpulos (como si de una virtud se tratara) para asirse a ese privilegio (jamás servicio): de ahí, pues, la necesidad disminuirlo, y rápido, todo a su condición: “en el mismo lodo todos manoseaos”. La división deviene cada vez más necesaria; es decir, más profunda, insalvable: más importante que los individuos que ha de separar, lo absorbe todo: contradicción, memoria, anhelos…

Pedro, entonces, puede seguir gritando “lobo”. La gente, olvidada de cada uno de los falsos avisos previos, le sigue creyendo y acude a su llamado, pareciéndose, cada vez más, a las propias ovejas que el joven cuida (o dice cuidar). Quizás termine tratándose de otra historia; una en la que el lobo es, en realidad, Pedro. El objetivo de tal artimaña ante un pueblo dócil y desmemoriado parece obvio: la “buena nueva” ya está muy avejentada para andar creyendo en cuentitos.

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