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TRIBUNA

Renato Guttuso y el Santo Rostro de Jesús

lunes 11 de septiembre de 2023, 20:39h

En el incendio de 1995 perdí varios libros sobre la vida y obra del pintor italiano Renato Guttuso que había adquirido en Roma en nuestro viaje de 1988, año y medio después de su fallecimiento. Por vez primera vi en persona algunos de sus mejores cuadros, en la Galleria Nazionale d’Arte Moderna; en las librerías pululaban sus libros y en las galerías, sus dibujos y acuarelas. La pérdida de estos libros en el fuego fue el reverso de lo que se da en llamar serendipia: se convirtió para mí en símbolo de una injusta desgracia, la de perder de golpe tesoros relativos a un tiempo y un lugar, los de mis bellísimos paseos romanos de aquellos días junto a Rosa; años después, dimos otros tantos con nuestro hijito, Diego Manuel. Pero en el incendio perdimos mucha memoria de otros tantos paseos por la vida.

Cada vez que deseaba recurrir a alguno de esos libros, entre otros, no solo se me arrostraba el vertiginoso vacío que me había dejado su pérdida, sino la irreversible gratuidad del destino. Mucho tiempo después, aún me parecía sentir la dicha de tenerlos y, de repente, esa ilusión se entenebrecía. No me resignaba ante la realidad de que fueran solo libros; era joven y materialista, en cierto grado, pero los libros pueden encerrar mucha alma. Todo parecía haber ocurrido para nada. Pueden imaginar lo que sentí respecto a mis cuadros y dibujos perdidos, y no sólo los salidos de mi mano.

Mi amiga Liana Romero Swirsky, que también padeció un incendio en su casa de Cambridge (Virginia), en los Estados Unidos, me regaba el mustio jardín del pecho con el relato de su experiencia propia consiguiendo, con ello, reverdecérmelo. A los pocos días de haberse producido el incendio de su casa, advirtió que una flor de apio se había abierto paso decidido en medio del manto negruzco de hollín, apelmazado por el agua de los bomberos. “Si el apio puede, yo también podré”, se empoderaba Liana.

Pero volvamos a Renato Guttuso, el gran artista siciliano —milanés y romano de adopción—, nacido en Bagheria (Palermo), en 1911, que llegó a ser senador de la República Italiana. Había visto sus primeras obras, mucho antes de todo lo narrado, en enciclopedias de arte. Una vez, oí a Manuel Vicent hablar de él con Jesús Quintero en aquel trance radiofónico, El Loco de la Colina; le había visitado personalmente en Roma. Aquello fue no mucho antes de morir Guttuso, a mediados de los ochenta.

Desde el principio caí rendido ante su dicción pictórica y su personalidad artística; me hice medularmente guttusiano. Aquel pintor me hablaba del hombre con nitidez, a una edad —la mía, al menos— muy figurativa, muy corporal: la adolescencia. El hombre aparecía con nítido realismo formal, no sin acritud y cierta tosquedad descriptiva —ímpetu expresionista— aunque su índole y su destino, como los llamara Borges, parecían más crípticos al entendimiento de un joven, sobre todo en su obra política.

Era evidente que aquel hombre sabía moverse en el mundo de los hombres, pues parecía conocerlos profundamente en el bien y en el mal. Guttuso mostraba, ante mi joven conciencia, una fuerza inquebrantable y lo que parecía una fe progresista; conocía yo desde el principio su militancia de izquierdas, pero también conocía su crucifixión. Como pintor mostraba una capacidad rotunda para emocionarte desde la línea y el color; pero, también, desde la expectante violencia de sus momentos pintados, en los antípodas de Watteau, y hablando siempre en clave figurativa.

Evidentemente, aquel pintor apoyaba los pies en la tierra de la realidad, pero no de forma estable; con su obra se aprendía que la tierra firme fácilmente se hace fango, que los cielos azules pueden abotargarse de repente en una tormenta oscura, que un volcán se despereza un día cualquiera —el Etna— o que las serenas techumbres de la vida burguesa —no hablemos de la obrera— pueden poblarse de monstruos de pesadilla, como vino a ocurrirle a Roma con la ocupación nazi y la masacre de las Fosas Ardeatinas, en 1944, o a Madrid, sin ir más lejos, en la Guerra Civil Española, por no hablar de Guernica.

En su infancia también hubo monstruos, además de aquellos que azuzaban el silencio mortífero en los callejones sicilianos. En los lóbregos jardines de los palacios de prosapia había monstruos de piedra similares a los de Bomarzo, en Viterbo. Caprichos espeluznantes de la aristocracia siciliana, como los escenográficos de Villa Palagonia, en Bagheria. Volverían aun más monstruosamente redivivos para poblar la cornisa de su tiempo final como un recuerdo infantil y, a la par, una siniestra amenaza. Se arraciman en lo más alto de su postrera pintura maestra Spes contra Spem (Esperanza contra esperanza).

