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TRIBUNA

Mi padre y su mando para el cante

lunes 16 de octubre de 2023, 20:01h
Actualizado el: 17/10/2023 08:42h

Mi padre, Diego Gil García, Yeyi de Cai —no confundir con el profesional afincado en Madrid, Yeye de Cádiz—, ha cantado flamenco desde muy chico. Cuenta que con siete u ocho años ya le contrataban para oírle. Sin ir más lejos, el dueño de un bar, vecino de mis abuelos, le proponía, muy a menudo, que se echase unos cantecitos en la azotea común, sobre el Arco de la Rosa y con el prodigioso telón escénico de la catedral gaditana; y no por la cara, sino a cambio de una tapita del guiso del día. Mi padre, cantando pa’ trás, tenía, ya por entonces, hasta su bailaora, mi tía Chelo, que se trabajaba las alegrías y las bulerías, “con una jartá de gracia”, y esto sin dejar de cobrar también su sueldo, en menudo, ropavieja, o lo que tocase.

Dominaba mi padre —lo asegura— unos tres palos; con uno más le habría hecho una mesita preciosa a mi abuela Lola …Tan chico; pero siendo mi abuelo, Pepe, hábil carpintero, mi padre había preferido dedicarse a fondo a llevarla por la calle de la Amargura, como aquel día que desapareció durante horas para acompañar a un desconocido hasta la otra punta de Cádiz.

La saeta le reportaba también sus beneficios… Su entrañable tío Eduardo le ofreció, una Semana Santa, todo un duro del año cuarenta y pico si le cantaba al Cristo del Perdón en su salida de la Catedral Vieja, la noche del Jueves Santo. Si hubiese sido por él, le habría cantado saetas hasta a la Sagrada Custodia del Corpus. Por cierto, otro niño genial, el gran Manolo Caracol, que deslumbró a los intelectuales del cante precisamente en un Corpus, el de 1922 en Granada, ha sido siempre su gran referente, junto con otro grande, Beni de Cádiz. Alguna bronquita le echó mi padre a Jesús Quintero por haber explotado en su programa al Beni más como caricato que como genial cantaor.

Cuenta mi padre que su tío —alto para su época— le subía en hombros para que cantase sus saetas desde el mismísimo paraíso de la Plaza de Fray Félix; a él, ya sólo le quedaba lanzarse sobre el mar de cabezas, como un manolito centeno en el trapecio de su cante jondísimo, o lo que es igual, sin red. Nunca se ha hecho de rogar en ese trapecio.

Como botones en el Hotel Atlántico, enfundado en un uniforme donde hubiese cabido otro como él o quién sabe si dos… Y más adelante, como camarero del mismo hotel, donde serviría almuerzos a Ernesto Halffter o a José Iturbi, y cenas al propio Caracol o a Antonio Soler “el Bailarín”, y todavía más adelante, como vendedor de vinos, confecciones o seguros, el cante le abrió las puertas de un mundo festero y disoluto, de ritual muy desnaturalizado en este presente globalista, a pesar de los esfuerzos ortodoxos, aunque muy estereotipado por la literatura y el arte de todo el siglo XX… Universal y eterno, mientras el mundo tenga vocación epicúrea y la historia, vocación transgresora. “El tiempo de la fiesta”, lo llamó Georges Bataille, antitético al tiempo del trabajo.

Aunque uno no se haya aventurado mucho en esos rituales casi ocultos, casi iniciáticos, es fácil asumir que aquel escenario era el natural y único que habría de permitir al cante ser y evolucionar. He visto y oído de chico algún buen cante en las tabernas de Cádiz —por naturaleza de los tiempos, estaba advertidamente prohibido—, acompañando a mi padre; en aquellos almacenes de montañés, que como bien dice el gran periodista gaditano, Fernando Santiago, han sido sustituidos por supermercados, se cantaba en las trastiendas, entre las cajas de arenque y la frutalla del vino. Enloquezco desde niño con el cante flamenco, y con el toque y el baile. Y aunque, visto desde fuera, soy espectador sobrio y malaje, me deshago en emociones entrañadas.

El cante preferido de mi padre ha sido siempre la seguiriya; el mío, la soleá. La fiesta de las Alegrías gusta a todo el mundo, como le pasa al mismísimo Cádiz. Pero me quedo con los cantes introspectivos y algo fuera de la tribu transida, sin enajenarme nunca del todo, después de haber tragado por las heridas abiertas del alma todo lo presenciado en aquel más allá de este mundo. Kant identificaba el instinto, en vez de la razón, como amo y señor del gozo. Pero yo no puedo dejar de pensar el cante mientras lo escucho; mal hecho.

