“…En los comienzos de una decadencia social, por cualquier aspecto de la vida de una sociedad, se puede establecer una responsabilidad concreta y señalar un responsable; pero si se somete a estudio esa decadencia al cabo de algunos años de comenzada, ¿Quién será capaz de discernir y castigar culpas ni de premiar inmaculadas inocencias?
Pues así en esta situación de nuestro teatro, si se puede señalar tal o cual pecado de origen, una u otra infección inicial, ¿Cómo definir hoy si los autores se achican porque el público se ha empequeñecido, o si este achicamiento es fruto de aquel, ni si la crítica es digna de los criticados, o si son estos los que buscan el nivel de aquella? La única conclusión en que se puede parar es que en esta decadencia particular del teatro, como en la general de la nación, todos hemos puesto nuestras manos, y nada se remediaría con que uno la levantase para darse golpes de pecho, mientras los demás dejaran las suyas donde están, y en huelga las conciencias…
¿Pero da usted por sentado que estamos en un período de decadencia teatral?... Diré a usted. Si miramos la cantidad, tanto de teatro producido cuanto de público consumidor, nunca hemos estado tan boyantes como ahora. Si atendemos a la calidad de lo uno y de lo otro, la decadencia es notoria y profunda.
Digo lo primero, porque nunca ha sido tan numeroso como ahora el censo de los que del teatro viven, escribiéndolo o… instrumentándolo en cualquiera de sus altos y bajos menesteres; porque nunca ha funcionado en Madrid tan crecido número de teatros, ni de compañías en provincias; porque nunca se ha construido tantos coliseos; porque nunca se ha pagado a autores, cómicos y danzantes tan abundante soldada; porque nunca se ha arriesgado tan considerables capitales al azar de estos negocios, y porque nunca se ha visto en la gente mayor entusiasmo ni más decidida afición a éste y a todos los géneros de distracción y esparcimiento. En cantidad, pues, no hay decadencia. Digo que la hay en lo concerniente a la calidad…”
El breve escenario del salón de actos de la Biblioteca Nacional se llenó de teatro una tarde cualquiera de la semana teatral madrileña. Se presentaba una recopilación digital (en disco compacto) de los ejemplares de la revista “El Teatro”, publicados desde 1900 a 1905 (el entrecomillado arriba corresponde al editorial de Salvador Canals, publicado en el primer número de noviembre de 1900. La cumplida revista teatral no encontró continuidad hasta que Torcuato Luca de Tena, el creador del ABC, retomara la nueva y efímera época de “El Teatro”, en 1909 y solo hasta 1910. Era otro esplendor del teatro español; estrenaban sus obras Echegaray, Nobel en 1904 y Benavente en 1922.