Guttuso fue miembro del Partido Comunista Italiano (PCI) casi toda su vida, al que consideraba “el más liberal del mundo”. Al final, quiso regresar a la invocación del Santo Rostro de Jesús; al menos eso aseguraba el obispo Fiorenzo Angelini, quien había participado activamente en el Concilio Vaticano II. El pintor recordaría toda su vida, vivamente, haber acompañado a su madre a oír misa en las iglesias de Bagheria y, teniendo muy próxima la muerte, aseguraba al obispo que siempre se había sentido cristiano; no había nada que temer. Muchos años antes, antes de que se le durmiese la fe, según la disculpa de Angelini, tuvo lugar la monumental controversia originada por su gran cuadro La Crucifixión, presentado al Premio Bergamo en 1942, en el que, casualmente, queda oculto el Santo Rostro de Cristo. Entren y lean acerca de la polémica…

Dicen que, aun pringado en el más recalcitrante comunismo, no despreció nunca a nadie por sus convicciones religiosas, como demuestra su amistad con prelados. Él era un intelectual y un artista que se había paseado por los helados pasillos del Kremlin como Pedro por su casa —el Grande, se coronó allí—, que había acogido y homenajeado en Roma a Neruda por su Premio Lenin de la Paz, que él mismo ganó, y que había sido amigo, en el amplio arco de su vida, de toda la élite política, desde Palmiro Togliatti, secretario del PCI, cuyo funeral pintó monumentalmente, hasta Giulio Andreotti, líder de la Democracia Cristina, su defensor a ultranza.

Guttuso fue hombre cercano a la literatura, amigo de escritores como el también siciliano Leonardo Sciascia, que le llamó rojo por razón de certeza, no por razones de duda, como decía ser él, apreciación que no gustaba a Guttuso; Antonello Trombadori, su gran valedor crítico hasta el final o Alberto Moravia, azote de la hipocresía occidental. Éste último cayó en desgracia en los momentos finales de la vida del pintor, cuando se le prohibió visitarle en el Palazzo del Grillo, durante la crisis con Marta Marzotto.

Alberto Rolla y yo habíamos hablado mucho de Guttuso, pues sabía de mi fascinación por la pintura de aquel a quien los pintores abstractos de Roma llamaban la Picassata siciliana. El mote mordaz le había caído a causa de su ultradefensa del genio español ante los embates de los abstractistas del grupo Forma 1, que era liderado por el pintor Mafai, rival de Guttuso, en medio de la guerra entre figurativos y abstractos, que se dirimía en las trattorías romanas y en revistas y órganos de difusión. Dicen que se llegó a las manos.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Guttuso se alinearía estrechamente con la ortodoxia del PCI de Palmiro Togliatti, que obedecía los dictámenes culturales de la URSS, ideados e implantados por Gorki y Zhdanov: El realismo social… Soviético. Togliatti, desde el atrio del PCI, la revista Rinascita, y bajo el pseudónimo Roderigo di Castiglia, reclamaba a los artistas un arte comprensible y comprometido; Mafai, líder de los abstractos, le responde sin despeinarse. En la confrontación abierta, Guttuso no era ningún corderito, quien lo buscaba lo encontraba, pero su compromiso social marcó su vida de artista. En mi opinión, lo que Guttuso mostró en medio de aquella crisis, como en otras tantas, fue una inteligencia práctica para el equilibrio; algo así habría dicho mi amigo sevillano, el realizador Vicente Antolín, hermano del alma del añorado Luis Manuel Carmona.

Guttuso sabía que necesitaba al partido, pero conocía el valor del requisito libérrimo en la práctica artística. De los estragos que el determinismo cultural dejó en su biografía —erradas concepciones adquiridas o heredadas en el sistema metafísico de las costumbres de los pueblos—, de las que hablaremos otro día, no pudo escapar como hombre. Eso sí, en el momento de fallecer, el obispo Angelini aseguró que su alma estaba ya in paradisum.

Almorzando con Alberto Rolla en Sevilla —memoria de mis días—, salió el asunto Guttuso, una vez más, mientras conversábamos sobre las implicaciones ideológicas de los intelectuales. Repasando el destino de los poetas del 27, salió a colación el asesinato de Lorca y la repercusión internacional que tuvo. “En Italia cayó como una bomba”; “allí todo se complicó mucho tras el asesinato del socialista Giacomo Matteotti por los fascistas, pero no se mató a ningún intelectual por sus ideas”. En un inciso, levantando la mirada hacia el techo del restaurante, apostilló: “Estilo Fin de Siglo” …Le incumbía todo, lo sabía todo.

En Italia, nos habíamos hermanado gráficamente para el recuerdo delante de un gran cuadro de Guttuso que posee la Fondazione Cariparma-Carispezia en La Spezia, La acería de Terni, que formó parte de la exposición Il Patrimonio degli Spezzini; además, me había regalado el libro de Parlavecchia, amén de otros dos sobre Enrico Baj. Al entrar en el lobby de la fundación y en medio de dos pistolettos soberbios, y cerca de un torso masculino en bronce de Francesco Messina que, por cierto, había pertenecido a la Galleria Menhir Arte Contemporanea, me emocioné por estar allí en ese preciso momento, en medio de aquellas obras espléndidas y con aquel amigo al que, por cierto, no quedaba mucho de vida. Saludamos a un pintor aficionado, a quien me presentó: “Ésta es la parte buena de los bancos”, dijo.

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