Siempre advertí que mi padre llevaba bien cogido el mando de su cante. Se transfiguraba cuando entonaba el comienzo casi onomatopéyico de una seguiriya: tirítirítirí… Tiritando el alma y transfigurando, a la par, su entorno; el vendedor de seguros rutinario parecía, de repente, ungido desde las profundidades. Entendidos gaditanos como Amós Rodríguez Rey —hermano de Beni de Cádiz— o Eduardo Márquez el de Zodiac —apodado así por su óptica gaditana— han alabado sus cualidades, su cuasi profesionalidad del cante. Digamos que tiene una voz grande, ancha, muy flamenca: caracolera; fuerza y gusto, lo que le habría permitido vivir del cante —lo he oído, incluso, por boca de grandes cantaores—, lo cual habría quedado al margen doméstico de sus enormes voluntades y deseos, que le han llevado a vivir permanentemente arrancado.

Ha tratado mucho a Beni de Cádiz, a Rancapino —me dedicó esa biografía suya donde se reproducen los retratos feroces, casi zoomórficos, que le hiciera Miquel Barceló—, a Chano Lobato, que me apretaba la cara entre las manos, siendo yo jovencito, diciendo: “tiene cara de artista… O de futbolista”. ¡Qué vería…?

Ahora, a sus ochenta y siete años, mi padre canta poco, aunque durante la pandemia se echó sus saetitas desde su balcón gaditano, siguiendo la costumbre popular de exteriorizar las expresiones de gratitud para con el personal sanitario y de comunicarse con un mundo encerrado a cal y canto que lo llevaba muy mal. Y no es que ahora haya perdido el mando del cantaor capaz que siempre fue, pero a veces se le traspapela, como las llaves; ya no tiene apenas cenáculo, peña o reunión propicia; cada cual cogió su rumbo, aquí y más allá. Pero si se arrancase, rasgaría los visillos de la tarde y despellejaría en vivo los pavimentos (imagen brava de Jean Cocteau en Los niños terribles, con permiso).

Pero lo cierto es que le va quedando poco mando, tan poco que ya no usa ni el del aparato electrónico que le conecta con el universo musical entero, donde entra el entero flamenco, donde todo trance queda al alcance de la mano, desde las tarantas del Niño de Cañete, bisabuelo de Rosa —mi esposa—, a las seguiriyas excepcionales de Beni de Cádiz. Sin olvidar que lleva el extenuante mando de la casa: mando envenenado. Además, ahora mi madre, Juana Parra, que nunca vivió el mundo del flamenco con él, en carne y hueso, no sólo lo comparte entusiasmada, sino que tiene la posibilidad de demostrar cuánto se perdieron los dos por no haberlo compartido antes… Siempre.

Mi madre sabe muchas más letras de cantes que él, lo cual, en verdad, no es difícil, pues él siempre ha repetido la misma, cantara el palo que cantara. Además, siempre ha ido diciendo que, para letras, ya tenía las del banco: “¡trampas, letras… muchas letras!”.

Ahora, prohijada Alexia, la dulce voz de los prodigios electrónicos, ya sí que no hay mando que le valga para el cante. Alguno le queda para el fútbol y los toros, sus otras pasiones innegociables. Pero lo que es para el cante, siempre se arranca con un bocinazo: “¡Alexia...! ¡Ponme a Enrique Morente con Rafael Riqueni!”.

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Yo escribí algo sobre la transformación que experimenta el cantaor cuando entra en la bóveda de su templo de concentración personal y entona las primeras notas del cante. Dice el diccionario que trance es un momento crítico, incluso el ultimo momento de la vida antes de entrar en la muerte. Hasta un estado de suspensión de los sentidos y de paranormalidad. Yo creo que los flamencólogos no han exagerado nunca cuando han descrito que el umbral del cante es un trance.

Trance máximo cuando uno vive y conoce al cantaor o cantaora y advierte la mutación de hombre o mujer cotidiano en hechicero del arte, hechicero capaz de transformar el ruído de la física cotidiana en quántica de lo prodigioso, silencio del mundo aparente transformado en espacio místico-magnético de gestos y sonidos siderales, en cuanto no son regulares, vulgares y desechables, en cuanto encierran un enigma humano de comunicación supersensorial no dialógico, esto es no negociable: un monólogo paranormal, en el concepto de omilía o mitin pero sin compromiso ni obligación, consciente en la dispersión caótica de un momento de suspense y liberación, pero no exactamente el momento de la fiesta, que podría manifestarse momentáneamente pero aún no se contempla siquiera pues no tenemos cuerpo de jota; no aquelarre comunal, pues lo lúdico no se muestra tanto como lo místico.

Así, en este trance, he visto yo muchas veces a mi padre, incluso ante una audiencia ignorante del verdadero concepto de cante jondo, confundiéndolo con un epígono rancio de la fiesta flamenca o con un principio desabrido de ésta. Pero la seguiriya, parafraseando tangencialmente a alguien, es el quejío bramante del alma abrasada, un eco agrio de desgarradoras desgracias, la desesperada denuncia de un dolor irreversible. Sólo hay que oír a Manuel Agujetas.

En alguna celebración familiar he visto de niño la voluntad de mi padre por imponer su desgarrado dolor fingido en una seguiriya que a muchos corta el cuerpo de verbena. ¿Y ahora a qué viene esto?, parecen preguntarse los más jaraneros, al acompasado tiritiritiri… del introíto. Se impone una atmósfera luctuosa, cuando menos grave.

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